TEMPORADA EN LAS TONINAS

Llegó caminando hasta su puesto, arrastrando sobre su hombro una pesada mochila con todo lo necesario para su día de trabajo: el mate, su único vicio, algunos apuntes para preparar los finales que había dejado para afrontar en Marzo y una muda de ropa, para cuando terminara su turno. El sol asomaba a lo lejos y le describía un camino de luz que poco a poco se acercaría hasta su lugar de trabajo. De pronto las nubes le hacían lugar, sería un día que pronosticaba mucha concurrencia. Su compañero de tareas era un veterano de pocas palabras y después de intentar en vano durante varias semanas entablar el diálogo, se dio por vencido y pensó que observando además del devenir de las olas que rompían a pocos metros de él, la posibilidad de analizar o imaginar las conversaciones de los turistas que se alojaban sobre su sector, le harían compañía.

En pocos minutos, la playa comenzó a recibir a los visitantes de ese día. Inicialmente vio aparecer sobre su derecha un corredor que había decidido aprovechar la arena más firme cerca de la costa, de figura delgada, con ropas de colores muy llamativos y unas zapatillas que indicaban que se lo tomaba en serio. Seguramente sus días de vacaciones no serían obstáculos en su entrenamiento para la próxima maratón.

El deportista pasa junto a un señor de mediana edad, que lo observa en su carrera y lo sigue con la vista. Su estómago algo inflado, no ocultaba un físico de alguien que alguna vez practicó algún deporte. Entonces el observador lo imaginó poniendo fecha para el regreso al gimnasio una vez que retorne a su ciudad. Pero es interrumpido en su pensamiento por su esposa, que le indica el lugar perfecto donde clavar la sombrilla e instalarse con sus reposeras y conservadora antes que lleguen más veraneantes. La señora, una vez que logró supervisar el procedimiento de acampe y aún sin sacarse el vestido de playa, le comentó a compañero que era un buen momento para tomar unos mates. Ya acomodados y comenzando a compartir la infusión, la falta de palabras entre ambos le dio la oportunidad a Ella de ver acercarse una pareja. Según su primera observación, los rostros marcaban que ambos tenían más edad que ella y su marido, pero al quedar en traje de baño mostraban cuerpos más jóvenes, atléticos y culturalmente cuidados. Pero “¿cómo hacían? ¿Tendrán plata para darse tiempo para eso?” Se preguntó. “Seguro no deben tener hijos” Teorizó, pero al verlos entrar al mar y jugarse bromas, abrazarse y propinarse mimos, concluyó en “Estos dos están de trampa”.

La pareja recién llegada, sale del agua y mientras se sientan sobre una lona a tomar sol y continúan charlando sin perder de vista el mar, los sorprende la llegada de un grupo de jóvenes, chicos y chicas. Traían con ellos una gran conservadora y un parlante. Se asentaron a escasos metros de su lugar y al rato, la playa se convirtió en una fiesta, les gustase o no a los demás. Ambos se miraron, se dijeron algo en voz baja y soltaron una carcajada. Para nuestro investigador de conductas sociales, la impresión fue la de complicidad y ese susurro entre la pareja decía: “Que linda edad”.

Los adolescentes festivos, comenzaron con la preparación de tragos, mientras otros intentaban motivar al baile al resto de sus compañeros. Sin reparar que a su lado, ese par de señoras mayores, pintadas como para ir a tomar el té de las cinco, montadas en vestidos playeros de colores pastel y cubiertas sus cabezas con capelinas amplias, se pararon como pudieron de sus reposeras y se dirigieron hasta el puesto de control, justo cuando el veterano compañero había bajado del mangrullo a estirar las piernas.

Las señoras, en tono imperativo para llamarle la atención al responsable del cuidado de la playa le dijeron al unísono: “BAÑERO…BAÑEROOOO”. A lo que este con cara de pocos amigos y en un tono fuerte, respondió señalándose la remera de la Cruz Roja con un: “GURADAVIDAS SEÑORAS, GUARDAVIDAS”

Ilustrado por: @NEGROGODOY

Deja un comentario

Scroll al inicio