“EL RITUAL”

Mientras Pablo acomodaba las botellas de champán en el fondo de la heladera portátil, Manuela lo observaba, cómoda sobre una banqueta junto a la isla de la cocina.

—¿No querés que te ayude? —preguntó, más para cumplir que por verdadera intención.

—Gracias, pero ya tengo todo a mano —respondió él.

Siguió agregando hielo sobre las botellas. Después acomodó un paño, una caja plástica donde viajarían ocho copas de cristal y, al costado, una pequeña frapera.

—¿Copas de cristal? —preguntó ella, atenta al armado.

—Y sí… un brindis sin copas de cristal no es un brindis.

Sonrió con esa amplitud casi ceremonial de quienes creen que todo lo relacionado con la gastronomía merece cierta puesta en escena. Como si cada detalle fuera una manera de agasajar a los demás.

Manuela siguió observándolo en silencio. Entre los nervios de acompañarlo por primera vez en aquel ritual y la necesidad de matar el tiempo, volvió a preguntar:

—¿Y cómo fue que empezó todo?

—Hace diez o doce años se me ocurrió sorprender a los chicos llevando una botella y cuatro copas para brindar. Esa noche en el club hacían el baile de Año Nuevo y ya desde la tarde estaba todo medio vacío por los preparativos. Cada uno andaba en la suya, organizando las fiestas familiares… así que éramos los cuatro de siempre y poca gente más, desparramada por ahí.

Sonrió apenas, mientras cerraba la heladera.

—Y estuvo buenísimo. Muy íntimo. Brindar junto al río tenía algo especial. En un momento Edu dijo “ya vengo” y salió disparado. A los diez minutos apareció con otra botella de champán… para reforzar el concepto.

Manuela se rio.

—Cuando terminó la tarde, nos prometimos repetirlo al año siguiente. Bah… por lo menos Edu y yo.

—¡Qué bueno! Pero, Pablito… si es algo de ustedes y sus amigos, yo me puedo quedar acá.

Pablo levantó la vista.

—El año pasado no te dije nada porque recién nos conocíamos. Pero ahora, después de un año, somos dos. Y me gustaría que fueras parte.

Manuela bajó la mirada un instante. Todavía se sentía ajena a ese mundo, a esos códigos de gente nacida y criada en el club. Pero también sabía que lo de ellos se iba afirmando de a poco. Y si Pablo estaba dispuesto a abrirle la puerta de algo tan suyo, ella iba a acompañarlo.

Al rato cargaron la heladera, el equipo de mate y las reposeras en el auto, y salieron para el Club de Regatas.

Pero apenas llegaron, Manuela notó un cambio en el gesto de Pablo.

En el año que llevaban juntos ya había aprendido algo de él: era un hombre de costumbres. De hábitos. De pequeñas rutinas que defendía casi sin darse cuenta.

Cuando pisaron la playa entendieron enseguida qué pasaba.

Del grupo estaban apenas cuatro. Faltaban Eduardo y Aldana, los únicos a quienes Pablo consideraba verdaderos amigos. Y alrededor de la mesa habitual orbitaba un conjunto de personajes conocidos del club: gente de charlas ocasionales, de mates compartidos al pasar, pero completamente ajenos al núcleo duro. A la mesa chica.

De esos que aparecen con las manos vacías y una habilidad especial para sumarse a lo ajeno.

Pablo recorrió la escena con la mirada y enseguida señaló hacia un rincón más apartado.

—Mejor nos ponemos debajo de los sauces. Así la heladera queda a la sombra mientras todavía baja el sol.

Manuela entendió al instante la frustración de su compañero. Y también volvió a preguntarse, en silencio, qué hacía ella ahí. Apenas conocía a algunos amigos de Pablo; del resto, absolutamente nada.

Mientras acomodaban las cosas, Pablo siguió estudiando el panorama. Por un momento pensó en pegar la vuelta y regresar a su casa. Pero había algo parecido a un pacto silencioso con Eduardo que llevaba más de diez años.

Justo cuando estaba por llamarlo, uno de los muchachos de la mesa chica se acercó.

—Pablín, arrancamos cuando llegue Edu. Dijo que tipo cinco, cinco y media estaban acá… Aldana tenía que pasar antes por la casa de una amiga.

Pablo respiró hondo. Encima el pibe le administraba los horarios.

Asintió apenas.

—¿Armamos las mesas por acá? —insistió el otro.

—Cuando llegue Edu vemos… Che, ¿y quién invitó a todos estos? Yo traje cosas para el grupo nomás.

El muchacho levantó los hombros, tratando de correrse del problema.

—No sé… viste cómo es. A muchos les gusta esto que hacemos y se quisieron sumar.

—Sí… pero de arriba.

Lo dijo sin perder del todo la sonrisa, aunque la mandíbula ya empezaba a tensarse.

Desde lejos los veía moverse entre risas exageradas y entusiasmo prestado, cada uno cargando sus pequeñas miserias.

Los hijos del empresario exitoso escondiendo el pan dulce dentro de la bolsa para no convidar. El doctor viajado, organizando la escena como si fuera el dueño del brindis. Un par de viejas bronceadas listas para servirse sin culpa. Y varios actores de reparto siempre atentos a picotear de las provisiones ajenas

Cuando llegó Eduardo, varios fueron a recibirlo enseguida.

Tenía otra facilidad para mezclarse con todos. O tal vez —pensó Pablo— simplemente sabían que nadie iba a descorchar una botella hasta que él apareciera.

Después de los saludos, Eduardo se acercó hasta la mesa, abrió el bolso y sacó una botella de champán claramente más cara que las demás.

Guiñándole un ojo a Pablo y a Manuela, dijo en voz baja:

—Esta guardala bien… es para tomar aparte nosotros.

Pablo soltó el aire por la nariz y murmuró:

—Che… ¿qué hacemos con tanto colado?

—Yo me ocupo —respondió Eduardo, antes de volver hacia el grupo.

Algunos fueron hasta la despensa del club. Otros aparecieron con vasos de plástico sacados de las taquillas.

En pocos minutos Pablo acomodó un par de mesas, bajó las copas de cristal y puso sobre la madera las botellas frías junto a un panettone enorme, envuelto en una caja elegante de pastelería.

—¡Vamos! —gritó el doctor viajado, como si estuviera dando la orden oficial para arrancar el brindis.

Pablo lo miró apenas por encima del hombro mientras retiraba el papel metálico del corcho y aflojaba la jaula de alambre.

Entonces vio que algunos de los auto convocados levantaban botellas de sidra barata.

Y no pudo evitarlo.

—Como diría el ex presidente Duhalde… el que depositó dólares, recibirá dólares. El que trajo SIDRA… tomará SIDRA.

Eduardo largó una carcajada cómplice.

Por un instante, Pablo volvió a sentirse cómodo.

Pero le duró poco.

Mientras servía la copa de Manuela y después las de los más cercanos, veía cómo las bronceadas llenaban hasta el borde sus vasos de plástico. Cómo un par de rémoras ya desarmaban el panettone con las manos. Cómo los extras empezaban a apropiarse lentamente de la escena.

Hasta que el doctor levantó su copa y tomó el control definitivo del brindis.

—¡Brindemos por sexo!

Las risas estallaron alrededor de la mesa.

Pablo y su compañera bajaron la vista, para no acompañar “la gracia”.

Pero el doctor, agrandado por el alcohol y la atención ajena, señaló a Manuela y marcó:

—¡Esa chica no brindó por el sexoooo!

Ella se quedó inmóvil, incómoda, con la mirada clavada en el piso.

Y ahí algo se tensó definitivamente dentro de Pablo.

Tomó una botella por el cuello, dispuesto a avanzar, pero Eduardo alcanzó a sujetarlo del brazo.

—No vale la pena —le dijo al oído.

Después miró al doctor con una tranquilidad helada.

—La señora no necesita brindar.

Alguien subió la música desde un parlante portátil. Algunos empezaron a cantar desafinados bajo los primeros efectos del alcohol.

Manuela miró a Pablo.

No necesitaron hablar.

Juntaron las cosas en silencio y se fueron.


Al año siguiente, para la misma fecha, Pablo preparó una heladera mucho más pequeña.

Una sola botella.
Dos copas.
Hielo.
Y una frapera.

Cuando llegaron al Regatas se instalaron lejos del lugar de siempre. Frente al río.

Acomodaron las reposeras, descorcharon y brindaron por nuevos rituales.

Un rato después sonó el teléfono de Pablo.

Era un mensaje de Eduardo deseándoles un gran año.

Pablo se lo mostró a Manuela y ambos giraron la vista hacia el otro extremo de la playa.

A la distancia, Eduardo levantaba su copa en dirección a ellos.

Y ellos, le devolvieron el saludo con una sonrisa.

Escrito por: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)

Ilustrado por: NEGRO GODOY (@negrogodoy)

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