“EL QUE SE ENOJA PIERDE”

(de la saga: UN CAFÉ x UNA HISTORIA»

Ante el pedido de Diego de una anécdota para pagar su café, Mauro lo pensó un rato y creyó haber encontrado la historia que lo marcó cuando era un adolescente que recién había terminado la escuela secundaria y estaba en busca de hacer unos pesos.

Más que para colaborar en su casa, quería sostener, sin pedirles plata a sus viejos, las salidas a los bares y a los boliches con sus amigos.

Ese trabajo, o changa, consistía en atender un maxikiosco en la calle Rivadavia, la que dividía en dos a la ciudad, a escasas cuadras del Palacio Municipal, a fines de la década del 90.

Cierta noche, cuando pasaban las 22, el kiosco cerraba sus puertas y atendía por una pequeña ventana. En ese momento apareció un hombre bien vestido, de unos 40 años, que pidió un paquete de cigarrillos Marlboro y dos botellas chicas de gaseosa.

Mauro puso sobre la ventana el pedido y anunció el precio:

—Son cinco pesos, jefe.

El hombre buscó en su billetera y sacó un billete de 100.

Mauro dudó de la procedencia del billete, pero lo miró y se le disiparon las dudas.

Aunque entregar todo ese cambio a esa hora de la noche le complicaba la caja, no se permitió perder una venta.

Tomó el billete y sacó de la caja, para dar el vuelto, un billete de 50, uno de 20, dos de 10 y uno de cinco pesos.

Lo entregó junto con el pedido y el ticket.

El hombre tomó el pedido y rápidamente introdujo el cambio en el bolsillo de su saco.

Se quedó un instante mirando el ticket.

No dijo nada.

Volvió a mirarlo.

Y, a los pocos segundos, tomó la pequeña reja de la ventana con sus manos y comenzó a gritarle:

—¡Flaco, sos un chorro! ¿Cuánto me cobraste?

Y repitió la frase, enardecido, un par de veces más.

—¿Perdón? —dijo Mauro, entre confundido y shockeado.

—Sí, flaco. ¿Cuánto me cobraste las cocas?

—Uno setenta y cinco cada una. Son tres con cincuenta, más uno cincuenta de los cigarrillos. Cinco pesos.

—¡Pero sos un chorro! Acá a la vuelta me las cobran a uno veinticinco cada una. ¡Sos un chorro! —repetía el tipo.

Mauro trataba de mantener la calma y estaba convencido de que el precio era correcto.

Además, conocía a los chicos del otro kiosco y sabía que compraban esos mismos productos al mismo proveedor, así que no había posibilidad de error.

—Salen eso —dijo Mauro—. Y los pibes de acá a la vuelta cobran lo mismo.

Hasta ahí, sin perder la calma, aunque levantando un poco el tono.

Pero la insistencia, casi fuera de sí, del cliente lo empezó a poner mal.

—¡Te digo que sos un chorro! ¡A mí no me vas a robar!

Mauro respiró hondo.

Ya no estaba dispuesto a seguirle la discusión.

—Bueno, bueno, ¿sabe qué? Devuélvame las cosas y el vuelto, y vaya a comprar acá a la vuelta.

—Dale, porque a mí no me gusta que me roben la plata —dijo el cliente.

Puso los productos de vuelta en la ventanilla, sacó del bolsillo los billetes, hechos un bollo apretado, y se los lanzó contra el costado de Mauro. Los billetes cayeron al piso.

Mauro sacó el billete de 100 de la caja y se lo entregó al cliente, que seguía gritándole cosas irreproducibles.

Mauro cerró la ventana.

Se agachó para recoger los billetes del suelo.

Los fue estirando sobre el mostrador.

Primero apareció uno de cinco.

Después, dos de diez.

Y uno de veinte.

Mauro volvió a mirar.

Contó otra vez.

Cinco.

Diez.

Diez.

Veinte.

Faltaba uno.

El de cincuenta.

Observó el piso para ver si se le había caído.

Miró debajo del mostrador.

Nada.

Volvió a mirar los billetes.

No había dudas.

El de cincuenta había desaparecido.

Entonces entendió.

Había sido víctima de un timo.

Mauro se apresuró a abrir la puerta lateral que daba a la calle.

Pero cuando salió a la vereda, no había nadie.

Fue corriendo hasta la esquina para ver hacia el otro kiosco.

Nada.

Se había esfumado como un fantasma.

Muchos años después, amante de la lectura, Mauro se encontró con el libro El arte de la guerra y, en un capítulo, el gran general Sun Tzu decía:

—Si lográs hacer enojar a tu enemigo, seguramente ganarás la batalla.

Entonces recordó aquella noche.

Diego, que lo escuchó atentamente, replicó con una frase que le decía a su padre:

—El que se enoja, pierde.

Escrito por Diego Paolinelli (basado en le la anécdota de Mauro Scavuzzo en el programa: BAR DE FONDO)

Ilustrado por: NEGRO GODOY

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