QUIEN DEFINE LA PELEA??

La noticia se empezó a esparcir como reguero de pólvora por el pueblo, Don Chicho estaba muy enfermo y las cosas comenzaban a cambiar en la “Familia” y sus negocios, cuando la década del 50 recién iniciaba.

Lucciano Genovese o Don Chicho, como así le llamaban todos respetuosamente, había llegado a la Argentina poco tiempo después que finalizara la Gran Guerra (como así se denominó a la Primera Guerra mundial). Parte de su Clan originalmente de Calabria se irían a probar suerte a Estados Unidos, mas precisamente a Nueva York, pero Don Chicho, a expensas de unos paisanos suyos, tomó a su familia y desembarcó en el Puerto de Buenos Aires, para luego mudarse a una Ciudad de la Provincia con gran producción agropecuaria y frigoríficos a la vera del río Paraná de las Palmas que bañaba sus costas y separaba de la zona insular, que generaba un límite con la Provincia de Entre Ríos. Inicialmente se afincó en las zonas de quintas, entre el cementerio y la Ruta 9, donde comenzaron con la producción de verduras y frutas, también chacinados de su propia crianza de cerdos. Pero la familia Genovese traía consigo otras tradiciones “non santas” de su terruño. Eran gente de armas tomar y como buenos descendientes de Romanos, avanzaban sobre lo que les interesaba tomar para sí.

En las tres décadas sucesivas, la Familia Genovese había tomado el control de los negocios mas importantes. Desde el ganadero y los frigoríficos, pasando por el contrabando que se agilizó con la balsa (Ferry boat) que unía las dos provincias y el juego clandestino, que corría dentro de los bares y fondas que manejaban, mas las mesas de punto y banca, en la sala exclusiva en la parte posterior del Bar-café: EL ARGENTINO, que visitaba la elite acomodada del lugar y funcionaba en una esquina elegante del centro de la ciudad. Con sus vidrieras amplias, decoración europea, una barra en maderas finamente trabajadas, bronces pulidos a espejo e iluminados por una araña magnifica, a escasas cuadras de la plaza principal.

El pueblo resultaba estratégico, ya que estaba a la mitad de camino entre la Capital y Rosario (la Chicago Argentina), donde la Familia Galiffi dirigía la vida criminal de la ciudad, paisanos de Don Chicho, con el cual se mantenían al tanto de nuevos “negocios” en los que participar.

Con el poder que le daba el dinero y sus vínculos sociales a través de participar activamente, con contribuciones sustanciosas para la Ciudad. Ya sea con su presencia en eventos de caridad generado por las Damas de las familias adineradas, el apoyo al Intendente de turno, el contacto con la fuerza policial y sus “aportes” al comisario y su gente y por supuesto, su participación domingo a domingo de la misa en la Catedral. Todos lo tomaban como un ciudadano ejemplar, pero también alguien de temer, ya que de una manera u otra, todos le debían “favores”.

La pregunta general en las calles era, que pasaría ahora, que el Don estaba enfermo y el pronóstico hacia pensar que el desenlace sería pronto. ¿Quien dirigiría el Negocio?.

La “Familia” había crecido en los años anteriores, cuando los hermanos menores de Lucciano Genovese, Carlo y Giorgio fueron contrayendo matrimonio y los hijos de estos comenzaron a participar en los negocios. Ya que los hijos de Don Chicho, a pedido de la esposa de este, fueron a estudiar a Buenos Aires y emprendieron una carrera fuera de esta vida y solo venían al pueblo para una Fiesta o Aniversario.

Con el tiempo, los sobrinos de Don Genovese, Antonio y Giovani, hijos mayores de cada uno de sus hermanos, fueron haciéndose cargo de los distintos grupos de trabajo, por así decirles. Crecieron tanto en su poder y confianza con el Don, cada uno en su área especifica, pero ante esta situación se jugaban saber quien recibiría el aval del Capo para ser su sucesor, ambos eran jóvenes codiciosos y los embriagaba la posibilidad de tomar el mando de la operación.

Una mañana de domingo, luego de la misa, cuando Don Chicho les hizo saber a sus sobrinos que los esperaba por la tarde en la sala exclusiva que tenía en la parte posterior de EL ARGENTINO, y solo utilizaba como oficina cuando tenía que resolver algo importante, Antonio y Giovani, se miraron de forma desafiante, intimamente se creían capaces de manejar el negocio de LA FAMILIA. Y cada uno se fue por su lado.

Ese domingo por la tarde, los mozos de EL ARGENTINO, estaban ultimando detalles para recibir a sus clientes. José Manuel Garcia y su hijo José Luis, quien estaba aprendiendo el oficio de su padre, vestidos con camisas impecablemente blancas y almidonadas al cuello ambos de moño negro, pantalones al tono, zapatos cómodos y bien lustrados, mientras barrían prolijamente la vereda y el acceso al local, luego de haber chequeado y preparado cada una de las mesas, vieron con asombro como una columna de hombres, venían caminando por la calle que se dirigía de norte a sur desde la plaza principal y llevaba el nombre del aniversario de la Ciudad “19 de Marzo”. Pronto repararon en otra columna de hombres subía por la calle Independencia, desde la barranca que da al río, también en dirección al bar. Cuando llegaron hasta la boca calle de intersección, ambas columnas se detuvieron, cada una ocupaba casi media cuadra tomando incluso las veredas. Los hombres que la encabezaban eran todos de postura amenazante. Una de las columnas que venía desde la plaza, eran los “empleados” de Giovani. Manejaban el juego clandestino, bares y burdeles. La columna que ascendía desde el bajo, respondía a Antonio. Ellos, tenían el negocio de la carne, tanto la que salia del frigorífico, como la que provenía del cuatrerismo, a su vez controlaban el contrabando que llegaba por el río, en el puerto de la la balsa.

José Manuel, le hizo señas a su hijo y ambos entraron presurosos al bar, no era seguro quedarse en la calle. Semejante demostración de poder, que ante el menor chispazo podría desencadenar una explosión de violencia descontrolada. Padre e hijo, seguían las novedades, pero ahora desde una de las vidrieras del Bar.

El escaso tránsito vehicular de la época se vio desviado por la muchedumbre. Solo abrieron el paso cuando el RAMBLER negro de Don Chicho asomó la trompa y todos inclinaron la cabeza o se sacaron el sombrero en señal de respeto. El auto que venía por la calle 19 de Marzo, pasó la boca calle y se estacionó frente el Teatro Coliseo. El viejo capo, se bajó del vehículo con la ayuda de su chófer (guardaespaldas), la enfermedad estaba haciendo mella en su robusta humanidad. Ingresó al bar saludando uno a uno a los empleados y apoyado en su asistente, subió las escaleras para esperar a sus sobrinos.

Minutos mas tarde, casi en concordancia de tiempo, llegaron atravesando cada una de las columnas de sus alineados. Ambos hombres conducían su propio auto, dos coupes Chevrolet 48 de color negro.

Se bajaron, cada uno saludando a su gente en general. Antonio, que había estacionado en Independencia, sobre la entrada del almacén de ramos generales de Torchiana, acercandose a su persona de confianza, le dijo algo al oído, se quitó su saco y se lo entrego. Luego caminó hasta el centro de la intersección de calles.

Giovani, que venía por 19 de Marzo, solo le hizo un gesto a su mas fiel seguidor, también se quitó su chaqueta de cuero se la dio en mano y lentamente se dirigió hasta el encuentro con su primo.

Desde dentro de EL ARGENTINO, José Manuel le dijo a José Luis: “Me parece que estos dos, no van a esperar la decisión de Don Chicho”. “¿Le parece Padre?, respondió entre dientes el joven. “Si Joselito, fijate como se miran”. El chico se tomó un segundo y preguntó: “¿Y usted cual cree que va a ganar?”. Mientras su padre buscaba una respuesta, ambos veían que los primos comenzaban a hablar de forma vehemente. “Mira hijo, Giovani es mas robusto, hábil con el cuchillo…por lo que oí decir”. “Si señor, pero esto por lo que se ve, será a mano limpia y Antonio es delgado pero fuerte. Además yo le he visto salir del Club Social, donde practica boxeo”.

Mientras Padre e hijo, seguían haciendo conjeturas, los dos candidatos a suceder a Don Genovese

, ya se habían arremangado sus camisas y giraban en círculos, ante la mirada fija en las acciones de los hombres de cada uno….pero luego de unos segundos interminables y cuando ninguno tomaba la iniciativa en la lucha, ambos se detuvieron en el lugar y elevaron su vista al cielo. Los mozos salieron a la vereda y buscaron con la vista, lo que ambos contendientes buscaban. De repente José Manuel, viendo que nadie sabia como seguir, con su mirada puesta en la altura preguntó: “¿¿Y señor??, ¿qué pasa ahora?”

Desde la altura que separaba su vista, con la escena que se desarrollaba sobre la hoja del cuaderno, el ESCRITOR, con su lápiz en la mano derecha y mientras con su mano izquierda sostenía su cabeza, tratando de resolver el dilema respondió: “Paciencia José, todavía no me decido por Antonio o por Giovani”.

FIN.

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