INCONSCIENTE COLECTIVO

Después de una semana que se hizo eterna para Mario, por fin llegaba el viernes. Ese día tendría la confirmación si le habían conseguido la entrada para el Clásico. A pesar de la distancia, ya que se había mudado al interior de la Provincia hacia unos años, le había quedado grabado a fuego el gusto por el fútbol y su querido Nueva Chicago. Mataderos era el barrio donde su padre había nacido y criado.  Y ahora que ya no estaba, Mario se había propuesto mantener viva aquella pasión por el verdinegro. Siempre recordaba los sábados, cuando era chico y su padre lo llevaba de la mano por las callecitas linderas a la cancha, un sándwich de chorizo y una coca si la plata alcanzaba, el gorrito con los colores del equipo. Y después a mezclarse con la marea de gente que llenaba la cabecera norte, que es donde se juntaba la hinchada local. Los cantitos, saltar al compás de la música de los bombos y redoblantes. Los abrazos interminables cuando uno de los suyos metía un gol. Los sábados eran para esos padre e hijo, una Fiesta.

Recorría su memoria y cree que no había, ni habrá un recuerdo más feliz, que ver la cara de Felicidad de su padre, cuando Chicago consiguió el ascenso a Primera, antes de despedirse de este mundo.

Para Mario los años posteriores no fueron gratos. La pérdida del viejo, el mudarse para conseguir un laburo más o menos decente. Las parejas iban y venían, pero siempre estaba el fútbol. Entonces cuando había logrado ponerse en contacto con un par de amigos del barrio. De los que no pudieron escapar la realidad que Mataderos ofrecía y convivían con eso a diario, se la rebuscaban como podían, y entre esos rebusques estaban la venta de entradas para los partidos, ya que eran cercanos a la Barra del Club.

Le llegó la confirmación de su entrada, pero con la condición que llegara temprano así entraría con ellos y su grupo a la cabecera norte. Entonces el sábado a la mañana desayuno unos mates a las corridas y tomó el bus que lo llevaría hasta la Estación de Once y de ahí en tren hasta la cancha. Se bajó en Mataderos y fue directamente al bar que le habían indicado sus amigos. Al llegar vio con sorpresa que a pesar de llevar los colores en el gorro que había sido de su padre y tener la camiseta por debajo de la campera, todos lo miraron en forma desafiante, como si fuera un intruso. Por suerte sus amigos se abrieron paso entre los demás y dedicándole una sonrisa e informando a los demás lo abrazaron a los gritos de “Marito viniste…muchachos, este es Marito, que a pesar que se mudó del barrio sigue fiel a Chicago”. Los demás levantaron los vasos y algunas botellas en señal de brindis, pero inmediatamente siguieron en la suya.

Mario se quedó en el bar con sus amigos, tuvo que invitar un par de tragos de cortesía por la entrada que aún no le habían dado, pero ya estaba paga. Cuando entonces se hizo la hora de ir para la cancha, le dijeron que los siguieran. Entonces volvió a recorrer las calles linderas al estadio. Intentó recordar cómo eran cuando iba con su viejo, pero el panorama era distinto. Los negocios en lugar de colgar banderas y alentar a la gente que iba al partido, estaban cerrados y con las persianas bajas. Los puestos de venta de sándwich y gaseosas, como los de gorros, banderas y camisetas eran manejados por los socios de la barra. Todo era un negocio que rozaba lo grotesco.

Cuando llegaron a la puerta que indicaba con un viejo cartel “CABECERA NORTE”, pregunto por su entrada y los muchachos sonrientes le dijeron: “ahí está tu entrada” señalando a un tipo grandote como un oso, tatuado hasta en la cara, con una camiseta a las que le había cortado las mangas a la altura de los hombros y les hacía seña que vinieran, ante la mirada atónita o cómplice de los policías y los empleados del Club. Entonces la muchedumbre, que venían juntos desde el bar, ahora enajenada o anestesiada con lo que había tomado, comenzaron a empujar y cantando a los gritos desaforados, entraron a la tribuna donde los hinchas comunes ya les había hecho lugar detrás del arco. Y él se sintió una ola más, de esa marea incontenible.

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