Lo que comenzó como un encuentro habitual de un grupo de amigos en el bar, terminó con un comentario que los llevó a hablar de mitos locales.
Sabrina comenzó a relatar:
—A mediados de los años ochenta, cuando todavía era muy chiquita, pasaba las vacaciones de verano en la casa de mis abuelos, en un pueblo del interior de Entre Ríos. Allí, las casas con patios verdes estaban separadas por alambrados o pequeños cercos de plantas.
La calle donde estaba la casa era una de las pocas asfaltadas, a pesar de estar lejos del centro. Las calles transversales y paralelas todavía eran de tierra, por la cercanía de los campos productivos.
La casa era pequeña y estaba ubicada al fondo del terreno. Adelante había un jardín, una pequeña huerta, un pasillo lateral para ingresar el auto y, casi sobre la vereda, el gallinero.
Me encantaba ir todos los días a darles de comer a las gallinas.
Una noche, durante la cena, mis abuelos me dijeron que podía quedarme tranquila, porque se habían encargado de que el lobizón no volviera a llevarse más gallinas.
Sabrina hizo una pausa. Todos esperaban que continuara con su relato. Entonces siguió diciendo:
—Me sorprendió el nombre que le habían puesto al ladrón de gallinas. Debo haber puesto una cara de desconcierto, porque, antes de que pudiera preguntar quién era ese tal Lobizón, mi abuelo me dijo:
—A vos, que te gusta tanto leer cuentos de miedo, seguro conocés a Drácula, Frankenstein… Bueno, ¿conocés también al hombre lobo? Ese que se transforma cuando hay luna llena.
Solo atiné a decir que sí con la cabeza, y mi abuelo retomó el relato:
—Acá en el campo, según cuenta la leyenda, el séptimo hijo varón de una familia sufrirá una maldición: cuando sea adulto, en las noches de luna llena, se convertirá en lobo… o, como te dije antes, en lobizón.
—¿Y qué pasó, abu? —pregunté.
Mi abuelo se acomodó en su silla y, con la aprobación de mi abuela, comenzó a contar:
—Hace unos años, habían empezado a desaparecer las gallinas de nuestro gallinero. Encontrábamos plumas desperdigadas por el piso y hasta la vereda, pero nunca vimos rastros que nos permitieran descubrir al responsable. Entonces, con tu abuela, decidimos hacer guardia.
Después de varias noches de espera, una madrugada de luna llena, escuchamos un ruido extraño en el patio. Vimos una figura oscura y peluda que se desplazaba en cuatro patas y se acercaba al gallinero. Era demasiado grande para ser un perro.
Yo quise salir, pero la abuela me frenó. Hicimos ruido y la criatura desapareció en la oscuridad.
Mi abuelo hizo una pausa y mi abuela continuó:
—En ese momento, me acordé de que el viejo Urquiza, antiguo capataz de estancia, había tenido siete hijos, todos varones. Entre la gente del pueblo se decía que le había tocado la maldición. Encima, el muchacho era bastante desprolijo, tanto por el cabello como por la barba.
-Convencidos de que aquella sospecha tenía sentido, mis abuelos decidieron vigilar nuevamente el gallinero.
Mi abuelo retomó el relato:
—Pasaron dos noches sin novedades.
En la tercera, volvimos a escuchar ruidos en el patio. Agarré el palo de amasar y salí al encuentro de la criatura, que avanzaba hacia las gallinas.
Me moví rápido y la tomé por sorpresa con un golpe en el costado derecho. Cuando intentó escapar hacia el alambrado, volví a golpearla en una de las patas traseras.
La bestia lanzó un gruñido, se incorporó sobre dos patas, saltó el alambrado y desapareció en la noche.
Los amigos, que habían escuchado atentamente el relato, preguntaron casi a coro:
—¿Y qué pasó?
—A la mañana siguiente, mis abuelos fueron a buscar al hijo de Urquiza. Pero, para su sorpresa, lo encontraron perfectamente afeitado, caminando con absoluta normalidad y de la mano de una muchacha.
Se miraron. No podía ser él.
—¿Y el lobizón? —preguntó uno de los amigos de Sabrina.
—Esa misma pregunta les hice yo. Mi abuelo me contó que, cuando volvían a casa, todavía estaban desconcertados.
Pero, a las pocas cuadras, vimos salir del bar del pueblo a Fermín, un hombre conocido por sus borracheras y por los trabajos que perdía con más frecuencia de la que conseguía.
Llevaba puesto un grueso gamulán de pelo negro, a pesar de que no hacía demasiado frío. Caminaba rengueando y se tomaba uno de los costados del cuerpo.
Nos quedamos mirándolo.
No dijimos nada.
Pero, al vernos, agachó la cabeza y siguió su camino. Eso sí, no volvió a faltar una sola gallina más de nuestro gallinero.
Escrito por: DIEGO PAOLINELLI
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