“LADIES”

Eugenia ingresó al restaurante sobre la Avenida del Libertador en Vicente López, minutos antes de las 9pm.

La puntualidad no era una de sus virtudes.
Pero aquella noche necesitaba llegar antes. Reconocer el terreno. Respirar. O escapar.

Apenas cruzó el salón sintió el temblor en el estómago y cambió el rumbo hacia el baño de mujeres.

Era una mujer soltera que apenas superaba los cincuenta años. Había vivido gran parte de su vida en Europa, siguiendo su pasión por la pintura y, hacía apenas un año —más precisamente el 2 de enero de 2009— había vuelto a la Argentina para cerrar una etapa de su carrera y recuperar una parte de su pasado que le habían arrancado.

Apuró la marcha y abrió de un empujón la puerta vaivén de madera, sobre la que lucía una imagen de Marilyn Monroe y, debajo, la palabra: “Ladies”.

La sorprendió el tamaño del espacio.
El piso y las paredes revestidos en mosaicos negros. El techo, de un rojo sangre intenso. Un largo mármol oscuro sostenía varias bachas blancas y, sobre esa pared, un espejo recorría el ambiente de punta a punta. En el centro había un pequeño sillón de cuero rojo apagado, como pensado para alguna dama que necesitara acomodarse el vestido o ajustar un taco. Frente a él, cuatro cubículos prolijos con puertas también rojas.

Dudó un instante sobre cuál elegir.

Entonces se giró y quedó frente al espejo.

Se miró a los ojos y se preguntó en silencio:

—¿Estás segura?

Días atrás había intercambiado varios correos con un joven que le proponía aquel encuentro.
Y ella había aceptado casi sin pensarlo.

De pronto, el ruido de la puerta de entrada la sobresaltó. Sin más, ingresó al primer cubículo libre y cerró la puerta sigilosamente.

El rebote de unos tacos finos sobre los mosaicos detuvo su respiración.

Luego escuchó abrirse la puerta del cubículo contiguo.
Después, el sonido metálico del pestillo trabándose desde adentro.

Durante unos segundos reinó el silencio.

Hasta que un pequeño sollozo comenzó a escucharse desde el otro lado.

El llanto fue creciendo lentamente, hasta convertirse en un grito ahogado por la propia mano de quien lloraba.

Eugenia no pudo contener la empatía.

—¿Estás bien? —preguntó con timidez.

Del otro lado, el llanto se cortó de golpe.
El silencio volvió a invadir el baño.

—Perdón… no quise ser metida. Solo… me salió preguntarte.

Pasaron unos segundos.

Entonces la otra mujer respondió, con la voz quebrada:

—Sí… estoy bien.

A Eugenia le pareció una voz demasiado joven.

Salió de su cubículo —después de todo solo había entrado por miedo a que alguien la viera hablándose sola frente al espejo— y dijo suavemente:

—Me alegro. ¿Necesitás algo? ¿Que llame a alguien? ¿O simplemente que te cuide la puerta para que puedas descargarte tranquila?

La joven volvió a llorar unos segundos.

Entonces Eugenia sacó un paquete de pañuelos de su cartera y lo deslizó por debajo de la puerta.

—Gracias… —respondió la chica.

Y después agregó:

—Tal vez… un oído me vendría bien en este momento.

—Te escucho —dijo Eugenia, descubriendo que a ella también le hacía falta hablar un poco para ordenar su propia cabeza.

Hubo un silencio breve.

Hasta que la joven soltó:

—Estoy embarazada.

Eugenia se tomó un segundo antes de responder.

—Felicitaciones… entonces llorás de emoción.

La joven sorbió la nariz y dejó escapar una pequeña risa nerviosa.

—Emoción… felicidad… miedo… angustia… y muchas cosas más.

—Bueno… tantas cosas juntas confirman bastante el diagnóstico —intentó bromear Eugenia, buscando aflojar la tensión.

Después preguntó:

—¿Lo estaban buscando?

La joven tardó en responder.

—¿Buscando?… buscando, lo que se dice buscando… no.
Pero hace cinco años que estamos juntos y hace dos que vivimos bajo el mismo techo. Cada uno muy metido en su carrera, viajando, haciendo planes…

Hizo una pausa.

—Y encima Lucho me pidió que nos encontráramos acá esta noche porque tenía una sorpresa para darme. Nosotros no somos de venir a lugares tan chetos. ¿Y si me dice que consiguió el trabajo que quería? ¿O un traslado a otra provincia?… y yo… embarazada…

De pronto se escucharon unos golpes suaves sobre la puerta del cubículo.

Era Eugenia.

—¿Podes abrir?

El pestillo se destrabó lentamente.

La joven seguía sentada sobre la tapa del inodoro.

Eugenia le tendió la mano para ayudarla a levantarse y luego la acompañó hasta el lavabo, haciéndole un gesto para que se refrescara la cara.

Mientras la veía mirarse al espejo preguntó:

—¿Vos lo amás?

—Sí.

—¿Y él te ama?

La joven sonrió apenas.

—Creo que sí… bah, siento que sí.

—¿Y vos querés tener este hijo?

La respuesta fue inmediata.

—Sí. Claro.
Desde que me hice el test no puedo dejar de pensar en él… o en ella. En lo que venga. Nunca había imaginado ser mamá… pero esto me abrió una puerta que no sabía que existía.

Eugenia bajó la mirada.

—Entonces ya decidiste tenerlo.

—Sí. Por supuesto.

Aquella respuesta le removió algo muy profundo.

—Qué bueno que estés decidida…
¿Y si tu novio no te acompaña?

—Lo voy a criar sola —respondió la joven sin dudar—. Aunque me gustaría que lo criemos juntos… como una familia.

—Claro…

Eugenia respiró hondo.

—No sabés la suerte que tenés.

La joven frunció el ceño.

—¿Suerte?

—Sí. Porque vos vivís en una generación donde ciertas cosas ya no pesan como pesaban antes.
Cuando yo tenía tu edad, aunque recién empezaba la democracia, nuestros padres seguían teniendo una mentalidad durísima. Un embarazo fuera del matrimonio era casi una condena.

Hizo una pausa breve.

—Yo quedé embarazada de un novio que no estaba preparado para ser padre… y mis viejos me obligaron a dar a mi hija en adopción.

La voz se le quebró apenas.

—Después tuve la posibilidad de viajar, crecer en mi profesión… soy artista plástica. Pero nunca pude formar una familia. Nunca más tuve hijos.

El silencio volvió a ocupar el baño.

Para evitar llorar, Eugenia preguntó:

—¿Y ya hablaste con tu familia?

—Usted es la primera persona con la que hablo de esto.

Mis padres murieron hace años… bueno, mis padres adoptivos. Yo nunca conocí a mi verdadera familia.

Eugenia levantó lentamente la vista.

—Entonces… solo te falta hablar con tu novio.

—Sí… pero estoy paralizada.

—Yo te acompaño hasta la mesa, si querés.

La joven sonrió por primera vez.

—Me encantaría.

Ambas acomodaron un poco sus lágrimas frente al espejo y caminaron juntas hacia la salida del baño.

Pero antes de volver al salón, la curiosidad pudo más.

La joven miró los grandes ojos negros de Eugenia y preguntó:

—¿Y usted? ¿Con quién vino?

Eugenia sonrió apenas.

—Vine a encontrarme con un joven… más o menos de tu edad.

La chica soltó una carcajada.

—¡Ahhh bueno!

—No, no… nada de eso —rió Eugenia—. Ya viví demasiado como para necesitar entretenimiento.
Hace poco se contactó conmigo un muchacho que dice saber qué fue de mi hija… y que podría ayudarme a encontrarme con ella.

La joven le apretó la mano

—Vos me acompañás a mí… y yo te acompaño a vos. ¿Sí?

Eugenia sonrió con ternura.

—Dale.

Y agregó:

—Cuando este muchacho, Luis Emilio, me escribió… pensé que era una locura. Pero ahora estoy dispuesta a enfrentar lo que venga.

La joven abrió grandes los ojos.

—¿Luis Emilio?… como mi novio.

Escrito por: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)

Ilustrado por: NEGRO GODOY (@negrogodoy)

Los hechos y personajes anteriores son ficticios. Cualquier parecido con la realidad es mera coincidencia.

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