
Capítulo 2: PROVERBIO o AMENAZA
Pasaron unos meses de aquella propuesta de Pablo a Roberto, que lo llevó al muchacho a quedarse con el cargo de Responsable de la Zona Oeste para la Bodega.
En ese tiempo, fue desarrollando en cada ciudad un distribuidor para cubrir toda la extensión del territorio. Con cada uno de ellos generaría un gran vínculo, ya que Pablo consideraba el trato personalizado como su marca en los Negocios. Pero la relación más importante, por ser el primero y de la forma que había ganado su confianza, era el Turco Salim Omar Hassan. Y cada vez que iba a la Distribuidora el Cairo, se hablaba de trabajo…pero siempre había tiempo para un café a la turca y una buena charla.
Una vez en la Oficina, Salim comenzó con el ritual para agasajar a Pablo con el café molido y preparado por él mismo. El Turco tomó un puñado de granos traídos de Medio Oriente y los puso dentro del molinillo, seguido giró la manivela varias vueltas, lo que hizo que en unos instantes el aroma invadiera el lugar. Luego, encendió la hornalla del anafe, coloco agua en la pequeña cafetera IBRIK.
(Las cafeteras turcas o IBRIK, tienen forma de tronco cónico, con la base más ancha y en la parte superior de la boca tiene un pliegue en forma de pico. Hecha de cobre por fuera y revestida por dentro de estaño, puede soportar altas temperaturas. Cerca de la boca tienen adosado un largo mango de madera para asir y servir sin temor a quemarse. Este es uno de los métodos más tradicionales y antiguos que existe. El café siempre estará en contacto con el agua desde la preparación a la degustación, con lo cual se obtendrá un cuerpo y sabor de concentrado y de aroma fuerte).
Una vez que hirvió el agua, introdujo en ella el resultado de la molienda. Cuando la infusión estuvo lista, Salim sacó dos tazas de cerámica que estaban revestidas por cubierta metálica y remataban en un solo aza. Sirvió el contenido en ambas, las colocó sobre una bandeja de plata y la llevo hasta su escritorio e invito a Pablo, que había sido espectador de lujo, a sentarse y compartir la bebida.
Una vez que saborearon el café, era el momento para una de sus acostumbradas charlas. Y el joven tomó la palabra. Luego de, como correspondía, agradecer y halagar al anfitrión por el café, quiso hacerle una pregunta que le había quedado pendiente de ese famoso primer encuentro. “Che Salim, sabes qué la primera vez que vine a tu Oficina, además de hacer foco en el KAMPALA (juego de mesa mencionado en el Capítulo 1) también me había fijado en la frase de ese cartel que tenés colgado en la pared detrás tuyo.” El Turco giro un poco su cabeza por sobre su hombro y miró el cartel leyendo la frase para sí. “Ajá, ¿y que te interesa de la frase Pablito?”. El muchacho, sin perder tiempo interrogó “¿Es el eslogan de la Distribuidora o una frase de algún sabio de Oriente, o…? Y dejó colgada la última consulta. Entonces Salim sonrió, estirando su grueso bigote. Pablo, analizó: “Veamos…no te hago un tipo muy del Marketing, además todo el mundo te conoce a vos y a la Distribuidora EL CAIRO, para que necesitas un eslogan. Tal vez me debería inclinar que debe ser algún refrán de tu tierra”. Salim entonces lo invitó a leerla en voz alta. Pablo, carraspeo para aclarar su voz y poniendo tono de locutor la leyó una y otra vez. El Turco volvió a la sonrisa y le dijo, “Pablito a vos que te gusta el Cine, léela como si fueras Marlon Brando en el Padrino diciendo: ¡Voy a hacerle una oferta que no podrá rechazar!” El joven se detuvo un segundo y dijo: “Entonces, ¿es una amenaza?”. Salim sonrió nuevamente y le dijo, “puede ser eso o un proverbio o tal vez un código comercial, pero hay una historia atrás de esa frase”. Pablo se entusiasmó al ver la cara del Turco y dijo: “dale, contamela y vemos si adivino a cual pertenece”.
Salim tomó aire y arrancó: “cuando mi Viejo, Mohamed Hassan comenzó con la distribuidora a principio de los ´50, eran tiempos donde la palabra valía más que un contrato y los entredichos, se arreglaban entre hombres. Al poco tiempo de iniciado el negocio las cosas marchaban muy bien, estaba creciendo en población la Zona y todos los comercios de barrio necesitaban quien los proveyera de mercadería entonces decidimos ampliar el galpón y compramos un par de camiones de reparto más. Todo iba sobre rieles, pero como todo lugar que crece, tiene también la llegada de gente de mala vida, ladrones, timadores, etc. Y el Oeste no sería la excepción. En la periferia se había asentado un Clan de gitanos. Algunos dedicados a la compra venta de cosas usadas, otros al juego clandestino y los menos al contrabando. Un tal Lacho, un joven de unos treinta y tantos años era el líder de los contrabandistas. Entre licores importados, cigarrillos y otros productos de extraña procedencia, eran su menú de ofertas que vendían en lugares apartados de la vista de la Policía.
Siendo yo el más grande de los hermanos y cuando hacía poco tiempo que mi Padre, me pidiera que me haga cargo del Depósito, fue la primera vez que lo vi al Gitano Lacho. Estaba en la entrada de la Distribuidora y pidió hablar con el dueño y uno de los chicos que ayudaban con la preparación de los pedidos le aviso a mi Padre y este lo recibió en la Oficina que tenía en el primer piso del galpón y contaba con un ventanal que daba a la calle, desde donde se veía quien ingresaba o salía del depósito. Cruzaron pocas palabras, Lacho sonreía con la boca abierta que dejaba ver un diente de oro y gesticulaba con su mano izquierda que llevaba un gran anillo y reloj pulsera del mismo metal, mientras mantenía la mano derecha en el bolsillo de su saco gris. Yo era testigo desde afuera, sentado en mi escritorio donde iba apuntando cada carga de camión, destino y chofer. Entonces veo a mi Viejo intentar una sonrisa dentro de su barba tupida y negra, negó con la cabeza y extendió su mano para saludar dando por terminada la charla. El gitano frunció el ceño, le apretó la mano, giró y se fue sin emitir sonido en su salida, aunque no sería su única visita a la Distribuidora. Al rato, ingresé a la oficina y cerré la puerta detrás de mí. Le pregunté qué quería el fulano ese y me dijo “Podes creer Salim, este tipo quería que les distribuyéramos sus COSAS, porque tenían la Policía encima y prefería compartir ganancias con nosotros antes que con los Poli”. “Y vos que les dijiste Pá” apresure a mi viejo, y él fue firme en el concepto: “Sabes bien que nosotros solo sabemos trabajar duro y hacer negocios con mercaderías legales”, “Además, nosotros le debemos mucho respeto a nuestros Paisanos, que nos han prestado plata, nos han apoyado y nos apoyan en nuestros negocios”. La cosa me quedaba clara y a la vez me tranquilizaba saber que mi Viejo no iba a venderse por unos pesos mal habidos, y que sus Negocios eran solo con su Familia y los árabes que lo habían apoyado, los consideraba Familia y se les debía honor, no los podía ensuciar con nada. Por otra parte, la forma en que se había ido el gitano, le anticipaba que la cosa no terminaría ahí.
A los pocos días y cuando creímos no volverlo a ver, Lacho apareció de nuevo en la Distribuidora y esta vez acompañado por dos gorilas. Fueron directamente para la Oficina de Mohamed y no se detuvieron ante nadie hasta entrar sin hacerse anunciar. Yo, los vi desde el fondo del galpón y subí corriendo las escaleras, cuando entré a la oficina vi a mi padre sentado en su sillón, y el gitano parado con sus acompañantes uno a cada lado de él, frente al escritorio, los tres giraron al unísono las cabezas para mirarme sin decir nada. Mi Padre entonces, en un tono muy sereno me dijo “¿Qué pasa Salim, no ves que estoy atendiendo a estos SEÑORES?, espera a fuera que después hablamos”. Yo, volvía a ser testigo desde afuera, pero esta vez la puerta la deje intencionalmente abierta, entonces escuché a Lacho decir: “Y turco, pensaste en el NEGOCIO que te propuse la vez pasada, vos tenes fama de honesto y tus camiones circulan por todos lados, entonces podemos meter mis productos sin que nadie se dé cuenta… ¡mira que te va a quedar buena platita!” Se hizo un silencio prolongado en la oficina y luego mi Padre arranco a hablar: “Primero, mi nombre es MOHAMED HASSAN, vos Lacho me podés decir, SEÑOR HASSAN, porque turco solo me dicen mis amigos y vecinos del barrio cariñosamente, que no saben que yo soy árabe, no turco y tal vez no entiendan la diferencia” Hizo una pausa y continúo: “Segundo, yo no tengo fama de honesto, lo soy, y voy a decidir con quién hago o no hago NEGOCIOS”. Luego, se acomodó frente al escritorio, ya de pie, y abrió un cajón sacando una pequeña pistola, de esas como las que usaban los jugadores de Poker en las películas del Oeste y las sacaban de la manga. Los dos matones, echaban mano a sus armas cuando vieron a mi viejo llevar la pistolita hasta su boca y encender un largo y finito cigarro color tabaco. Entonces el gitano comenzó a reír a carcajadas con la boca abierta, que volvía a mostrar los enchapados en oro de sus dientes y muelas, los dos gorilas solo esbozaron una sonrisa, pero mantenían las manos en sus armas. Cuando Lacho pudo calmar su carcajada seguida de una tos seca, apoyo sus manos sobre su lado del escritorio y con los ojos inyectados en sangre le grito a Mohamed: “mira…TURCOOO, vos vas a hacer NEGOCIOS conmigo de una manera o de otra. O te asocias o me vas a vender este boliche por dos pesos. Porque a mí me sirve con vos o sin vos”. Golpeó la mesa con el puño para reafirmar lo dicho, hizo un gesto con la cabeza para que los matones lo siguieran y cuando llegó a la puerta se dio media vuelta y le dijo a mi Padre: “te doy una semana”. Cerró la puerta con un golpe y se fueron mirando desafiantes a todos, incluyéndome a mí.
La semana se pasó volando y cuando llegó el viernes siguiente y estábamos cerrando alrededor de las 9 de la noche y solo quedábamos mi viejo y Yo en el galpón, apareció el vehículo del gitano y se estacionó frente al portón principal, Lacho bajo y sus dos matones se quedaron apoyados en el auto, fumando y esperando a su jefe. En instantes, se abrió la puerta de la oficina abruptamente. Con una sonrisa maliciosa el gitano me miró desde la entrada y me dijo: “raja pibe que tengo que hacer NEGOCIOS con tu viejo”. Mohamed me miró y me hizo un gesto sin hablar para que saliera. Lacho continuó: “sabes que TURCOOO, tienes razón, vos sois tan honesto que no vas a poder manejar esto, así que te voy liberar quedándome con la Distribuidora”, sacó del bolsillo unos papeles plegados, los tiró sobre el escritorio y le dijo: “firma y todo termina acá, en una de esas, hasta te pago lo que creo que vale”. Las miradas se cruzaban en un duelo de frialdad, de pronto Mohamed se levantó de su lugar, se acercó al escritorio, tomó una lapicera, pero rápidamente la volvió a dejar. Abrió el cajón del escritorio y volvió a sacar la pistolita encendedor y tomar uno de sus largos y delgados cigarrillos, lo cual sacó una sonrisa burlona de la cara del gitano, pero igualmente su ansiedad fue más fuerte y quiso ironizar con su oponente: “Turco, se fuma después del hecho consumado”. Mohamed caminó hasta el ventanal que daba a la calle y le dijo mirando hacia fuera: “¿sabes que LACHO?..y antes que el gitano pudiera preguntar ¿qué” le escuche decir a mi viejo la frase del cartel: “NO ME PIDAS QUE TE REGALE LO QUE TENGO PARA VENDER” y encendió su cigarrillo. Seguido, se escucharon ruidos de vidrios rotos y un crepitar de fuego que inicia y un par de disparos que venían desde la calle…el gitano corrió hasta la ventana para ver como su auto se incendiaba y sus gorilas yacían en el piso rodeados por varios hombres de contextura gruesa, tupidas barbas oscuras, vestidos de sacos y pantalones grises, botas y turbantes negros, y estaban armados hasta los dientes. Lacho giró abruptamente hacia Mohamed, pero este lo estaba apuntando con un revolver del mismo tamaño que el encendedor, pero esta vez era plateado y con cachas nacaradas. El gitano, levanto sus brazos. Mi padre me pidió que entrara y le sacara el arma que llevaba en la sobaquera. Luego bajamos las escaleras y en la puerta del depósito, Mohamed sin dejar de apuntarlo, arrojo los papeles que trajo Lacho a las llamas que brotaban del auto intensamente y mirándolo fijamente le dijo: “No te quiero volver a ver, ni a vos ni a los tuyos, no solo por el galón, por el pueblo tampoco” y se escuchó el martillar de las armas de los otros hombres. El gitano, agachó la cabeza y salió caminando hasta que se perdió en la noche. Y no se supo más de él, ni de su Clan por esa zona.
Pablo había quedado mudo y con la boca abierta, no podía creer semejante historia. Salim, lo miró y dijo: “¿Otro café Pablito?”
