“CON LA MISMA MONEDA”

Uno de los vendedores de ARMENIA MOTORS golpeó, nervioso, la puerta entreabierta de la oficina del nuevo dueño.

Humberto era el primogénito de Simón Sargosyan, dueño de la agencia de autos más grande del pueblo.
Cuando su padre murió, a principios de los años noventa, se hizo cargo del negocio y las cosas cambiaron después de más de treinta años.

No solo cambió la estética del lugar. El local recibió una modernización en el mobiliario, la iluminación y las formas de atención.
Al ingresar a la agencia, una joven muy simpática recibía a los clientes e invitaba a tomar asiento en un living minimalista con vista a la flota de vehículos flamantes y relucientes. Luego les ofrecía una bebida mientras aguardaban la llegada del asesor de ventas que los atendería profesionalmente.
Los viejos vendedores de la época de su padre, considerados “dinosaurios” por Humberto, fueron desapareciendo uno a uno ante la mirada soberbia del nuevo dueño, que armó un equipo de jóvenes más que leales a la nueva dirección.

Tanto habían cambiado las cosas en la concesionaria que, en las cafeterías del pueblo, se rumoreaba que los códigos comerciales ya no eran los del viejo Simón, aquel al que un apretón de manos le valía más que cualquier documento firmado.
Pero lo que más se comentaba era lo ocurrido con el viejo Lloris, un hombre de campo, humilde y trabajador, que había ganado el Gordo de Navidad de la Lotería Nacional.
Un día llegó a ARMENIA MOTORS en su vieja bicicleta, con la ilusión de comprar un auto 0 km. Nadie lo atendía. Hasta que el propio Simón lo hizo pasar a su oficina. Después de escuchar su historia, no solo le vendió el auto que buscaba, sino que además se generó un vínculo personal que llevó a que Don Simón le administrara el dinero del premio durante años.

Pero cuando el viejo armenio murió, su hijo se desentendió del acuerdo. Y Lloris nunca volvió a ver un peso de aquel premio.
Eso lo llevó a tomar una decisión drástica sobre su propia vida.

—Jefe… ¡lo buscan! —dijo nervioso y entrecortado el vendedor.

—Entrá… ¿qué pasa? —se escuchó la voz grave del dueño, mientras resoplaba el humo del cigarrillo aún en su boca.

—Vinieron dos tipos. Dijeron que quieren hablar con el dueño, que tienen una operación grande para hacer y no quieren perder el tiempo.

—¿Los conocés?

—No. Y no deben ser de por acá… porque nunca vi una nave como en la que andan. Bah, solo en revistas. Tienen pinta de empresarios.

Humberto se levantó del sillón y abrió apenas la cortina de su oficina. En el estacionamiento de la agencia había un BMW Serie 7 negro. Se le hizo agua la boca. Era su objeto de deseo. A pesar de que la empresa le daba un buen auto, ese… esa “nave” era otra cosa.

—Deciles que ya los atiendo —dijo, y le hizo una seña para que saliera rápido de la oficina.

Se acomodó el pelo frente al espejo, se puso el saco y se revisó la ropa como quien se prepara para salir a la caza.

Al salir de su oficina los vio de pie en el centro del local. Parecían salidos de la revista CARAS. Un estereotipo vivo de “yuppies”, jóvenes profesionales urbanos.

Ambos vestían camisas Polo Ralph Lauren, anteojos Ray-Ban, pantalones pinzados, mocasines italianos y relojes llamativos. En el cinturón de cuero llevaban fundas con sus teléfonos celulares.

—¡Buenos días! —dijo Humberto, en un tono alto que retumbó en toda la agencia.

El más alto de los dos se sacó los lentes, los guardó en el bolsillo de la camisa y caminó al encuentro extendiendo la mano derecha.
El más bajo acompañó el gesto sin sacarse los lentes, avanzando más lento y sosteniendo en su mano derecha un maletín de cuero verde oscuro, símil cocodrilo.

—Buenos días —dijo el más alto con una gran sonrisa—. Mi nombre es Lukas Wagner —pronunció el apellido “Vagnar”, con un acento mezcla de alemán y portugués del sur de Brasil—.

Apretó con fuerza la mano de Humberto.
—Mi hermano, Leo —agregó, señalando a su acompañante.

El otro solo saludó con la cabeza. No emitió palabra. Su mano derecha seguía aferrada a la manija del maletín.

—Mucho gusto —dijo Humberto, y sin rodeos continuó—: ustedes me dirán, muchachos… ¿en qué tipo de operación están pensando que no puedan resolver cualquiera de mis asesores de ventas?

Lukas, sin perder la sonrisa pero con dureza en la mirada, respondió:

—Me quiero llevar todo tu stock.

—¿Todo? —se sorprendió Humberto.

—Sí. Pero no solo los que tenés exhibidos acá… también los que tenés en depósito.

El joven dueño dudó. No sabía si era una broma, una cámara oculta. Miró a su equipo buscando alguna señal. Pero todos estaban tan sorprendidos como él. Y sin pensar dijo:

—¿Es joda?

—Señor Sargosyan… nosotros no estamos para bromas —respondió Lukas, ahora con tono grave.

—Somos una familia dedicada desde hace décadas a la venta de autos 0 km en el sur de Brasil. Estamos abriendo un negocio en Uruguay, pero por tiempos de entrega con algunas terminales argentinas nos vimos obligados a buscar un punto intermedio.

Hizo una pausa breve.

—Y como Zárate se ha convertido en un punto estratégico del Mercosur, un paisano nuestro en Entre Ríos nos recomendó su agencia. Fue cliente de su padre.

Luego remató, mirando directo a Humberto:

—Además, creo que vos y yo somos de una nueva generación en el rubro. Una que ve más allá del negocio que manejaban nuestros padres. Se nota con solo ver cómo arreglaste la agencia. Y no parece que te dé miedo hacer un negocio grande y rápido.

Los ojos de Humberto se iluminaron de satisfacción y la sonrisa se le estiró de ambición.

—¡Pero claro! —dijo el joven dueño, e invitó con un gesto a los hermanos a pasar y sentarse en su oficina, mientras ordenaba con tono imperativo—: Marina… traenos café.

(El “por favor” nunca estuvo en su vocabulario para la recepcionista).

Antes de ingresar a la oficina lo frenó José, el último vendedor que quedaba de la gestión de su padre. Todos se preguntaban por qué seguía, si los maltratos eran diarios.

—Che, Humbertito… ¿estás seguro de hacer negocio con estos tipos? ¿Por qué no lo pensás como lo hacía tu viejo?

—Che, Josecito… ¿por qué no te dedicás a vender algo? Para eso te pago —respondió Humberto en voz baja pero firme, y cerró la puerta detrás de él, quedando a solas con los Wagner.

La recepcionista pidió permiso e ingresó con una bandeja con tres cafés. La apoyó suavemente sobre la mesa y se retiró, dejando la escena nuevamente en manos de su jefe.

—Bueno, muchachos… yo tengo hoy disponibles dieciocho unidades entre el salón y el garaje. ¿Qué ofrecen? O mejor dicho… ¿cuánto ofrecen? Porque si los vendo acá les saco quince mil a cada uno.

Leo, el Wagner más bajo, seguía sin emitir sonido y sin sacarse los lentes oscuros. Eso intimidaba a Humberto, que concentraba su atención en Lukas.

—Mirá, Humberto —dijo Lukas—, estuvimos haciendo un sondeo antes de venir. La marca que vos vendés y los modelos que manejás nos dan un promedio de diez mil dólares por unidad al público.

Hizo una pausa breve.

—Así que ofrecemos ciento ochenta mil por todo el paquete.

—Pero si estás tan apurado… te podés estirar, Lukitas —dijo Humberto, canchero.

—Ok. Doscientos cash y ahí me planto.

Humberto, al oír la oferta, contuvo la respiración para no gritar de emoción.

En el momento menos esperado, Leo tomó el maletín que descansaba en la silla, lo apoyó sobre la mesa con un movimiento seco, y se puso de pie. Sacó una pequeña llave del bolsillo, lo abrió y lo giró hacia el local.

El joven Sargosyan vio veinte fajos de billetes verdes, con una faja blanca y un sello bancario. A un costado, la cifra: U$S 10.000.

—Ok… ok… ok —repetía Humberto, con la vista clavada en el portafolios verde.

Pero como dice el refrán: “El ladrón piensa que todos son de su condición”, dudó un segundo y dijo:

—Tenemos que controlar que sean buenos los billetes… no es que desconfíe, pero…

—Por supuesto, Humberto —respondió Lukas—. Me parece una buena idea. Ya es cerca del mediodía… ¿por qué no vas con Leo hasta el banco de tu confianza? Mientras tanto yo coordino los camiones para cargar los autos cuando vuelvan.

A pesar de ser el dueño de la concesionaria más importante de la ciudad, y de que un llamado al gerente bastaba para ser atendido de inmediato, el trámite en el banco les llevó más de una hora.

Leo Wagner no se despegó del maletín en ningún momento. Ambos siguieron atentamente el chequeo del dinero. Luego, el menor de los Wagner volvió a colocar prolijamente los veinte paquetes verdes dentro del portafolios y lo cerró con llave.

De regreso en la agencia, Humberto pidió comida y almorzó con los Wagner en su oficina. Todo era sonrisas y charlas entre él y Lukas. Leo solo asentía en silencio.

Mientras tanto, el resto del equipo avanzaba con la documentación de los vehículos y su carga en los dos camiones tipo “mosquito” que los transportarían.

La operación se completó cerca de las 18 hs. Humberto recibió las dieciocho carpetas de cada unidad, las apoyó sobre la mesa y dijo con una gran sonrisa de satisfacción:

—Bueno, muchachos… ahora les toca a ustedes.

Lukas hizo un gesto a Leo.

El más bajo se levantó, colocó el maletín sobre el escritorio con la manija hacia su lado, lo destrabó con la pequeña llave y lo abrió lentamente. Lo giró hacia Humberto con una pausa dramática.

Sin perder tiempo, el joven Sargosyan tomó los veinte paquetes de dólares y los fue apilando sobre la mesa como trofeos de caza.

Leo recogió las carpetas, las guardó en el portafolios y lo cerró nuevamente.

Lukas estrechó la mano de Humberto.

—Un placer hacer negocios contigo, Humberto.

Minutos después, se subieron al BMW Serie 7. El motor rugió y los camiones lo siguieron por detrás.

Humberto guardó los paquetes en la caja fuerte y ordenó a sus empleados:

—Cerramos por hoy.

Encendió un cigarrillo y se dejó caer en el sillón, disfrutando lo que sentía como un momento histórico.

Al día siguiente llegó a la agencia pasadas las 9 hs. Saludó a su equipo como nunca lo había hecho desde que tomó el control. Le pidió un café a la recepcionista y se encerró en su oficina.

Abrió la caja fuerte y volvió a mirar el resultado del negocio de la jornada anterior.

Cuando se acomodó en el sillón para llamar a la fábrica y reponer stock, unos golpes nerviosos en la puerta lo sorprendieron.

—Pasá, nena —dijo alegremente.

—No, jefe… soy yo —aclaró el vendedor, nervioso, y continuó

—Lo… lo buscan.

El vendedor entreabrió un poco más la puerta y dejó ver a un hombre de rostro duro, bigote negro espeso y cabello prolijamente engominado.

El hombre abrió apenas el saco azul oscuro y dejó ver una sobaquera con una pistola nueve milímetros. Sobre el pecho, colgada de una cadena plateada, brillaba una insignia de la Policía Federal Argentina. Detrás suyo lo acompañaban dos agentes uniformados.

Humberto los hizo pasar e intentó invitarlos a sentarse, pero el oficial negó con la cabeza.

—Señor Sargosyan, soy el oficial Ramírez, de la Federal. Tengo en mi poder una orden de allanamiento contra usted por fraude y circulación de dinero falso.

—¿Qué? —alcanzó a decir Humberto.

Uno de los uniformados lo apartó suavemente con el brazo y se dirigió directamente a la caja fuerte recién abierta. Sacó los paquetes de dinero y los colocó sobre el escritorio.

Ramírez tomó un pequeño dispositivo que le alcanzó otro agente, encendió la luz detectora y comenzó a revisar los billetes.

Apenas observó el primero, levantó la vista.

—Falsos.

Luego tomó un walkie-talkie amarillo del interior del saco y ordenó:

—Entren.

El ruido de las botas invadió el salón. Un grupo de uniformados ingresó armado y tomó posiciones dentro de la concesionaria.

—Sargosyan… nos va a tener que acompañar.

Mientras lo esposaban, Humberto gritaba su inocencia con una desesperación que nadie parecía escuchar.

Días después, en una estación de servicio de Colón, Entre Ríos, cerca del puente que une la ciudad con Paysandú, Uruguay, los hermanos Wagner compartían una mesa apartada.

Leo indicó con la cabeza hacia la puerta de ingreso. Lukas giró y vio entrar al viejo vendedor de ARMENIA MOTORS.

José.

Lukas se levantó enseguida.

—Vení, José —dijo sonriendo.

—¿Qué hacés, Richard? —respondió el viejo al presunto Lukas, saludando luego al supuesto Leo—. ¡Mudo!

El falso Leo Wagner respondió con una sonrisa y un leve movimiento de cabeza.

—Viejo, vamos a apurar esto porque todavía tenemos que terminar con la distribución de la mercadería. ¿Dale?

—Sí… pero explicame cómo hicieron —preguntó José, con los ojos iluminados por la curiosidad.

—Claro, viejo. Te lo merecés por el dato que nos diste.

Lukas hizo un gesto al Mudo y este apoyó sobre la mesa el famoso portafolios verde símil cocodrilo.

—Mirá… si el Mudo mete la llave del lado izquierdo del maletín, cuando abrís ves esto.

Abrió el portafolios y dejó ver los veinte paquetes de dólares perfectamente fajados.

Luego volvió a cerrarlo.

—Pero si la llave entra del lado derecho… aparece esto otro.

José vio entonces un compartimiento completamente vacío.

—Acá estaban los que le dejamos a Humbertito.

Los tres estallaron en una risa cómplice.

El Mudo volvió a abrir el lado verdadero del maletín, tomó cinco paquetes y se los alcanzó a Lukas.

—Esto es por los gastos —dijo Richard—. El resto es para vos, viejo.

Hizo una pausa breve.

—¿Y qué vas a hacer con toda esa plata?

José guardó lentamente los paquetes dentro de una mochila. Después levantó la vista y respondió:

—Hay una familia en mi pueblo de apellido Lloris… que fue víctima de este tipo.

Cerró la mochila.

—La plata es para ellos.

Escrito por: DIEGO PAOLINELLI (@dpaolinelli)

Ilustrado por: NEGRO GODOY (@negrogodoy)

Todos los personajes y situaciones de este relato son «ficticios» cualquier parecido con la realidad, es mera coincidencia.

Si te gustó este cuento, dale «like» a la publicación o comentá y compartí la publicación.

Suscribir a esta página es gratis: www.diegopaolinelli.com y los cuentos narrados en vivo los encontrarás en YouTube: @diegopaolinelli cuentos.

Par lecturas y charlas en escuelas o centros de estudios, como charlas grupales para trabajos de Equipo (Empresas, Pymes o Clubes), comunicarse al Wsapp: +54 9 3487 310418

Deja un comentario

Scroll al inicio