“EL DUEÑO DE LA VERDAD”

Para Santiago, la invitación a sumarse a la mesa de café en el bar del club le había cambiado las mañanas de sus sábados de invierno, cuando iniciaba la década del ’90.

La mesa estaba compuesta por cuatro jóvenes de unos treinta y tantos, un empleado estatal a punto de jubilarse y él, que ya había pasado los cuarenta.

Con algunos compartía solo la pileta y los mates en el quincho durante el verano; con un par había sido compañero de trabajo en una fábrica años atrás. Sin embargo, se había generado un ambiente de camaradería a pesar de las diferencias.

La charla era siempre distendida: pasaba de algún hecho relevante en las noticias de la semana a los resultados deportivos, o a qué propuestas había para salir ese fin de semana y, obviamente, a temas varios de la vida social de la ciudad con corazón de pueblo.

Por decisión general, la cuenta siempre se dividía en partes iguales, si o sí.

A pesar de que en el club el mayor tránsito de personas se generaba pasado el mediodía de los sábados, al bar lo completaban durante las mañanas distintos grupos de gente bastante heterogénea.

Las señoras que tomaban la clase de yoga. Los tenistas conversos al pádel, los chicos del equipo de básquet que se juntaban temprano para jugar la liga local y algunos socios vitalicios que merodeaban por las mesas con sus historias de sus años de gloria o con alguna rosca política interna para acomodar las cosas a su gusto con la gente de la comisión directiva.

Dentro de estos últimos personajes, el que más se hacía notar era el Doctor Carmelo Arce.

Un abogado que había heredado la cartera de clientes y el estudio de su difunto padre, con las ínfulas de quien poco tuvo que sacrificar para lograr una carrera… normal.

Siempre descontento con la gestión de la administración del club, acosando con preguntas, sin respuestas, a algún dirigente que se permitía tomar algo tranquilo en el bar antes de continuar dando de su tiempo para que las actividades de la institución siguieran funcionando.

Rezongando por el servicio del nuevo concesionario del buffet, a pesar de que rara vez consumía algo.

Pero si de algo no se privaba era de hacer algún comentario lascivo hacia las señoras o señoritas que circulaban por el lugar, siempre que no estuviese acompañado por su esposa.

Y otra de las cosas que más lo caracterizaba era que, cada vez que le daban cabida en alguna conversación, rápidamente monopolizaba la palabra.

Y la mesa que compartía Santiago con su nuevo grupo no sería la excepción.

La puerta de entrada al grupo se la daba habitualmente el empleado estatal, ya que, además de ser ex compañeros de escuela, el Doctor era un visitante habitual al Palacio Municipal como asesor legal y ambos compartían gustosos… los chismes internos.

Por otra parte, a Santiago le sorprendía que los más jóvenes del grupo dejaran de lado sus temas para saludarlo con un solemne y reverencial:

—¿Qué tal, Doctor Arce?

Para luego escucharlo atentos y asentir a cada aseveración del letrado.

Santiago, que lo conocía de vista y por la trayectoria del estudio familiar, pero nunca había compartido siquiera una charla con él, se permitió escuchar en silencio.

Pero con el paso de los sábados, los monólogos del abogado se siguieron repitiendo. Tomando la forma de expresarse de los periodistas de la época, aquellos que fueron llamados por los propios medios a los que representaban como los “formadores de opinión”, el Doctor Carmelo opinaba, bajaba línea y criticaba con vehemencia. El grupo solo confirmaba lo expresado y alguno se permitía sumar algún comentario… pero, obviamente, en concordancia.

Santiago mantuvo su habitual postura de tipo políticamente correcto y, cuando escuchaba que el monólogo se transformaba en perorata, en pos de no generar un conflicto por el desacuerdo con las opiniones del Doctor, primero se mantenía en silencio y se perdía a través de la ventana con los vehículos que circulaban por la calle.

Otras veces aprovechaba para ir hasta el baño, acercarse a la barra para ver qué se podía picar con el vermú y, si no, se asomaba por la puerta que conectaba el bar con el gimnasio para ver si arrancaba algún partido de los pibes.

Luego volvía a la mesa cuando la disertación había concluido.

Pero un sábado puntual, en el que el Doctor, no conforme con dar sus puntos de vista sobre temas no solicitados, tomó una silla y se agregó a la mesa.

En ese momento, a Santiago le agarraron unas ganas incontenibles de escapar, como lo hacía habitualmente… pero no pudo.

El Doctor Arce, que no era de los que perdían detalle, había detectado que el muchacho era el único de la mesa que, cuando se quedaba sentado, ni asentía ni apoyaba sus dichos. Pero, además, lo que más le molestaba era que uno de los participantes tomara distancia del lugar y no fuera parte de su audiencia.

Entonces, ante el intento de pararse de Santiago, le apoyó su mano en el hombro y le dijo:

—Flaquito, quedate. Que esto que les voy a contar es muy interesante.

Santiago le palmeó sutilmente la mano al Doctor y se la corrió mientras se iba levantando de su silla. Con una gran sonrisa en su boca y mirándolo a los ojos, le dijo:

—¡Carmelo! El día que tus comentarios me generen algún interés… quedate tranquilo que los voy a llevar al banco y ponerlos en un plazo fijo.

Luego, ante la mirada del grupo, Santiago fue caminando con suficiencia hasta la puerta que daba al gimnasio, ya que el silbato del arbitro llamaba al inicio de partido.

Escrito por: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)

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