Pablo terminó de condimentar la carne.
Luego bañó con una taza de aceite de oliva, un poco de jugo de limón, agregó vino blanco para el fondo de cocción y le puso su toque: una copita de vino licorizado (Oporto).
Luego cubrió la fuente con un trozo de papel aluminio, apretando bien los bordes.
Ahora sí, ya con el horno pre calentado, dejó cocinar durante el tiempo acostumbrado.
Ya tenía listos los aderezos para la picada, las verduras para acompañar la carne y el postre se mantenía frío en la heladera.
Luego de una ducha relajante, puso un poco de música y comenzó con la preparación de la mesa.
Cuatro platos grandes y de colores diversos.
Un plato pequeño sobre estos, para la picada.
A un costado de cada plato, una servilleta.
Luego los cubiertos.
Cuatro copas de vino y cuatro vasos para el agua, frente a cada lugar.
Fue hasta la cocina, sacó de la vinoteca un cabernet franc y lo destapó lentamente.
Cuando volvió al living para servirse una copa, sonaba de fondo la canción de Serú Girán:
“Mientras miro las nuevas olas”.
Entonces se detuvo a observar la mesa y pensó:
—Quedó grande la mesa.
Y su mente viajó por un rato entre la música de fondo y los aromas del vino que se oxigenaba en su copa.
—¿Cuántos años habían pasado?… ¿Diez?… ¿Doce?… ¿Quince?
Mucho tiempo, se dijo, sorbiendo el primer trago.
Recordó puntualmente esa charla en terapia, donde él se veía como un tipo sociable y su analista le indicó:
—Vos sos un tipo solitario, Pablo, pero que charla con mucha gente. Sociable, lo que se dice sociable, lo sos cuando y con quién querés.
Si deseaba realmente vincularse, tendría él que generar esos encuentros que antes le eran esquivos.
Pablo tomó nota y comenzó a trabajar en eso.
Su cumpleaños, que hacía tiempo no festejaba, fue una gran excusa.
Y a partir de ahí, se transformó en el anfitrión que siempre estaba dispuesto a poner su casa y su experiencia gastronómica.
De a poco, con la continuidad de los eventos, su casa —que era su refugio— se fue transformando en un hogar. Uno que albergaba amigos, compañeros o solo conocidos.
Una festividad.
Un partido de la Selección.
El estreno de un capítulo de la serie de moda o simplemente porque sí.
Todos y cada uno se habían convertido, para él, en una buena ocasión para reunirse y disfrutar de una comida casera.
Se sentía muy a gusto con esa nueva faceta en su vida.
Ser anfitrión le daba la oportunidad de generar un clima de grupo entre distintas personas con las que tenía afinidad.
Entonces su casa se llenaba de charlas, risas, comentarios y festejos propios o ajenos, con mesas largas de veinte o más personas.
Su memoria voló a momentos puntuales de esa época.
Como cuando un amigo, ante una invitación, preguntó:
—¿Quién va?
Como si eso condicionara su visita.
U otro personaje que pasó por una de esas reuniones y, al final de la noche, como no se había descorchado el vino que había traído, dijo:
—Che, Pablito… me llevo este, que al final no lo tomaron.
Ni hablar de los que pedían menú especial:
—Lo que pasa es que me estoy cuidando.
Todo eso le sacaba una sonrisa.
Y se preguntó si no extrañaba la casa llena.
Cuando, de pronto, una imagen lo invadió.
No supo de qué noche o evento fue puntualmente, pero no importaba. Podía haber sido cualquiera.
La visión era clara.
Al final de la fiesta se vio levantando los platos y las copas, llevándolos al fregadero.
Sacudiendo el mantel y colocándolo en el lavarropas.
Luego, barriendo el piso de migas y algún corcho que cayó de la mesa.
Se vio lavando los trastos, con la casa en silencio.
Se vio solo.
El timbre de su casa sonó cuando su copa estaba vacía y lo trajo de vuelta a la actualidad.
La noche pasó en un suspiro. Como siempre se decía cada vez que lo pasaba bien.
Eduardo y Aldana, antes de irse, aceptaron llevarse un tupper con una porción del postre para su casa.
Y luego de una larga despedida en la puerta —de esas que dejan claro que ninguno quería terminar la reunión— Pablo miró la mesa y comenzó a levantar los platos de postre y las tazas de café.
Pero cuando levantó la vista de la mesa, vio a Manuela a su lado que lo observaba con una gran sonrisa sonrisa dibujada en su cara, y le dijo:
—Dejá… yo lavo.

Escrito por: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)
Ilustrado por: NEGRO GODOY (@negrogodoy)
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Hasta el próximo CUENTO DE CAFÉ
