EL MEJOR JUGUETE
Pablo llegó temprano al Club. Demasiado temprano.
Faltaba una hora aún para que comenzara la semifinal del torneo interno de fútbol Senior, donde jugarían sus amigos más jóvenes.
Caminó por los pasillos que lo llevaban a la cancha principal con su mochila al hombro.
Se acomodó en la pequeña tribuna con escalones de madera, al costado de los bancos de suplentes. Luego fue sacando, uno a uno, los elementos para preparar el mate y compartirlo con los muchachos del equipo.
Fue en ese momento que escuchó una risita infantil y, al levantar la vista, vio en un extremo de la cancha a un hombre y un niño de unos cinco o seis años que corría y pateaba una pequeña pelota de fútbol blanca con cascos negros. Llegó frente al arco que daba a la avenida, se frenó, miró lo grande de la portería, tomó carrera, pateó con toda su fuerza y, cuando la pelota llegó rodando hasta el fondo de la red, gritó con su voz finita:
—¡¡¡Goooool!!!
Y al darse vuelta vio a su padre festejando con los brazos en alto.
Luego tomó la pelota y fue corriendo con ella en sus brazos. Cuando llegó donde estaba su papá la soltó y comenzaron con un ritual de pases, de pie a pie. Del hijo al padre y del padre al hijo.
En ese instante a Pablo se le vino una idea a la cabeza. De chicos, la verdadera obsesión nunca había sido una camiseta. Había sido la pelota. Porque antes de enamorarte de un club, primero te enamorabas del juego.
—¿Qué hacés, Pablito?
La voz de Ale lo trajo de vuelta y se confundieron en un abrazo.
Luego de los saludos, ya con el mate preparado, comenzó el ida y vuelta, hasta que Ale tiró:
—¿Te quedaste colgado con esos dos?
Y apuntó con la mirada hacia el lugar donde padre e hijo seguían jugando.
Pablo no dudó.
—¡Sí!… Me llevó a ese momento con mi viejo.
Ahora, con la mirada puesta en la cancha, continuó diciendo:
—¿Sabés que me acuerdo como si fuera hoy…?
El día que mi viejo me regaló mi primera pelota de cuero.
Era una número tres.
Blanca, con gajos negros… como la que usaron en el Mundial del ’74.
Yo tendría seis años.
Y estaba convencido de que era igual a la que usaban los profesionales.
Ceba un mate. Toma. Ceba el siguiente y lo comparte.
—Mi viejo se había roto la rodilla en un partido de solteros contra casados, con los del laburo.
Fue fea la lesión. Lo tuvieron que llevar a Buenos Aires para operarlo… y quedó internado varios días.
Con mi hermana nos quedamos en lo de mis abuelos. Mi vieja se fue con él.
Hasta que un día mi abuelo dijo:
—Nos vamos a Buenos Aires.
El viaje en tren fue toda una aventura.
De esas que uno no se olvida más.
El trasbordo en Ballester.
La estación de Retiro…
Las escaleras mecánicas…
La calle…
Todo me pareció inmenso.
La gente apurada.
El ruido.
Cuando llegamos a la clínica… todo era de un blanco interminable.
Pero yo solo quería ver a mi viejo.
Ceba otro mate y lo comparte con otro jugador del equipo que se acercó.
—Estaba ahí… en la cama.
Joven. Debería tener unos treinta años.
Con un yeso enorme, desde la ingle hasta la punta del pie.
Mi vieja nos frenó en la puerta.
Nos abrazó.
—Con cuidado… que papá no se puede mover mucho.
Nos soltamos y salimos corriendo.
Mi viejo tenía una sonrisa enorme.
Nos abrazamos como pudimos.
Con mi hermana le contamos toda la experiencia del viaje…
Pero, detrás nuestro, mi vieja abrió un mueble empotrado en la pared.
Mi viejo nos miró y dijo:
—Miren lo que tiene mamá.
Ella sacó dos paquetes.
En una mano, una caja rectangular envuelta en papel rosa, con un moño grande.
En la otra, un paquete redondo, envuelto en papel azul, con un moño celeste.
Mi hermana abrió el suyo primero.
Una muñeca Rayito de Sol, de pelo oscuro y vestido multicolor.
Cuando me tocó a mí, fui más despacio.
Ya sabía lo que era.
Pero cuando rompí el papel…
y la tuve en las manos…
El olor a cuero.
Ese olor.
Todavía hoy lo siento.
(Pausa.)
Pablo ceba otro mate, levanta la mirada y dice:
—Cuando mi viejo se recuperó, comenzamos con los pases en el pasillo de casa cada vez que llegaba del trabajo.
Tiempo después, un día, antes de ir para el Club, me dijo:
—¡Llevemos la pelota!
Pero ese día fueron más que unos pases.
Ahora era sobre el césped.
Mi papá vio a unos chicos de mi edad que nos miraban jugar y los invitó a sumarse.
Ahora me doy cuenta de que esa pelota que me regaló mi viejo es inolvidable. Porque, además de enseñarme a jugar y a amar el juego, me dio la herramienta para compartir y hacer nuevos amigos.
Pablo hizo una pausa y volvió a mirar hacia la cancha. En ese momento, al padre y a su hijito se les habían sumado tres chicos más, que correteaban detrás de la pelota envueltos en una gran sonrisa y con las caritas coloradas.
Entonces los señaló y dijo:
—¿Ves, Ale?… Es el mejor juguete que un padre te puede regalar.
Epígrafe
“Durante mi niñez solo tenía una obsesión: la pelota. Estoy convencido de que a mi nieto lo desvelará una camiseta de su equipo, porque la fascinación que producen los héroes ya tiene más fuerza que el juego mismo. Mi nieto no sabrá que en el instante en que compre esa camiseta, pasará de hincha a cliente para activar un negocio cada vez más grande.”
Jorge Valdano

Escrito por: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)
Ilustrado por: NEGRO GODOY (@negrogodoy)
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