“SIN RESPUESTA”

Leonardo no había podido pegar un ojo en toda la noche. La duda, la falta de respuesta, no se lo habían permitido.

A punto de poner la pava al fuego para tomar unos mates en soledad, decidió que no le haría bien seguir encerrado en su casa esperando. Tomó los cigarrillos, la billetera y las llaves del auto.

Manejó los diez minutos que lo separaban del centro de la ciudad. Tardó casi lo mismo en encontrar un lugar para estacionar, pero se dijo que valía la pena.

Sabía que, a esa hora de la mañana, su amigo solía estar en el bar de la calle principal.

Seguramente él tendría la respuesta o el consejo que pudiera aliviar tanta angustia.

Aunque, por otra parte, tener que contarle lo que estaba viviendo, sabiendo que era un hombre de pocas palabras cuando se trataba de su vida personal, le sería todo un desafío.

Una vez que estacionó, le escribió un mensaje a su amigo para saber si ya estaba en el bar o si todavía estaba por llegar. La respuesta no se hizo esperar:

—¿Qué hacés, Leo? Acabo de llegar, te espero.

En pocos minutos ingresó al bar. No necesitó buscarlo: desde una de las mesas junto a la ventana, Pablo le levantó la mano invitándolo a acercarse.

Leo intentó una sonrisa, pero su rostro cansado y el ceño fruncido no se lo permitieron.

Su amigo entendió inmediatamente que no se trataba de uno de esos encuentros habituales, de charla distendida, algún proyecto al que había que darle una vuelta o simplemente pensar cómo comunicarlo.

Pablo se paró y abrazó a Leo como siempre. Apartó una silla para que se acomodara e inmediatamente llamó a la moza.

—¿Desayunaste?

Leo negó con la cabeza.

—Por favor, ¿nos traés dos cafés con leche con medialunas?

—¿Grasa o manteca?

Leo levantó los hombros.

—Manteca, entonces.

El pedido llegó a los pocos minutos, pero la charla todavía no había comenzado. Solo algunas palabras de dos amigos que se conocían mucho, pero que últimamente se habían visto poco.

Pablo intuyó la situación, pero prefirió esperar a que su amigo se abriera. Después de todo, para dos tipos de cuarenta años, la vida privada se escucha, pero no se pregunta.

Comenzaron a desayunar. Pablo, que era un gran observador, vio que Leo miraba una y otra vez el teléfono.

La charla continuó con cosas comunes. Más que una charla, era un monólogo que Pablo sostenía mientras esperaba que Leo se animara a contar qué era lo que lo tenía tan apagado.

Los intervalos entre mirar y dejar el teléfono se hacían cada vez más cortos.

No solo revisaba sus mensajes. También miraba las redes sociales.

De pronto dejó el teléfono y corrió la vajilla a un costado. Apoyó el codo derecho sobre la mesa, descansó la cara sobre la mano y respiró profundo.

—Mariana se fue de casa hace dos días. Yo lo acepté, pero no sirvo para estar solo.

—Encima, no pude pegar un ojo en toda la noche y la cabeza no me para, pensando qué hice mal.

Terminó de decirlo y bajó la mirada hacia la mesa. Parecía que la cabeza le pesaba una tonelada.

Luego volvió a levantar la vista.

—La llamé por teléfono, le escribí mensajes de texto y por las redes. Le dije que necesitaba que lo habláramos… Por ahí, charlando, encontramos una posibilidad de retomar… Pero no me respondió.

Pablo escuchaba atenta y respetuosamente a su amigo. No quería preguntar por la interna de la pareja. No era necesario. No era su forma.

Pero conocía a Leo y, por lo que acababa de escuchar, pensó que le pesaba más la soledad que reconstruir la pareja. Solo dijo:

—Qué macana, Leo. Después de tantos años.

—Sí. ¿Y vos qué pensás? ¿La sigo llamando? ¿Tendríamos que hablar?

—Mirá, Leo. Vos la llamaste, le escribiste y nunca te contestó…

—Sí.

—Con todo el dolor del alma te tengo que decir que el que no te haya atendido el teléfono o respondido a tus mensajes… es una respuesta en sí misma.

La mesa quedó en silencio. No hicieron falta palabras ni aclaraciones. Los dos hombres se miraron a los ojos y Leo agradeció la franqueza de su amigo.

Cuando llegó la noche y la soledad fue su única compañía, entendió que tendría que aprender a convivir con ella. Sabía que, si no lo hacía, la angustia volvería a quitarle el sueño y al día siguiente tendría que enfrentarse otra vez a sí mismo.

Pero si encontraba la fortaleza para asumir su nueva realidad, quizás ese momento a solas, cuando el día volviera a presentarse, le permitiría enfrentarlo de la mejor manera. Tal vez allí encontraría la respuesta que estaba buscando.

Escrito por: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)

Ilustrado por: NEGRO GODOY (@negrogodoy)

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