
El gringo Salvatore, estaba acostado y trataba de reaccionar de un sueño profundo…
En realidad, no comprendía si había despertado o seguía en sueños…sentía que el cuerpo le pesaba una tonelada y lo aplastaba sobre el colchón, que no tenía la forma habitual.
Intentaba moverse y no lo lograba, no podía tampoco abrir los ojos y para colmo…oía, a la distancia, la voz de una mujer contando:
“5, 6, 7, 8”…
Entonces decidió creer que debía ser un sueño y se dejó llevar…
Romeo Salvatore. “El gringo” o el “loco” como le decían sus compañeros de la Fábrica, era el hijo único de un matrimonio del sur de Italia que llegaron a la Argentina, huyendo del hambre y desolación que había dejado la Segunda Guerra.
Fiel a lo que su Padre le había legado, Romeo se consideraba Anarquista…pero, por la necesidad y la búsqueda de un sustento, terminó trabajando en el Servicio de Mantenimiento de una Empresa Multinacional de la Zona. En su psiquis había encontrado una forma de luchar contra el sistema desde adentro, se llevaría todos los días algo de la Fábrica para su casa.
Todo comenzó cuando descubrió que había un lugar en el alambrado perimetral que no era alcanzado por la vista de los empleados de la Empresa de Seguridad desde sus garitas que estaban a más de 100 metros entre una y otra. Y como el Gringo deambulaba en solitario por toda la Planta debido a su tarea en las reparaciones generales, no sería llamativo que se encuentre por ese sector. Para completar lo estratégico de la ubicación, sobre la vereda externa había crecido un árbol bastante grueso en su tronco que se apoyaba desde afuera sobre el alambrado y le permitiría esconder la bolsa de color oscuro donde guardaba lo del día. Y, una vez que terminaba su jornada, pasaba por afuera…se detenía frente al árbol y recogía el botín, que llevaría a su casa.
Así transcurrieron los días de trabajo para Romeo. Cada vez que podía se escapaba entre las máquinas que se estacionaban frente al depósito de Materias primas y eran escudo a las miradas curiosas, tanto de compañeros, como las de los vigilantes. Y hacer lo suyo, hasta que un día…cuando iba muy relajado a llevar la bolsa al lugar de siempre, lo sobresaltó el sonido metálico de una cadena desenrollándose (como cuando se desenganchaba la polea de las cortinas del taller)…e instintivamente se frenó en el lugar y luego dio un gran salto hacia atrás al ver una sombra negra que se lanzaba contra él y se detuvo a escasos centímetros…cuando la cadena llegó a su extensión máxima y ajustó el collar que rodeaba el cuello de la bestia, que ahora lanzaba ladridos de sonido grave dirigidos al Gringo.
Cuando Romeo recuperó el aliento, el susto había sido casi de muerte, se quedó mirando al perro, que parado sobre sus cuatro patas, lucia elegante y amenazante a la vez…ya no ladraba, pero su mirada fija en él, le imponía miedo. Era un Doberman puro, con las orejas cortadas en punta y la cola de solo unos escasos 4 o 5 centímetros. El duelo de miradas siguió un par de segundos mas, luego el Gringo decidió retirarse.
Al día siguiente y mientras sus compañeros tomaban su momento para la merienda, se escapó del comedor para poder observar la situación desde otra perspectiva y vio que ya no habían vigilantes en las garitas…fueron remplazados por 3 canes atados a cadenas que cubrían un tramo de alrededor de media cuadra cada uno y un pequeño pasillo entre ellos de uno a dos metros…supuso que era para que no se agredan. Además, ese pequeño pasillo no le servía para acceder al hueco donde estaba el árbol donde dejaba la bolsa. Y volvió a trabajar pensando que se quedaba sin opciones para su “lucha contra el sistema”.
Pasaron unos días y la cabeza de Romeo no paraba de pensar en cómo retomar con su rutina. Había vuelto a recorrer el perímetro de la planta, por dentro y por fuera…el lugar ideal seguía siendo ese, el alambrado junto al árbol…pero, ¿¿de qué manera podía eludir a la bestia??…
Esa noche tuvo una revelación, cuando terminó de cenar solo en la casa que heredo de sus Padres, y fue a tirar las sobras de la costeleta…se dio cuenta que los guardianes caninos, tenían para comer solo el alimento balanceado que de vez en cuando le reponían la gente de seguridad que trabajaban en la portería…y según quien estuviera (porque los doberman no distinguían entre los vigilantes y los que intentaban ingresar furtivamente a la planta, o sacar cosas como él), obviaban en darles de comer. Y guardó los huesos y otras sobras para probar su teoría.
En la mañana siguiente, cuando logró despegarse de sus compañeros, fue hasta su mochila y sacó la bolsa donde había guardado los restos de comida y lo llevo hasta donde había tenido el primer encuentro con la bestia. Calculó donde sería el lugar indicado. El perro se encontraba recostado en la sombra que proyectaba el árbol del escondite. Estiró el hocico hacia el cielo como percibiendo olores, Romeo aprovechó a dejar la vianda y se retiro inmediatamente hasta la vereda que sabía segura…el Doberman se levantó ágilmente y trotó unos metros emitiendo un par de fuertes ladridos para marcar el territorio y se fué lentamente hasta el plato de cartón que soportaba la comida… olfateo sin acercarse y mantuvo la vista puesta en el hombre de aspecto desprolijo, (ropa de trabajo salpicada de cemento y los distintos colores de pintura usados en sus últimas tareas…sus botines tenían el mismo aspecto y su gorra con visera corta y semi levantada que dejaba entrever algunos ensortijados y rojos cabellos), que estaba parado frente a él, sabiendo que su cadena no le permitiría alcanzarlo…se giró y volvió a su lugar bajo la sombra del árbol. Pero mantuvo la vista en el hombre, hasta que el Gringo volvió por su camino al trabajo. Romeo se dijo: paciencia…no lo va a tomar a la primera…¡veremos mañana!
Y así fue, al día siguiente, Romeo volvió por la vereda hasta su sector estratégico para notar que los restos de comida que había dejado sobre un cartón…habían sido devorados. Entonces sonrió triunfalmente y ante la mirada lejana del Perro…volvió a dejar otra vianda y se fue.
Se sucedieron así un par de días, el Gringo dejaba la vianda y el Doberman lo miraba a la distancia, para luego que este se fuera del lugar se acercaba al plato de cartón, lo olfateaba y luego de dar un par de vueltas como para ver si era observado…se abalanzaba sobre la comida hasta terminarla. Sin saber que Romeo lo espiaba desde la protección de unos tambores de aceite.
En menos de una semana de iniciado el ritual…El Gringo descubrió que, al verlo acercarse el guardián se levantó de su reposo…y mientras se acercaba al punto donde dejaba el plato de comida…en lugar de mantenerse en su postura amenazante…se sentó sobre su cola y mantuvo la vista en Romeo (y en el plato)… y este interpreto como una mirada de bienvenida…entonces decidió ser más osado…dejó la comida en el lugar habitual y en lugar de retirarse, se quedó parado al lado he hizo un gesto para que se acercara. El perro se tomó un momento…pero inició la marcha lenta hacia Él, y volteaba la cabeza hacia uno y otro lado, como marcando que no dejaba su postura de vigilancia. Se paró a un par de metros y al ver que el hombre no se retiraba y le dejaba espacio hacia el plato, olfateó hacia arriba…dio un par de vueltas sobre sí mismo y se acercó al plato para comenzar a comer…Romeo lo observo en silencio y se mantuvo inmóvil en el lugar…tenía esperanzas…pero decidió no hacer nada brusco, esperar el momento…como cuando era chico e iba a pescar con su Padre y este le decía que debía ser paciente, hasta que la presa haya mordido bien el “anzuelo”…
La bestia terminó la faena, se relamió con su larga lengua y se sentó frente al Gringo y esta vez su mirada fue de cachorro. Esbozo un pequeño ruido, que no fue ni gruñido ni ladrido, como un gutural “gracias” (así lo interpretó Romeo) y se fue con un andar plácido hasta su lugar bajo el árbol.
Con el hecho consumado y probada el cambio de actitud en el Perro…Romeo decidió que era el momento de volver a su tarea de combatir al sistema, así que preparó el saco marrón donde guardaba su botín y lo puso en su mochila de trabajo junto a las sobras de esa Noche.
Pasaron los días y la relación de los dos era cada vez mas cercana…el Gringo se había animado a una caricia y el can no solo le devolvió su mirada de cachorro, si no que se apoyó sobre una pierna del hombre mientras recibía la muestra de cariño después de comer. Es más, hasta lo acompaño al lugar del alambrado donde Romeo dejaría el saco…una nueva caricia y la despedida…Cuando paso a retirar desde afuera el sacó, el perro no emitió ningún sonido porque vio que se trataba de su “Amigo”. O en realidad “COMPLICE”, está claro que el animal solo interpretaba que, esa figura desaliñada lo alimentaba a diario y le brindaba cariño, cosas con las que normalmente, estas fieras guardianes no eran beneficiadas.
Pero no era el único, Romeo…a pesar de la naturaleza humana de usar para su beneficio personal a distintos animales, se había dado cuenta en la soledad de su casa mientras cenaba y preparaba la vianda para el doberman que, ese cuadrúpedo había sido el primer ser que en mucho tiempo le había devuelto cariño y atención desde la partida de sus Padres. Entonces, creyó que era el momento adecuado darle un Nombre, ratificando el vínculo entre ambos. Pensó y pensó bastante…BOBY o COLITA le parecieron poca cosa, para ese bello ejemplar de raza canina. Pensando que era una crianza con origen en Alemania….se preguntó que es típico de esas tierras y le surgió Cerveza y recordó la marca que bebía su difunto Padre y se decidió por “PILSEN”.
Lo llamó así en su siguiente encuentro y el Perro aceptó el llamado del Gringo. “Romeo y Pilsen” continuaron con el hábito del alimento y cariño…seguido del depósito del saco en el lugar de retiro.
“25, 26, 27, 28….”
El Gringo seguía escuchando esa Voz femenina que contaba, ¿quién sabe qué?
A pesar que sabía, o creía que estaba en un sueño, ya que no podía abrir los ojos y su cuerpo seguía tan pesado que lo sentía hundirse en el colchón (¿o no era su colchón?) trató de recordar cosas de su día previo a dormirse…
”35, 36, 37…”
Había salido de su casa en bicicleta para la fábrica, llevaba su mochila. Trabajó toda la jornada y cuando el sol de Otoño empezaba a caer rápidamente, supo que era la hora de alimentar a Pilsen, antes del horario de salida a las 18hs.
Se vio acercándose al punto de encuentro y le llamó la atención que el perro en lugar de venir a su encuentro como era habitual…estaba recostado sobre su panza y con el hocico pegado al piso y notó una mirada…rara…”¿estará enfermo? (se preguntó El Gringo)”.
De pronto como un flash…una imagen en su cabeza lo impactó…cuando estiró el brazo con el plato de cartón con la comida, el animal se paró abruptamente sobre sus cuatro patas y con un impulso sorprendente se abalanzó sobre él, sin mediar ni ladrido o gruñido alguno, solo la boca abierta mostrando todos sus dientes…
“43, 44, 45 y 46!!!”
Entonces Romeo sintió un ardor profundo en sus brazos y piernas, que lo impulsaron a dar un grito grave de susto y dolor, y abrir de golpe los ojos…para despertar de una vez….
Una luz fuerte y blanca no le dejaron hacer foco por unos segundos. De pronto descubrió una habitación con paredes blancas que no era la suya, una cama que no era la suya y al pie de la misma, una señora mayor vestida de blanco y en la cabeza también llevaba una cofia blanca con una pequeña cruz roja.
La mujer se le acercó, no era muy alta pero maciza, su cara era redonda y llevaba los labios pintados de un rojo intenso…como esas tías viejas y coquetas. Lo miró fijamente y le dijo: “qué bueno que despertó, recién termino con las curaciones y en un rato le traeremos algo de cenar”. El Gringo abrió más los ojos al oír la voz de la enfermera, era la misma que él había escuchado en sueños y carraspeando un poco y trabándose otro tanto pregunto: “pero que hago acá…y su voz…esa voz Yo la escuche en un sueño que tenía antes de despertar…y estaba contando…”
La enfermera se le acerco más aún y esbozando una sonrisa le aclaró las cosas: “Primero, estás acá por confiado, te acercaste demasiado a uno de los perros de guardia de tú trabajo…y segundo…no sé si estabas soñando o no…pero escuchaste a alguien que contaba, si…era Yo…y quiero decirte que en la cuenta final fueron 46 (levanto suavemente la sábana que lo cubría hasta el cuello para mostrar su cuerpo vestido solo por un calzoncillo, y cubierto de heridas en brazos y piernas) ¡¡¡los puntos que tuvieron que darte!!!”
