Viajar, a veces nos permite ver cosas e historias que otros no ven.
Al llegar a Ezeiza, mientras esperaba su equipaje, Pablo se encontró con una pareja de amigos que habían tomado el mismo avión a México.
Diez días después, volvían a coincidir en el viaje de regreso.
—Mirá, Pablo —le dijo su amiga, señalando a cuatro parejas de sesentones que habían dado espectáculo en la fila del check-in a la ida, ahora se daban poca bola en el regreso al país.
Según habían podido escuchar Pablo y sus amigos a la partida, una de las mujeres cumplía 60 años y la habían convencido de festejarlos en el Caribe.
Martita, la cumpleañera, había llegado puntualmente tres horas antes al aeropuerto y ya estaba en la cola del embarque. Era una señora retacona y maciza, de pelo corto, teñido de rubio, de peluquería de barrio, vestida con un conjunto deportivo oscuro. Carlos González, su marido, un hombre de figura robusta y estilizada, la abrazaba afectuosamente.
A los pocos minutos fueron llegando las otras parejas, que ignoraron la cola y se pusieron junto a los González.
La segunda pareja en llegar fueron los Martínez. Un par de años mayores que los primeros, pero vestidos más a la moda. Coca, de figura pequeña y cuidada, y Cacho, con su bronceado de cama solar y su chuequera de futbolista, abrazaron a la cumpleañera y a su esposo. Él gesticulaba y tenía una sonrisa tan amplia, digna de un vendedor de autos.
La tercera pareja era algo despareja. Él, Juanca, un sesentón algo descuidado en su físico, vestía ropa canchera y una gorra moderna, llevaba de la mano a una joven mujer, Jessi. Poco efusivos en los saludos, parecían vivir el viaje como algo de todos los días, sin demasiada importancia.
Pero el verdadero show comenzó con la llegada de la cuarta pareja: los Lynch Alvear.
Llegaron vestidos como para una producción de la revista Caras, con perfil entre ganaderos de fiesta en la Rural o nuevos ricos. Ella, Mecha, lucía un sombrero que no pasaba desapercibido. Él, Francisco. Ambos altos y esbeltos, con más de 60 años y muy bien llevados, destilaban clase y facha.
Las parejas 2 y 3 casi les extendieron una alfombra roja para recibirlos, mientras los González sostenían la sonrisa, todavía abrazados.
Luego de los saludos, Coca les dijo a las parejas 3 y 4:
—¿Saludaron a Martita por su cumpleaños?
La joven de la pareja 3 soltó una risa nerviosa, mientras la señora Lynch Alvear dijo, con aires de suficiencia:
—Ah, cierto, che. De eso se trataba el viaje. Feliz cumple, Martu.
La cumpleañera mantuvo la sonrisa y agradeció con la cabeza.
La fila no se movía. Entonces Mecha, que ya había demostrado ser la hembra alfa, dijo mirando a su marido:
—Fran, nosotros tenemos “priority” por la tarjeta. No me vas a hacer esperar parada acá toda la noche.
Y comenzó a moverse como si desfilara por una pasarela hasta el mostrador de la aerolínea, seguida por su marido.
Las mujeres de las parejas 2 y 3 ordenaron a sus respectivos hombres que la siguieran hasta el mostrador.
La cumpleañera los veía irse, resignada. Y se quedó inmóvil en la fila común, ya que no eran viajeros frecuentes.
Carlos, su marido, entendió todo. La miró con sus pequeños ojos marrones y la abrazó con amor y contención.
Pablo recordaba perfectamente aquella escena y soltó:
—¿Pero estos no viajaban en grupo?
—¡Sí! —respondió su amigo—. Pero vos no sabés lo que pasó en el hotel.
Pablo, llevado por la curiosidad, giró levemente la cabeza y vio que los González y los Martínez avanzaban empujando sus maletas. Los hombres por un lado, las mujeres por el otro, charlaban animadamente.
Pero la cara de Martita tenía un no sé qué, entre confianza y satisfacción.
Por otro lado, Juanca y Jessi caminaban distantes y sin dirigirse la palabra.
La sorpresa para Pablo fue cuando encontró, más lejos, a los Lynch Alvear. Ël, con gesto duro, empujaba no las maletas, sino la silla de ruedas de su esposa. Mecha lucía una férula en la pierna derecha, un cabestrillo sobre el hombro y, por debajo de su amplio sombrero, asomaba un parche de gasa blanca.
—¿Pero qué pasó? —alcanzó a esbozar Pablo.
—Compartamos el remís hasta Buenos Aires y te contamos —le dijeron sus amigos.
Ya en el vehículo, la pareja, casi a dúo, comenzó con el relato:
A lo largo de las vacaciones, no entendíamos cómo se había armado ese grupo. Pocas veces se los veía juntos, más que nada en las cenas. Hasta en la playa, unos andaban por un lado y otros por el otro.
Pablo alcanzó a interrumpir, metiendo el bocado:
—Me imagino… después del desprecio en la cola de la partida.
—¡Claro! —le contestó su amiga.
Por ahí andaban dos de las mujeres por un lado y las otras dos por el otro. Normalmente, Martita con Coca y la piba con Mecha.
Los cuatro hombres se juntaban para tomar mates o ir a la barra, pero también se dividían: Carlos y Cacho por un lado, hablando de fútbol, y los otros dos por el otro, hablando de negocios.
Pero parece que sobre el final de la semana se pudrió todo.
El tipo de la pareja 3, que estaba con la mina más joven, por el trajín de la acompañante y el chupi de las noches se levantaba re tarde. Una mañana, cuando bajó a desayunar, vio cómo su compañera estaba siendo apalabrada por el galán de doble apellido, con una sonrisa de conquistador y promesas económicas.
Pero eso no fue la gota que derramó el vaso. Más tarde, después de que la señora Lynch Alvear invitara a todas las mujeres al spa y las dejara esperando, Coca salió a buscarla por los pasillos del hotel. Y la encontró acosando al marido de Martita.
—Dale, Carlos, ¿no me vas a decir que a vos no te calienta una mina como yo? ¿Te pensás que vine a este viaje de mierda para festejarle el cumpleaños a tu mujer? Yo vine porque me quería sacar las ganas de estar con vos…
Pero Carlos se la sacó sutilmente de encima y le dijo:
—Basta, Mecha. ¿Vos te pensás que porque tenés plata vas a conseguir todo lo que querés? Yo estoy muy enamorado de Martita, y es la única que a mí me calienta.
La hizo a un lado y se fue.
Después de ver la escena, Coca corrió al spa y llevó aparte a Martita para contarle lo que había pasado y la prueba de fidelidad que había dado su marido.
Pero Martita no iba a dejar las cosas así.
—Entonces, ¿la pituca quedó así después de que la agarró Martita? —preguntó Pablo.
—No, Martita ni la tocó.
—¿Entonces?
—Entonces… fue más sutil.
—No me digas que le contó al marido y el marido la fajó.
—No, tampoco.
Conociéndola a esta vieja fachera, con su actitud de superada, sus aires de grandeza y sabiendo además que le encantaban las fotos, esa tarde, cuando fueron hasta la barra sobre la escollera de la playa y mientras las otras dos mujeres iban a buscar unos tragos, Martita le propuso que posara sobre las piedras.
La Lynch estaba con su pareo, unas ojotas, los anteojos de diva y el sombrero enorme.
—¿Y? —preguntó Pablo.
—Le dijo que posara así, que posara asá. Desde lejos, sin tocarla, solamente le indicaba cómo moverse hasta llevarla al lugar correcto. Cuando rompió una ola, la traidora no hizo pie y se fue de culo entre las piedras de la escollera.
—¡No!!!
—Sí, ante la mirada de una playa repleta. Mientras Martita seguía sacando fotos con su teléfono y dibujaba una pequeña sonrisa.

Escrito por: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)
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