«CON EL CORAZÓN HECHO PELOTA». (Cap 2: DESAMOR A PRIMERA VISTA)

Gustavo, cuando hablaban de jugar a la pelota o del resultado de los partidos, era el único de la oficina que no participaba de la charla. Y eso llamaba la atención, más que nada cuando hablamos de fines de los años 80, cuando Argentina venía de ganar dos campeonatos mundiales de los tres que había disputado.

Es más, normalmente participaba en un montón de conversaciones: autos, motos, música, hasta de política.

Pero ni bien empezaban a hablar de fútbol o de jugar a la pelota, hacía silencio o se escapaba un rato a visitar la planta.

Al ver a Pablo, el más chico del equipo, tan entusiasmado con ir a jugar a la pelota o hablando de los resultados de los partidos de Primera División, y con la confianza que le dieron los años de compañeros, una mañana de mates, a solas y temprano, antes de que llegara el grupo que entraba a las ocho, se tomó un rato para contarle a su joven colega por qué no participaba en las charlas de fútbol.

—Mi relación con jugar a la pelota murió antes de comenzar.

Luego continuó con una pregunta, ante la mirada atenta de su compañero:

—¿Cómo te gusta tanto el fútbol, Pablito?

—Es que fue el único juguete que se podía permitir comprarme mi viejo cuando era chico. Y como a él le encantaba, fue una forma de conexión que tuvimos entre nosotros y, además, me permitió hacer amigos en la cuadra.

—Ajá —respondió Gustavo—. Ahí tenés.

Y continuó relatando:

—Yo soy hijo único. No sé si te había contado alguna vez. De padres grandes, criado en un departamento en el centro, con lo cual era imposible que la pelota fuera parte de ese escenario.

Además, a mi viejo le gustaba la caza y la pesca, pero el fútbol no le llamó jamás la atención. Es más, nunca mencionaba el tema.

—Claro —respondió Pablo—. Pero ¿no tuviste la posibilidad de ir a ningún club?

—No. Las salidas con mi viejo, con suerte, llegaban hasta la costa del río, con un mojarrero, a pescar alguna que otra tarde.

Pero, en realidad, tuve dos experiencias que me marcaron y que fueron un verdadero desamor a primera vista.

Y dijo eso con una gran sonrisa debajo de unos lentes de vidrios muy gruesos.

La primera fue en el campo deportivo que alquilaba la escuela primaria a la que yo iba. Estamos hablando de principios de los 70.

El profe de gimnasia, antes de separar a los dos equipos, me llamó aparte y me dijo que, si yo quería jugar, me debía sacar los anteojos. Más por miedo a que se rompieran que a que me lastimara.

Imaginate, Pablito, que con mi miopía, si con los lentes de casualidad podía ver algo, se me hacía realmente difícil ver sin ellos. Era una misión imposible.

Yo solo veía manchas que corrían alrededor mío.

A la pelota solamente la escuchaba cuando alguno la pateaba o cuando pasaba silbando cerca mío.

Uno de los chicos, tratando de integrarme, me dijo:

—Quedate parado cerca de nuestro arco y, pelota que venga, pateala para adelante. Después nosotros nos hacemos cargo.

—Bien.

Le hice caso, pero no tocaba una.

Todo alrededor mío era borroso.

Hasta que se me apagó la tele.

—¿Cómo que se te apagó la tele? —preguntó Pablito.

—Había un chico morrudo, muy fuerte, de apellido Balbi, que aparentemente la movía y, cuando le cayó una pelota de aire, la agarró con tanta fuerza, con tanta violencia, para mandarla dentro del arco…

…y nunca la vi.

Pero la sentí cuando la pelota estalló en mi frente.

Me desperté cuando me estaban llevando al auto del profe, mientras mis compañeros me reprochaban porque se había suspendido el partido por mi culpa.

La segunda experiencia fue al año siguiente.

Ya había ingresado a primer año de la secundaria y la clase de gimnasia era fuera del horario escolar.

Entonces me fui en bici hasta el club que está al lado de la estación de trenes y que la escuela usaba para Deportes.

Este profe también eligió fútbol, que era lo más fácil: una pelota y un montón de chicos corriendo atrás de ella. Y él tenía una hora prácticamente libre.

Pero esta vez, un compañero me cuidó un poco. Sabiendo de mi inexperiencia con el fútbol, me dijo:

—Vos parate cerca del arco de ellos. Cuando te pase la pelota por delante, pateala apuntando bien al arco.

Y hasta ahí fue todo genial.

Dejé los anteojos en el bolsito que estaba en mi bici y me paré donde me dijo este chico.

Pasaban los minutos y los minutos y yo no tocaba una pelota.

Al rato largo me dieron ganas de ir al baño.

Le avisé al profe y, cuando volví, me paré nuevamente al lado del arco.

No corría ningún riesgo. Ningún pelotazo.

No habría pasado ni un minuto cuando sucedió lo impensado.

Me llegó una pelota mansita, al lado de mi pie derecho.

Ahí, sin pensarlo, cuando la tuve a mi alcance, le pegué un puntinazo con todas mis fuerzas.

Con las fuerzas de un chico chiquitito, como era yo, con apenas doce años.

Y la pelota entró suavecito al arco, a pesar de que el arquero intentó vanamente alcanzarla.

Me di vuelta y levanté los brazos instintivamente, esperando el abrazo de mis compañeros, a los que no distinguía visualmente.

Pero esa vez mis oídos, tan agudos por la falta de visión, me ayudaron.

Escuché los gritos de los chicos que corrían para mi lado:

—¡Pelotudo! ¡Hiciste un gol en contra! ¡Te vamos a agarrar!

—¿Y zafaste? —preguntó Pablo.

—¿Sabés qué? Corrí con todas mis fuerzas y mis ganas hasta la bicicleta. Me subí y empecé a pedalear antes de que me alcanzaran.

Pero todavía recuerdo sus gritos que decían:

—¿Cómo no te diste cuenta de que cambiamos de arco para el segundo tiempo, salame?

Escrito por: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)

Ilustrado por: NEGRO GODOY

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