«PASANDO FACTURAS»

De la saga: «UN CAFÉ x UNA HISTORIA»

Silvio, ante el pedido pagará su café con una anécdota personal, con la que nos llevará a un momento complejo en la vida de los argentinos: el año 2002.

Más allá de que lo peor —entre corralito, helicóptero y cinco presidentes en una semana— había ocurrido a fines de 2001, el año siguiente arrancó con un par de catástrofes climáticas y una cosecha destruida.

El bienestar económico todavía se sentía muy lejano.

Pero para los futboleros, y no tanto, una luz de esperanza era el Mundial de Fútbol que, por primera vez, se instalaba en Asia y con dos sedes: Corea y Japón.

Nuestra selección llegaba con un equipo con mucho rodaje y, a pesar de no haber cosechado títulos durante las eliminatorias, había tenido un nivel espectacular, dejando en segundo puesto a un Brasil lleno de figuras.

Era el momento adecuado para festejar.

Para dejar atrás tanta crisis y tanto dolor social.

Porque el fútbol nos atraviesa a todos: grandes y chicos, mujeres y hombres, ricos y pobres.

Era una ocasión para reunirse.

Era una ocasión para disfrutar.

Pero no nos vamos a dejar llevar por los resultados deportivos.

(Spoiler alert: fue una de las peores actuaciones de Argentina en todas sus participaciones mundialistas, desde 1930 hasta ese momento.

Nos vamos a sumergir en la memoria de en un joven Silvio, de apenas 22 años, y su grupo de amigos, junto con uno de sus hermanos, que se reunían a ver uno de los partidos en la casa de un amigo que tenía una tele grande.

Como los partidos se jugaban a la madrugada de nuestro país, por la diferencia horaria con Oriente, decidieron que era muy tarde para cenar y quedarse esperando el partido.

Aunque era demasiado temprano para desayunar, se reunirían una hora antes.

Ahí pondrían un poco de dinero cada uno e irían hasta una cuadra que producía para varias panaderías, ya que estos comercios estaban cerrados a esa hora.

Y comprarían unas facturas, recién salidas del horno.

Así podrían comer algo rico, tomando mates mientras miraban el partido.

Cada uno puso lo que podía y, como nadie se ofrecía para ir. Silvio se hizo cargo. Aunque no sabía bien dónde quedaba el lugar.

Y, además, no eran épocas de celulares ni de GPS.

Siguiendo las indicaciones, Silvio llegó hasta una calle y, atraído por el aroma a panificados, se acercó a un portón que no tenía ni carteles ni indicaciones.

Pero el olor le hacía pensar que ese era el lugar.

Entonces golpeó varias veces el portón.

Se escuchó una voz del otro lado.

Sin abrir:

—¿Sí? ¿Qué busca?

—Facturas —dijo Silvio.

—¿Surtidas? —preguntaron del otro lado.

Silvio, casi sin pensarlo, dijo:

—Sí.

Y pasó los billetes que había juntado por debajo del portón.

Pasaban los minutos y Silvio estaba solo en la calle.

Le comenzó a llamar la atención no solo que el pedido no llegara, sino que no hubiese otros clientes esperando para llevarse sus facturas.

Miró la hora.

Faltaba poco para que comenzara el partido.

Entonces golpeó con fuerza el portón varias veces.

Pero nadie apareció.

Volvió donde estaban sus amigos, con la derrota a cuestas.

El partido todavía no había comenzado, pero sus amigos y su hermano ya habían empezado a pasarle factura.

—Qué ricas hubieran estado unas facturas para acompañar estos mates, ¿no, Silvio?

Y la frase se repitió.

Una y otra vez.

—Qué lástima las facturas, Silvio…

—Con lo ricas que hubieran estado con estos mates…

—¿Y las facturas?

Silvio escuchaba y trataba de hacerse el distraído.

Pero sus amigos no perdonaban.

Mientras el partido avanzaba, las facturas seguían presentes en cada comentario, en cada cargada, en cada mate

Tiempo después, Silvio entendió que aquella madrugada no solo había perdido plata y un partido de fútbol.

También había perdido amigos.

(Este cuento de café, esta basado en la anécdota compartida en mi programa «BAR DE FONDO», por el escritor: Silvio Renzetti)

Escrito por: Diego Paolinelli (@dpaolinelli)

Ilustrado por: NEGRO GODOY

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