“UN ROBO DE 20 ASIENTOS”

(dedicado a Oscar Bossi y Familia)

Si usted lector, al leer el título de esta historia lo lleva inmediatamente a aquella famosa telenovela argentina protagonizada por Claudio Levrino, UN MUNDO DE VEINTE ASIENTOS, quiero decirle que, además de tener buena memoria, permítame la acotación, también tiene unos cuantos años vividos… igual que quien les trae este relato.

Pero quiero llevarlos algunos años más atrás todavía. Hasta el comienzo de la década del ‘70.

En el barrio de Villa Massoni, en Zárate, donde se había criado Pablo, sobre la calle Juan B. Justo —por entonces todavía sin asfaltar— entre Avellaneda y Andrade, a solo una cuadra del Club Atlético Belgrano, vivía un personaje muy querible.

Un patriarca de hogar. Vivía con su esposa, su hija y su suegra.

Su profesión: colectivero.

Pero de aquellos colectiveros de fines de los ’60 y principios de los ’70, que además eran dueños de sus propios vehículos y hacían el recorrido interno de la ciudad.

La línea era la 503.

Su colectivo era de un rojo impecable, con detalles en un amarillo casi cremita y el tradicional fileteado de aquellos vehículos.

Y el número que lo identificaba era el 1.

Su nombre era Oscar Bossi, pero todos lo conocían como el Petiso o, por su apodo, el Sapito. Porque era bajito y gordo.

Siempre con un cigarrillo en la boca.

El colectivo no era solamente un vehículo para los Bossi. Era el que ponía comida en la mesa. Era el centro de su atención. Se podría decir que, en realidad, era parte de la familia.

Y el mantenimiento de la unidad también era un asunto familiar.

Miriam, su hija, y Edith, su esposa, se ponían a la par de Oscar para una reparación, una limpieza general o lo que hiciera falta. Mientras tanto, doña Elvira, su suegra, se encargaba de que en la casa todo estuviera en orden y de tener lista la comida.

Para los chicos de la cuadra, los Bossi eran un ejemplo de trabajo en equipo. Y, sin que nosotros lo supiéramos, rompían con ese paradigma de que había trabajos para hombres y otros para mujeres.

Pero para todos en el barrio, el 1 era otra cosa.

Así le decían cariñosamente Oscar y su familia al colectivo.

Era la posibilidad de que, los domingos —que eran el franco de la línea— o algún feriado, pudiéramos viajar por las rutas, pasear y pasar el día bajo la sombra de los eucaliptos, junto a la Panamericana, mientras compartíamos un almuerzo a la canasta.

También estaba el karting. A veces nos juntábamos en grupo para ir a ver correr a un jovencito Luis “el Pejerrey” Belloso.

Para los más pequeños del grupo, la vuelta a casa era otra cosa.

Cuando caía la noche y la oscuridad se apoderaba de la ruta, el Sapito encendía toda la iluminación del colectivo y, de pronto, aquel 1 rojo y amarillo parecía transformarse en una nave espacial.

Quizás por eso, muchos años después, cuando escuché a Luis Alberto Spinetta cantar sobre el viaje del Capitán Beto, entendí que aquella sensación ya la habíamos conocido nosotros, mucho antes, arriba del 1.

Pero había un momento todavía más especial.

Oscar iba llamando a cada chico para que lo acompañara en la conducción de la nave.

Todo parecía enorme para esos chicos de seis, siete, ocho años.

Pablo, más de cincuenta años después, todavía puede verse ahí: el Petiso sentado en su lugar, él a un costado, mirando la ruta desde aquel “comando”.

Y recuerda los detalles como si todavía estuvieran ahí: el banderín de Independiente, el club de los amores de Oscar, con un juvenil Ricardo Bochini; y sobre el torpedo, un pequeño muñeco de un sapito.

Habían pasado muchos años.

El barrio había cambiado. Algunos vecinos se habían mudado y otros, como Oscar, ya no estaban en este plano.

Las líneas de colectivos también habían cambiado. Primero fueron cooperativas y, con el tiempo, llegaron los sistemas integrados de transporte, manejados por una combinación de empresas privadas y el Estado municipal.

Los Bossi vendieron su casa, pero el recuerdo sigue presente en la cuadra.

Para Pablo, cada encuentro casual con Miriam era una manera de volver a aquella época: las reuniones de las familias de la cuadra para jugar a la lotería, los domingos compartidos y aquellos paseos por la ruta en el “1”.

En uno de esos cruces, Miriam le dijo:

—¿Vos te acordás cuando le robaron el colectivo a mi viejo?

—¡No! —respondió Pablo.

—Claro… fue en el 70 o 71. Vos eras muy chiquito. Bueno… escuchá.

Y comenzó a contarle cómo habían sido los hechos.

—Papá dejaba estacionado el colectivo sobre la calle Félix Pagola, frente al Club Belgrano. Era una de las pocas calles asfaltadas del barrio y ahí quedaba el 1, listo para comenzar el recorrido de la semana.

Incluso con el tanque de gasoil lleno.

Pero cierto domingo, un chófer que hacía el contra turno del 1 con Oscar pasó por casa para avisar que el colectivo no estaba en la puerta del club.

Imaginate la sorpresa. Y la preocupación de la familia.

—Fuimos con mi viejo corriendo la cuadra y media que había desde casa hasta el club, para comprobar nosotros mismos que no era una broma.

No estaba.

Corrimos de vuelta a casa, agarramos la Fiat 1500 familiar y fuimos a hacer la denuncia a la policía.

No había teléfonos en las casas. Recordá que estamos hablando de 1970.

Volvimos a casa y varios vecinos se sumaron a la búsqueda con sus propios autos. Todos querían ayudar al vecino. Pero no aparecía.

La policía se comunicó con Gendarmería, que hacía controles camineros sobre las rutas.

Nadie había visto pasar al 1.

Un colectivo rojo, con detalles amarillos, no era precisamente algo que pudiera desaparecer sin dejar rastros.

La moral de todos estaba por el piso… hasta que a mi tío, un hermano de Oscar que era camionero, le llegó el comentario de que habían visto al colectivo del Sapito entre Alsina y Baradero.

Salieron en su auto para allá junto con mi viejo.

Pero cuando llegaron, encontraron al 1.

Estaba solo, al costado de la ruta, sin daños aparentes.

La cerradura de la puerta no había sido forzada. De hecho, estaba cerrado con llave.

Recién cuando intentaron ponerlo en marcha se avivaron de que tenía el tanque vacío.

Por suerte, el Petiso siempre llevaba un bidón con gasoil en el baúl de su auto. Le pusieron combustible al 1 y alcanzaron a llegar hasta una estación de servicio para cargar y poder volver a Zárate.

Pero quedaba la pregunta:

¿qué había pasado?

¿Quién había sido el atrevido que se había llevado el 1 para dejarlo después, abandonado a la buena de Dios, al costado de la ruta?

Pocos días después, un despachador de la 503, al verlo todavía preocupado a Oscar, le dijo:

—Vos sos el único prolijo de todos los dueños de la línea. Tenés el coche impecable y sos tan rutinario que, normalmente, cuando dejás el 1 en punta para salir a hacer la semana, pasás por el centro camionero y lo dejás con el tanque lleno.

Pero esta vez, vaya uno a saber por qué, no lo hiciste.

Y un exchofer tuyo, que se había quedado con una copia de la llave y conocía tan bien tu rutina, se subió al 1 y se fue de joda con un par de amigotes al cabarulo que estaba en la entrada de Baradero.

Pero no llegaron…

—¿Y qué hizo Oscar? —preguntó Pablo.

Pensando que el Sapito, que tenía fama de calentón, seguramente había salido a buscar al atrevido que se había llevado su colectivo.

Miriam sonrió.

—Nada. Lo dejó ahí el tema.

Eso sí… desde ese día, el 1 durmió en la puerta de casa.

Nunca más Oscar dejó al 1 fuera del alcance de sus ojos…ni de sus oídos.

Pablo asintió con la cabeza y concluyo:

—Y también de la mirada de las familias de la cuadra…

Porque algunos todavía seguimos viajando en el 1.

Solo que ahora… viajamos con la memoria.


Autor: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)

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