Enrique abrió la puerta del bar e ingresó. Cerró la puerta tras él y se detuvo un par de pasos dentro. Revisó la hora de su reloj pulsera y volvió a meter su mano izquierda en el bolsillo del pantalón.
Él era un hombre de unos cincuenta y pocos años, vestido elegantemente pero canchero para su edad, su cabello entrecano y su piel bronceada, propia de alguien acostumbrado al deporte y a la vida al aire libre.
Recorrió con su mirada el lugar. Varias mesas del salón estaban ocupadas, algunas por parejas, otras por grupos de personas, pero en ninguna de ellas había sentada una sola persona.
Volvió a sacar su mano izquierda del bolsillo, revisó nuevamente la hora de su reloj y, no conforme con eso, chequeó la hora del gran reloj de pared que colgaba detrás de la larga barra del lugar y por sobre un gran espejo que le daba elegancia y profundidad al local.
Confirmó que había llegado puntualmente a las 9 p. m. al lugar.
Decidió que se ubicaría en la barra a la espera de su cita. Se sentó en la última butaca, la más alejada de la puerta principal. De esa manera podría observar la llegada de su invitada.
Un joven barman se acercó a su lugar. Lucía camisa blanca, impecable, pantalones negros y un moño al cuello, también color negro, lo que marcaba el estilo de ese restaurante.
Luego de recibirlo con una sonrisa amable, dijo:
—Buenas noches. ¿Qué gustaría beber?
Enrique relajó el gesto y respondió:
—Buenas noches.
Se tomó un breve momento y, pensando que si el encuentro podría transformarse en una cena, un aperitivo le vendría bien y pidió:
—Un gin tonic, por favor.
En breve, el joven apoyó un posavasos sobre la barra de madera lustrada y colocó el vaso con la bebida sobre él.
No hubo intercambio de palabras entre ambos, solo un gesto de aprobación con la cabeza por parte de ambos.
Los minutos siguieron transcurriendo y, cada vez que la puerta se abría, Enrique giraba sutilmente la mirada hacia ella, pero el tránsito era de parejas o grupos que llegaban para cenar.
Apenas pasadas las 9:30, se abrió la puerta e ingresó una mujer sola, de figura elegante, alrededor de unos 50 años.
Lucía un saco negro hasta las rodillas. Zapatos y cartera de color rojo hacían juego con su cabello ondulado.
Recorrió el salón con la mirada. Luego miró hacia la barra, chequeó la hora en el reloj de pared, levantó apenas los hombros en señal de “y bueno, ya que estoy acá”.
Entonces se dirigió a la barra.
Colgó su cartera en la butaca de al lado y luego apoyó sobre la misma su saco, acomodando su cabello sobre los hombros de una camisa blanca, mientras ajustaba la cintura de su pollera tubo color negra.
Tomó asiento, cruzó sus piernas e hizo un gesto con la mano para llamar la atención del barman, que se acercó de inmediato.
No era la cita de Enrique, pero íntimamente lo deseaba.
Parecía Gilda, se dijo, el personaje inmortalizado por Rita Hayworth.
La mujer, indecisa frente a la carta que le ofreció el muchacho, miró hacia el resto de la barra y cruzó miradas con Enrique, que estaba sentado solo a escasos lugares de ella, con su copa casi vacía.
Con total confianza, ella le consultó qué le recomendaba pedir.
Él, sorprendido por la consulta pero atento, dijo:
—Si después vas a cenar, te recomiendo un aperitivo. Yo tomé un gin tonic, muy rico.
La mujer dijo:
—No creo que me quede a cenar, me parece que me dejaron plantada.
—¿A vos? —respondió su pensamiento en voz alta y completó la frase con un—. Digo, ¿en serio?
—Sí, mal para un primer encuentro, ¿no?
—Estamos igual —dijo Enrique.
—No me digas.
—Sí, sé que las mujeres se permiten llegar unos minutos después de la hora acordada, pero ya pasaron 45 minutos, así que creo que…
La mujer lo miró y le dijo:
—¿Cómo se conocieron?.
—Nos vinculó una amiga en común diciendo que teníamos historias y gustos parecidos. ¿Vos?
—Redes sociales, también gustos e intereses parecidos. Bueno, parece que no tantos, jajá. Pero por lo menos me dejó elegir el lugar, que además que me queda cerca, me lo recomendó una amiga. Me dijo: “Andá a Savoy, que al lugar se come muy bien y tiene mucha onda”.
Enrique se puso pálido.
—¿Cómo Savoy? —preguntó—. ¿Este no es Leroy?
—No —dijo la mujer, dibujando una sonrisa—. Le pifiaste de lugar.
Entonces Enrique respondió rápidamente:
—Lo que pasa es que no soy del barrio. Ella eligió el lugar, pero me pasó mal la dirección.
—Sos salame —se permitió ella, con una sonrisa en los labios.
—Bueno, che —dijo él
—. ¿Y qué vas a hacer ahora?
—Lo que voy a hacer es invitarte a brindar por los desencuentros, si me permitís.
—Pero cómo no, caballero.
Y le hizo señas para que se acercara a su butaca.
Enrique se acercó y extendió su mano, y dijo:
—Quique… Va, Enrique, pero todos mis amigos me dicen Quique.
Ella extendió su mano, apretó la del señor y dijo:
—Margarita, un gusto, pero todos mis amigos me dicen Rita.
Y ambos, a dúo, dijeron:
—¿Como la Hayworth?
Y ella no se quedó atrás y se acomodó actoralmente sus bucles rojizos con su mano.
—¿Con qué brindamos, Rita?
Quique hizo señas al barman y ella le dijo:
—¿Whisky?
Y Quique pidió dos whiskies con hielo.
Chocaron las copas y continuaron charlando animadamente.
El joven cantinero, mientras fajinaba copas y preparaba bebidas para las mesas, era un espectador y oyente de lujo de lo que sucedía entre ese par.
Había poca coincidencia en algunos gustos e historias de vida entre ellos dos.
Ella familiera, madre de dos; él soltero, sin hijos; ella inquieta; él tranquilo; ella de Boca; él de River; y cosas así.
Pero él no podía dejar de mirarla a los ojos y ella festejaba ruidosamente cada comentario u ocurrencia de él.
El joven cantinero se decía:
“Qué suerte la de este tipo, o será casualidad”.
Porque estaba presenciando un encuentro entre dos que fueron plantados y se había generado magia entre ellos.
Luego de la segunda ronda y haber picado algo, Quique se acercó al oído de Rita y susurró algo inentendible para el joven cantinero. Pero al ver la sonrisa en los labios de ella y la confirmación con su cabeza, fueron suficientes para que Enrique pidiera la cuenta.
Pagó dejando una buena propina, ayudó a la mujer con su saco y la guió hacia la puerta.
Al llegar a la salida, Don Víctor, dueño del lugar, se las abrió y al pasar les deseó:
—Felicidades.
El joven detrás de la barra llamó a su patrón para contarle la historia de la pareja que acababa de salir.
Cuando iba a la mitad del relato, Don Víctor lo detuvo diciendo:
—Se nota que sos nuevo acá, Joaquín.
El barman hizo un gesto de no entender, entonces su jefe prosiguió diciendo:
—Los que acaban de salir son Rita y Quique. Ellos se conocieron acá hace 20 años, luego de ser plantados….
Desde entonces, cada aniversario vuelven a este lugar a revivir ese momento y comprobar si todavía…se siguen eligiendo.

Escrito por: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)
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