Lunes 20 de octubre de 2025.
Puntualmente a las ocho de la mañana, el doctor Jorge ingresó al café de la peatonal. Sonrió satisfecho al comprobar que sería el primero de la mesa, y apuró el paso hasta el revistero. Tomó el ejemplar de EL PUEBLO, por el que siempre disputaban quién se quedaba con las noticias de la reunión.
Saludó a José, el mozo de toda la vida del lugar, y a los chicos de la barra. Luego fue hasta su mesa habitual de invierno, porque el calor todavía se hacía desear. Se sentó junto a la ventana, con vista a la calle principal de la ciudad, que los fines de semana se transformaba en peatonal.
A los pocos minutos llegaron Carlos, el Contador; José María, el Ingeniero; y por último Eduardo, “el Arquero”.
Cuatro amigos desde la primaria, compañeros de fútbol y de vida. Hoy jubilados, disfrutaban de la tertulia cotidiana en el café Peatonal.
No hizo falta que llamaran al mozo. Ya estaba al lado de la mesa.
—¿Qué se van a servir, caballeros?
Mientras el pedido se preparaba, Jorge desplegó el diario que llevaba doblado, como marcando territorio: sería él quien pondría en agenda los temas del día.
Y empezó a repasar, uno a uno los títulos.
—¿Vas a leer todos los titulares? —lo increpó José María.
—Y los suplentes también —respondió el doctor, sonriendo.
—Che, Jorgito… fijate en los avisos fúnebres, a ver si salió alguno de nosotros y no nos avisaron —lanzó el Contador, con su humor negro de siempre.
Eduardo no quiso quedar afuera:
—No, mejor mirá los clasificados… ahí debe decir que la Mary, tu señora —dijo mirando al Contador— Busca jardinero joven… porque el viejo ya no le riega la plantita.
Jorge, que seguía repasando la tapa del diario, se detuvo en un pequeño recuadro al final de la columna derecha:
“FRUSTRADO ROBO EN BANCO DE LA CIUDAD” (cont. pág. 6)
—¡Che! ¿Vieron esto? —dijo el doctor, mostrando la tapa.
Los demás respondieron casi al unísono:
—¡Buscá la nota!
Jorge pasó a la página indicada y leyó en voz alta:
ROBO FRUSTRADO EN LA CIUDAD.HICIERON UN BOQUETE EN UN BANCO Y HALLARON LA BÓVEDA VACÍA.
Una sucursal del Banco Torquins, ubicada en la calle Libertad 120 de la ciudad, fue escenario de un intento de robo durante la madrugada del domingo. Según informaron fuentes policiales, un grupo de delincuentes ingresó tras cortar el suministro eléctrico y anular parte del sistema de cámaras de seguridad.
Los ladrones realizaron un boquete para acceder al sector de la bóveda y forzaron distintos accesos internos del edificio. Sin embargo, al llegar a la caja fuerte, descubrieron que estaba vacía, por lo que escaparon sin llevarse dinero ni objetos de valor.
—El banco está acá a media cuadra —comentó Eduardo.
—Para mí es un trabajo interno —teorizó el Ingeniero.
El Contador, con su ironía habitual, remató:
—Unos giles… tanto laburo para irse con las manos vacías.
A escasos metros, en la mesa del rincón sobre la misma pared, un hombre de unos cuarenta años, contextura atlética, gorra visera y campera de jean con el cuello levantado, pasaba desapercibido entre el murmullo del café.
Tenía la vista fija en su café y en el teléfono móvil apoyado junto al pocillo. Al escuchar el comentario de la mesa de los jubilados, levantó apenas la mirada hacia ellos y esbozó una mínima sonrisa.
—¿Con las manos vacías? —murmuró para sí.
Apretó un pequeño objeto que llevaba en el bolsillo de la campera.
El teléfono vibró sobre la mesa. Lo desbloqueó. Un mensaje breve:
“¿Estás?”
Respondió sin dudar:
“Sí.”
En escasos minutos, se abrió la puerta de la cafetería e ingresó un joven de unos treinta años. Cruzó el salón con paso seguro y se sentó en la mesa del rincón, junto al hombre que lo esperaba. Se saludaron apenas con un gesto de cabeza, sin decir sus nombres.
Poco después entró una joven, muy atractiva, de poco más de veinte años, vestida de manera ejecutiva. Tomó asiento en una mesa individual cercana a ellos.
Giró la cabeza, miró al hombre de la gorra visera y lo saludó con una sola palabra:
—Zorro.
Él respondió con un leve movimiento de cabeza.
La mente del Zorro viajó de inmediato a la reunión que había tenido con ellos un mes atrás, en una estación de servicio sobre la ruta que va a Rosario. Su contacto le había dicho que eran confiables, que el trabajo podía ser limpio, prolijo. Como a él le gustaba. Sin improvisaciones. Sin armas. Sin ruido innecesario.
En ese encuentro le habían detallado cada paso.
El joven sería su apoyo directo. No podían sumar a nadie más. El acceso sería por el pulmón de manzana, lo que les permitiría romper la pared sin ser vistos, ya que los locales linderos estarían cerrados el domingo y no habría ángulo de visión desde la calle.
Sabían qué cables cortar para anular la energía y el sistema de alarmas.
Una vez adentro, el recorrido era claro: la oficina del gerente primero, luego hacia la derecha la tesorería, donde estaba la caja fuerte.
No haría falta forzarla: la joven se encargaría de conseguir la combinación del escritorio del jefe de operaciones.
Y para confirmar todo, solo debían revisar detrás del cuadro familiar del gerente: siempre dejaba allí un papel con los números de seguridad.
El Zorro, ya entusiasmado con el plan, había hecho una sola pregunta:
—¿Cuánto puede haber en la caja?
La respuesta lo descolocó.
La joven, con total naturalidad, dijo:
—Nada.
—¿Cómo que nada, piba? ¿Me estás cargando? —se exaltó el ladrón.
La chica sonrió, tranquila.
—La caja es una pavada al lado de lo que conseguimos.
—A ver… contame rápido, que no estoy para boludeces.
Ella apoyó los codos sobre la mesa, bajó un poco la voz.
—Hay una historia previa. Nosotros nos conocimos en el banco, y pegamos onda enseguida. Pero la empresa no permite relaciones internas, así que lo mantuvimos oculto.
Miró un segundo al joven antes de seguir.
—Después apareció el problema. El jefe de operaciones, el señor Alberto Bavich… bah, de señor no tiene nada, es un viejo baboso. Empezó a insinuarse conmigo. Me dijo que si quería crecer ahí dentro, tenía que “acercarme” a él.
Hizo una pausa breve.
—Con altura lo fui frenando, pero necesitaba el trabajo.
El joven intervino por primera vez:
—Ahí es cuando yo empiezo a detectar una cuenta rara. Medio trucha, por decirlo así. A nombre de un tal Ayrton Senna.
La chica asintió.
—Movía mucha plata los fines de semana. Y los lunes volvía “en orden”… pero con más dinero que antes.
El Zorro frunció el ceño.
—¿Y?
—Y Bavich era fanático de la Fórmula 1 —continuó ella—. Tenía acceso a cuentas grandes, de clientes importantes. Atamos cabos: usaba esa plata los viernes para hacer inversiones propias, y el lunes la reponía. Pero se quedaba con la ganancia.
Sonrió apenas.
—Un curro perfecto.
El joven retomó:
—Cuando empecé a seguir la ruta del dinero, casualmente Bavich me hizo echar.
El Zorro lo miró fijo.
—¿Entonces?
—Entonces —dijo la chica— cuando vos hagas el acting de la apertura de la caja, él va a grabar todos los movimientos en un pendrive que te vamos a dar.
Hizo una pausa corta, midiendo el impacto.
—El lunes, mientras el gerente y Bavich estén ocupados con la policía, yo me levanto, digo que voy a buscar un café… y nos encontramos acá.
El joven completó:
—Desde mi notebook vamos a mover las cuentas de “Ayrton Senna” a dos billeteras virtuales. Una para vos. Otra para nosotros.
La chica cerró la idea:
—Y el viejo baboso les va a tener que explicar a todos sus clientes dónde fue a parar la plata.
El Zorro no dijo nada.
Sacó el pendrive del bolsillo.
Se lo entregó a la joven.
Ella lo conectó a su dispositivo. Tecleó rápido. Un último Enter.
—Listo —dijo, sonriendo.
El teléfono del Zorro vibró.
Miró la pantalla.
La cifra crecía en millones.
Se quedó un segundo en silencio. Guardó el teléfono.
Se levantó.
—Un gusto hacer negocios con ustedes.
Guardó el teléfono en el bolsillo y caminó hacia la salida de la cafetería, sin apuro.
Al pasar junto a la mesa de los jubilados, apenas giró la cabeza. Los miró un segundo. Nada más.
Siguió de largo.
El silencio duró apenas un instante.
—Se fueron con las manos vacías… —dijo el Contador, negando con la cabeza, como quien comenta una mala jugada.
El Ingeniero soltó una risa breve.
—Demasiado trabajo para nada.
El doctor Jorge bajó apenas el diario y siguió leyendo.
El mozo, desde la barra, limpió el borde de la mesada y sin mirar a nadie en particular de la mesa dijo:
—Algo más se van a servir los caballeros?

Escrito por: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)
Ilustrado por: NEGRO GODOY (@negrogodoy)
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