
Abro los ojos lenta y pesadamente, la habitación está casi a oscuras, solo una pequeña línea de luz cruza una de las paredes y proviene de una persiana de listones de madera apenas corrida del marco de la ventana…ahí comienzo a percatarme de que no estoy en mi casa, ya que mi cuarto tiene una de esas cortinas que impiden totalmente el paso de la luz. Prendo la lámpara sobre la mesa de luz y no sé si mi vista me engaña, pero estoy percibiendo todo en blanco y negro. Me dirijo hasta la ventana, tomo la correa de la persiana y comienzo a tirar acompasadamente con una mano y después la otra. Cuando logro abrir por completo, confirmé que estaba en un sueño, el cielo era despejado y gris, con un sol que brillaba, sin luz sobre la ciudad, que para colmo no era mi ciudad. Descubro desde la altura del departamento donde me encontraba la figura a lo lejos del monumento a la bandera. Rosario dije para mis adentros.
Me cambio y bajo apresuradamente a la calle y camino como sin rumbo, pero mis piernas me guían, ya conocen bien hacia donde debo dirigirme. Todo alrededor mío sigue en blanco y negro, creo que estoy en un gran cuadro de caricaturas, de esas que leo a diario o leía en la revista Satiricón cuando era un chico de primaria. Avanzo y un pibe con una remera con el escudo de Newell´s y un gorro piluso al tono me grita “EEHHH CANALLA, EL DOMINGO LOS COMEMOS EN EL CLÁSICO” pero la sonrisa que acompaña la frase me indica que no era un insulto. Más adelante otro muchacho corpulento con una remera a rayas verticales y escudo de Central le responde al anterior, pero mirándome a mí “¿A QUIENES VAN A COMER ESTOS?, SI EN EL GIGANTE DE ARROYITO SIEMPRE SE VAN CON LA CARA LARGA”. Sigo y me digo: “Que Ciudad esta, transpira fútbol” y seguí pensando que era una urbe pequeña, pero con un corazón enorme. Tan grande por dentro que podían dividir en dos su pasión futbolera. Tantas historias conviven en este lugar, inmigrantes llegados de todas partes de Europa a principios del siglo veinte, uno de los puertos más importantes cuando éramos el granero del mundo, los túneles que llegaban desde la ciudad a la costa, como vía de escape de los mafiosos y contrabandistas cuando se le llamo la CHICAGO ARGENTINA. Tantos personajes han nacido en estas tierras, humoristas, músicos, cantantes y deportistas, hombres y mujeres que transcendieron las fronteras y en algunos casos lograron fama mundial. Y me llega el pensamiento como un flash: “No es lo mismo ser famoso que ser TRISTEMENTE CELEBRE”.
Sigo mi andar, sin poder aún decidir el destino, mis piernas solo avanzan. Ahora lo hago por la calle Santa Fé. Cuando llego a la esquina que forma con Sarmiento, veo el Café EL CAIRO e ingreso lentamente, el mozo se me acerca y me dice: “Buenos días, enseguida le llevo su café, allá lo esperan en su mesa los otros Galanes”. Un grupo de señores cincuentones, rodean la mesa, el más pintón tenía la palabra y lo escucho decir al resto: “TE DIGO MAS…EL MUNDO, HA VIVIDO EQUIVOCADO”. Los restantes ríen y al verme, me reciben con un “Dale Negro, pensamos que no ibas a venir”, saludo general y tomo asiento, a los segundos mientras los demás seguían con la tertulia, llegó mi café…puse medio saquito de azúcar, revolví y cuando sorbí el primer trago, me quedé con la mirada puesta en la vidriera, como balconeando la ciudad y su ritmo vertiginoso. Por la vereda pasa un hombre corpulento, de traje oscuro, camisa blanca y corbata negra. Llevaba unos lentes de sol, que parecían demasiado pequeños para esa cabeza, es más llevaba el pelo tan engominado que me dio el aspecto de ACEITOSO. Me lo imagine como un espía o tal vez el guardaespaldas de algún tipo importante. Me sacó de ese momento un señor que apoyo su mano sobre mi hombro, me saludó amablemente y me pidió si le podía hacer un dibujo para la pequeña niña de ocho años que lo acompañaba, ya que era una gran fan de mis historietas. Tomé una servilleta la extendí en su totalidad y saqué un bolígrafo, que no sabía que llevaba entre mis ropas. Mis manos se movían a una velocidad y con una precisión que me eran inusuales, dada mi torpeza hasta para hacer garabatos. Levanté la vista para ver los ojos marrones de la nena que demostraban ansiedad y alegría. Mis manos se detuvieron y entregue la obra terminada a su nueva poseedora, que agradeció con un “Gracias Negro” y se fue corriendo hasta su mesa. Sobre el papel se podía ver una mujer regordeta que corría con una chancleta en la mano al grito de “PEREYRA” y un gaucho bigotón que huía de la agresión también gritando “RAJEMOS MENDIETA QUE LA EULOGIA SE ENOJÓ”, y al lado su fiel compañero perruno con el hocico largo y orejas caídas que le dice: “NEGOCIEMOS DON INODORO”. Y estaba firmado al pie como “Roberto Fontanarrosa”.
