“EL GARITO DEL SÓTANO”

Si uno caminaba por la calle Justa Lima de Atucha, antes de llegar a la esquina de Larrea, en el barrio Villa Fox, había un lugar que todos conocían simplemente como lo de Trapani.

Corrían los primeros años de la década de 1940 y aquella era una de las primeras farmacias de Zárate. Su dueño, don Carlos Trapani, además de atender el mostrador, era boticario y preparaba allí mismo recetas magistrales para aliviar sabañones y otras enfermedades de una época en la que muchos remedios todavía nacían de las manos de quien los recetaba.

Como ocurría con varias farmacias de aquellos años, el local tenía un amplio sótano construido a una profundidad que mantenía una temperatura constante de veintitrés grados durante todo el año. Mientras afuera el invierno endurecía las manos y el verano hacía arder la vereda, allá abajo siempre parecía ser la misma estación.

Fue justamente ese sótano el que, algunos viernes por la noche, cambiaba por completo de destino.

Cuando su esposa le preguntaba:

—¿Hoy estás de turno, Carlos?

Él sonreía y respondía:

—Sí.

Pero no hablaba del turno de la farmacia.

Era la contraseña de la casa para anunciar que esa noche la mesa de trabajo se despejaba, los frascos volvían a ocupar prolijamente los estantes de madera, bajaban las sillas al sótano y, mientras en la cocina se preparaban los sándwiches y las bebidas, los amigos empezaban a llegar.

Una vez cerrada la persiana del local, la farmacia dejaba de fabricar remedios. Durante unas horas, el sótano se convertía en el garito más discreto de Villa Fox.

Entre todas las historias que nacieron en aquel sótano, hubo una que la hija de don Carlos contó durante años. Con el tiempo llegó hasta su hijo, Sergio, y gracias a él hoy podemos contarla.

Dicen que ocurrió una noche en que, entre los habituales jugadores, apareció un muchacho de no más de veinticinco años. Venía de Tandil, llevaba el cabello negro prolijamente peinado con gomina, un fino bigote sobre el labio superior y una elegancia discreta que no pasaba inadvertida. Se llamaba Héctor Lavandera y desde hacía algunos meses se alojaba en el Hotel Entre Ríos, invitado aquella noche por su propietario, uno de los habituales de las partidas.

Había otra particularidad que enseguida llamó la atención de todos: repartía las cartas únicamente con la mano izquierda. Lo hacía con una naturalidad asombrosa. Las cartas parecían deslizarse sobre el paño sin esfuerzo, como si siempre supieran dónde debían terminar.

Al principio, más de uno creyó que aquella buena racha era simple suerte. Pero, con el correr de las manos, empezaron a notar algo distinto.

Lavandera no parecía mirar las cartas.

Miraba a las personas.

Mientras unos se acomodaban en la silla cuando recibían un buen juego, otros tamborileaban los dedos sobre la mesa o humedecían apenas los labios antes de apostar. Había quienes sostenían la mirada demasiado tiempo y quienes la esquivaban apenas un segundo. Él no decía nada. Observaba. Y casi siempre decidía bien cuándo entrar en una mano y cuándo dejarla pasar.

Con el correr de la noche, el montón de billetes frente a Lavandera empezó a crecer.

En cambio, el dueño del hotel no tuvo una buena partida. Después de perder varias manos, dejó su lugar en la mesa, se sirvió una copa y siguió observando el juego desde un rincón del sótano.

Cuando Lavandera entendió que la noche ya le había dado suficiente, guardó cuidadosamente el dinero en el bolsillo interior de su saco, tomó el sombrero, saludó a los presentes y comenzó a subir la escalera.

Al salir a la calle, intentó cerrar la puerta detrás de él, pero algo se lo impidió.

Era el dueño del hotel.

—Héctor… tuviste una gran noche.

—No puedo quejarme.

—Pero te estás olvidando de una cosa.

No hacía falta decir cuál.

El alojamiento de las últimas semanas seguía pendiente de pago.

Lavandera sostuvo la mirada de su acreedor apenas un instante. Después levantó los ojos por encima de su hombro.

En la ochava de la esquina, la brasa anaranjada de un cigarrillo dibujó por un segundo la silueta inmóvil de un hombre.

No dijo una palabra.

Metió la mano en el saco, sacó el fajo de billetes y se lo entregó al dueño del hotel.

—Tenés razón. Creo que con esto quedamos a mano.

El hotelero apenas alcanzó a sonreír. Sus ojos sólo veían el dinero que acababa de recibir.

No advirtió que, detrás de él, unos pasos rompían el silencio de la calle.

Ni sintió el frío del caño de un revólver apoyarse sobre sus costillas hasta que una voz seca ordenó:

—Ahora… dame todo lo que tengas.

Cuando el ladrón desapareció perdiéndose en la oscuridad de la calle, el dueño del hotel seguía inmóvil, incapaz de entender cómo una noche que había empezado mal acababa de terminar mucho peor.

Héctor Lavandera lo miró en silencio. Sabía que, unos minutos antes, ambos habían jugado partidas muy distintas. El hotelero había visto un fajo de billetes. Él había visto una amenaza.

Se acomodó el saco, se calzó el sombrero y emprendió el regreso.

Los buenos jugadores saben que no siempre se puede ganar. Pero también saben que perderlo todo nunca es una opción.

Aquella noche, al salir del garito del sótano, Héctor Lavandera jugó la última carta que le quedaba para salir hecho.

No tuvo más remedio.

Escrito por: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)

Ilustrado por: NEGRO GODOY (@negrogodoy)

Agradecimiento a: Sergio Giovanolli por compartir una historia familiar.

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