Sergio salió tarde de su trabajo en una oficina en el centro de la ciudad. Luego pasó por el bar habitual por un par de copas, solo en la barra.
Esa era su rutina acostumbrada desde hacía varios años. Nadie lo esperaba en su casa.
Antes de salir del bar, buscó la aplicación de su teléfono para pedir un auto que lo lleve hasta su lugar.
Ingresó los datos de ubicación y destino.
Chequeó el costo y confirmó el viaje.
Luego le llegó el mensaje:
El transporte lo pasará a buscar a las 21 hs por la dirección enviada. Es un automóvil color negro.
Un rato antes de la hora indicada, Sergio salió a la vereda del local y lo sorprendió la ausencia de tránsito y peatones. No era tan tarde aún.
La noche era negra y cerrada. Una bruma espesa se comenzaba a levantar por el contraste de temperatura entre el día y la noche, más la alta humedad de ese fin de otoño.
Cuando faltaba un minuto para la hora indicada, un auto grande, clásico y elegante pasó frente a la entrada del bar y estacionó unos metros delante.
Luego el chófer hizo sonar la bocina.
Sergio dudó un instante porque le parecía un auto demasiado ostentoso para un servicio de transporte de pasajeros, pero se puso en marcha y, cuando llegó al lado del auto, se dijo:
—Es una barcaza.
Descripción que acostumbraban decir con sus amigos de secundaria cuando veían un vehículo tan grande, no solo a lo largo, también en su interior.
El vidrio oscuro del lado del acompañante bajó automáticamente.
El muchacho se acercó y vio a un hombre muy mayor al volante, de una presencia que emanaba dureza. Su cabello era largo y plateado; le llegaba hasta los hombros. Ojos grises y una mirada intensa.
Consultó con una voz firme:
—¿Sergio?
—¡Sí! —respondió tímidamente el muchacho.
Tomó la manija para abrir la puerta trasera del lado del acompañante.
Ingresó, cerró la puerta y se acomodó en el asiento.
Cuando el vehículo comenzaba a rodar, escuchó un rechinar de cubiertas y luego una gran explosión.
Sergio giró la cabeza y alcanzó a ver por la luneta un pequeño auto negro que se había incrustado sobre la columna que sostenía el cartel del bar.
Un pequeño grupo de gente había salido del lugar. Algunos se tomaban la cabeza al ver el accidente, otro intentaba sacar al conductor y otros miraban por debajo del vehículo.
De pronto se le hizo un nudo en la garganta.
No podía respirar ni emitir ningún sonido, mientras el automóvil que lo llevaba circulaba dentro de una espesa niebla que no permitía ver por dónde estaban.
Finalmente, expulsó una gran bocanada de aire por la boca y la nariz, que provocó un suave silbido.
—¿Se encuentra bien? —dijo el conductor.
Sergio buscaba las palabras en su mente. Todavía estaba aturdido por lo que acababa de ver.
Podría haber sido él quien estaba bajo ese cartel donde impactó el pequeño auto, si su transporte no hubiese llegado ese minuto antes.
Al cabo de unos segundos, logró articular palabras y respondió:
—Me volvió el alma al cuerpo… perdón, pero me asusté terriblemente. Si Ud. no hubiese llegado antes de la hora indicada, podría haber sido yo quien quedara bajo el auto que chocó contra la columna del bar.
—Ah… ¿está seguro? —dijo secamente el chófer.
—Sí, sí… estoy seguro de que hubiese sido yo la víctima de ese accidente si usted…
El conductor no lo dejó terminar la frase y se expresó con firmeza y lentitud:
—¿Está seguro de que llegué antes?
Mostró un viejo reloj de arena que había sacado del bolsillo de su saco.
—Yo llegué a la hora que me fue indicada.
Sergio no entendía realmente lo que estaba pasando e, inmediatamente, en su mente apareció la imagen del accidente.
Bajo la trompa del pequeño auto se alcanzaban a ver unos borcegos urbanos color gris gastado y unos pantalones de jean azul oscuro… idénticos a los que él estaba usando.
Pero no podía ser.
Miró la parte de atrás del asiento del conductor y vio un afiche blanco, escrito con letras negras, que decía:
Ud. está siendo transportado por:
CARONTE (*), JUAN CARLOS
Sergio buscó una respuesta a la duda que lo estaba carcomiendo.
—Señor… ¿me puede explicar qué está pasando? ¿Dónde me lleva? ¿Vamos para mi casa?
—No se preocupe, Sergio. Está aturdido por la situación. A todos les pasa cuando les llega el momento, así de imprevisto.
—¿Quiere decir qué?
—Sí, Sergio… usted acaba de morir.
—Pero solo tengo cuarenta años.
—Es lo excitante de la vida. Usted no sabe cuándo se le termina y debería aprovechar cada momento.
Sergio trataba, pero seguía sin entender.
Entonces bajó la vista y se vio gris por completo. Incluso su ropa había perdido el color.
Intentó acariciar su propia pierna y no sintió el contacto de su mano contra ella.
—Y entonces, señor Caronte… ¿usted es… la Muerte?
—Trabajo con ella. Yo soy quien transporta los espíritus a su destino final.
—¿Y qué me toca? Me imagino que al cielo, ¿no? He sido una persona correcta.
—Déjeme chequear.
El conductor tomó una planilla que tenía sobre el asiento del acompañante y leyó lentamente:
—Señor Sergio Sísifo.
Cuarenta años.
Soltero.
De costumbres rutinarias…
Mmm…
Acá hay un tema que no había tomado en cuenta.
—¿Qué tema?
—Acá dice…
DESALMADO
—¿Pero cómo… «desalmado»?
¿Cómo yo, un tipo que nunca le hizo mal a nadie?
Que nunca fue violento.
Ni física ni verbalmente.
Que nunca maté a un ser vivo, hombre, mujer o animal…
¿Puedo ser considerado un DESALMADO?
—Ay, señor… pero qué mal le ha hecho el cine al concepto de las personas.
Ustedes ven en una película a un matón, un criminal o hasta un asesino, y el nombre del personaje es el Desalmado Johnny Black.
O leen un titular de diario que dice que el atroz crimen fue realizado por el Desalmado del Oeste y piensan que eso se aplica acá…
Pero no es así.
Eso es crueldad…
Solo crueldad.
Pero usted, Sergio…
ha perdido el alma.
—Entonces… ¿explíqueme por qué voy a ir al infierno?
—Bueno… le explico que usted no va al cielo.
Pero tampoco al infierno, mi amigo.
—¿Cómo?
Entonces… ¿dónde me toca?
—Le toca un lugar acorde a cómo ha sido su vida.
Ni frío…
Ni caliente.
Su destino es vagar en un limbo hasta que, en algún momento, pueda recuperar su alma.
—Sigo sin entender cómo fue que perdí el alma.
—Sergio…
Usted fue perdiendo el alma el día que decidió que no había lugar en su corazón para el amor.
Y vea que no fue por timidez, porque aquí me consta que tuvo bastantes relaciones.
Pero todas superficiales.
—Lo que pasa es que vi que mucha gente sufría por amor y decidí que eso no era paramí.
—Eso, Sergio…
En una vida tan corta como es la terrenal de los humanos…
Donde, por miedo a sufrir, no solo te negás a dar amor…
Sino también a recibirlo…ES IMPERDONABLE.
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(*) La imagen mitológica por excelencia que representa el traslado del alma a su última morada es Caronte, el sombrío barquero que cruza el río de los muertos,

Escrito por: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)
Ilustrado por: NEGRO GODOY (@negrogodoy)
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