EL QUE ROBA A UN LADRÓN…

Introducción:

Playa del Carmen (México) 2011.

En el bar sobre la playa de los Pelicanos, pasadas las 12 de una noche tranquila, con el salón ya vacio, el dueño le indica a la moza, que apure la cobranza de la única mesa aún ocupada en el deck, por un solo parroquiano.

Este, un hombre de unos 50 años, vestido con ropas claras y calzado deportivo, llevaba un sombrero de ala ancha blanco con una banda negra. Aceptó el pedido de la moza, terminando de un golpe lo que quedaba de su bebida. Pagó, le dejó una buena propina y le pidió a la joven que invitara al dueño hasta la mesa, porque lo quería felicitar por el local. Entonces se acercó hasta la barra y le comentó la petición del cliente. Su jefe bufó e indicó a la moza que se fuera, él se encargaría de cerrar.

Llegó hasta la mesa, saludó aún sin ver el rostro del señor, pero al oir la respuesta: “Hola Portillo” esa voz raspada por el alcohol y los años, le retumbó en sus oidos y lo paralizó. El hombre levantó lenta y teatralmente el ala de su sombrero Panamá dejando ver un rostro cruzado por arrugas y cicatrices. Su mirada era fria y profunda, como la del cazador que acorraló a su presa. El propietario del bar atinó a balbucear: “Ruso, ¿sos vos?”. El Ruso, Roberto Vera respondió intimidante y avasallador: “Si, soy Yo. ¡No estás viendo ningún fantasma!” Con una mano empujó una silla y con la otra corrió su camisa para mostrar un arma que llevaba en la cintura, continuó diciendo. “Sentate, tenemos que hablar”…

Capítulo I: El plan

Zárate, Pcia de Bs. As. (Argentina) 1998

En el bar de PORTILLO, un aguantadero de adictos, chorros y mujeres de la calle, el Ruso Vera tomó la palabra para dar una idea filosófica a la propuesta que les traía a sus colegas:

“Supongan que ustedes están pasando por una situación de necesidad económica y obviamente llegan hasta un Banco para pedir un préstamo, caminan por la recepción y ven al fondo las cajas con gente haciendo pacientemente la cola, ya sea para cobrar (los menos) y los demás para pagar. A un costado, están la Oficina del Gerente y la del Tesorero, del otro los escritorios de los empleados de atención al Público. Uno, está vestido con saco y corbata al tono, camisa planchada, reloj pulsera, prolijamente peinado y afeitado al ras, su lugar de trabajo ordenado y limpio. A su lado, el otro empleado tiene el cabello largo y despeinado, usa un arito, solo camisa sin corbata, con las mangas arremangadas que muestran un tatuaje en uno de sus brazos, su lugar obviamente desordenado. Yo les pregunto, ¿a cuál de estos dos tipos van a hablar por el Préstamo??”.

Los demás hicieron una pausa en silencio, como buscando la respuesta ideal, cuando el Ruso retomó la palabra con esta conclusión: “Muchachos, no lo piensen más, no hay una respuesta correcta con los empleados, elijas al que elijas…el que te ROBA, con los intereses y las cuotas…es el BANCO”.

Luego que todos asintieran a su idea, les contaría en detalle el dato que le había pasado un conocido, que los sacaría a todos de la pirateria del asfalto, las entraderas u otros delitos, irían tras un camión de caudales, que tendría como escala la sucursal de Zárate del Banco San Andres y en lo que pasaría por una tarea común (a los ojos de todos) estarían trasladando 4 bolsas rojas con un total de 1 millón de dólares que tenían como destino una operación inmobiliaria “no declarada”, conjuntamente con las tradicionales bolsas amarillas que solo llevarían pesos o cheques. La fecha del trabajo era en solo 15 días, con lo cual tendrían que apresurar la logística para llegar a la fecha, con todo listo y preparado.

En los días siguientes, la reunión en el bar se daba cuando caía la noche, en la mesa habitual cercana a los baños, alejada de la barra y de los borrachines de turno. Cada uno presentaba sus aportes al Ruso. Cacho, se encargaría de los vehículos para la distracción y el escape. El Mencho, las armas. Los otros 2 (sobrinos de Cacho) eran solo la fuerza de choque, pero tendrían que estar atentos a la logística y los detalles del plan que les iba transmitiendo su jefe. Las cervezas fueron quedando de lado en la mesa del grupo de cara a la fecha, para que nadie llegara anestesiado. Solo eran café y fasos. La moza solo se acercaba al llamado del grupo, pero como llevaba un audifono, se permitian hablar en un tono normal, cuando ella estaba cerca.

Capítulo II: “El robo”

Mañana fría, pero soleada del martes 11 de agosto de 1998. El camión de la empresa de transportes caudales TRANS CASH color gris, ingresaba a la ciudad por la Avenida Lavalle, sin saber que lo seguían a la distancia dos motos todo terreno. Dobló en Ituzaingó y luego lo hizo nuevamente en la calle 19 de Marzo, aminorando la marcha, frenó un par de metros después de la salida de la estación de servicios Esso, justo delante de la entrada del Banco San Andrés. Se abrió la puerta del conductor y la del acompañante, bajaron ambos hombres. Golpearon la puerta trasera del vehículo y se bajó un tercero, todos vestian uniformes negros con un escudo gris en sus mangas, con letras rojas se leía el nombre de la Empresa de caudales. Cada uno portaba un revolver en la cartuchera que colgaba de sus cinturones. Los tres cruzaron palabras en la entrada de la entidad bancaria, luego el chofer se quedó solo en la puerta en modo vigilancia, mientras los otros dos fueron por las bolsas del día hasta el tesoro acompañados por el gerente de la sucursal.

Mientras tanto, las dos motos se habían estacionado sobre la playa de carga de combustible, con los motores en marcha, uno de ellos se bajó y puso en marcha una tercera. El Ruso y Cacho, simulaban interes por unas revistas en el puesto de ventas en la vereda de enfrente a la entrada al banco, desde donde veían toda la escena y serían quienes iniciarian la acción. En ese momento el Mencho, había puesto en marcha el automovil que estaba estacionado al borde de la boca calle en diagonal a la ESSO.

Pasados un par de minutos, el Ruso al ver que el vigilante de la puerta se giró mirando hacia dentro del banco hizo la señal al grupo de inicio. Todos bajaron sus gorras tejidas negras transformandolas en pasamontañas que les tapaban el rostro. El Ruso corrió desde la vereda de enfrente hasta la trompa del camión donde aguardo la distracción. Cuando los 2 guardias con las bolsas salieron a la vereda del banco, se oyó el rechinido de las cubiertas del Peugeot 504 azul que manejaba el Mencho, que arrancó ferozmente cruzando la boca calle e impactó contra el costado de una camioneta que estaba cargando combustible en el primer surtidor sobre la calle 19 de Marzo y quedó atravesado sobre la misma, con el conductor apoyado como inconsiente presionando la bocina.

El ruido del choque mas el bullicio insesante de la bocina del Peugeot, sacaron de la concentración a los guardias. El Ruso corrió desde la trompa del camión, noqueó al chofer (que era el único uniformado con las manos libres como para tomar su arma). Instantaneamente y sincronizados Cacho cruzó desde el puesto de diarios, se sumó a los de las motos que venían desde la playa de combustibles gritando que levanten las manos y amenazando con sus armas a los otros dos guardias, que soltaron las bolsas al piso. Los ladrones, desarmaron a los empleados del transporte y los obligaron a pegar sus caras al suelo mientras los seguian apuntando con las armas, ante la mirada sorprendida de los pocos transeuntes que reaccionaron huyendo o escondiendose. Mencho que ya se había bajado del auto, al que dejo tirado obstruyendo el tránsito, hizo amenazas a los empleados y clientes de la ESSO que respondieron arrojandose también al piso y tapando sus cabezas con las manos.

Capítulo III: “El escape”

Cacho y el Ruso tomaron las bolsas 4 rojas y 2 amarilas (estas últimas serían para pagar los peajes de la fuga). Se montaron a las motos, como compañeros de los dos que llegaron en ellas, mientras Mencho que seguía amenazando a la gente en la estación de servicio, se subío a la última moto y los tres rodados iniciaron la retirada por calle Ituzaingó en dirección al río. Cruzaron casi sin frenar en cada esquina, llamando la atención de unos estudiantes que llegaban al Club Paraná a su clase de gimnasia y bajaron por la barranca sin pavimentar hasta la Avenida Aristobulo del Valle, giraron una tras otras hacia la izquierda, bordeando el Club Náutico, a los pocos metros llegaron hasta la Avenida Rivadavia y doblaron a la derecha para llegar al final de la calle junto al río Paraná, dejaron las motos y se subieron a una lancha que los estaba esperando. Recién ahí comenzaron a escuchar en forma lejana, las sirenas policiales.

Cruzaron al otro margen, navegando en dirección del puente Zárate – Brazo Largo. Ingresaron al canal Irigoyen a baja velocidad para no llamar la atención. Kilometros mas adelante, pasando varios camping, llegaron hasta la casa de Rodrigo un viejo compañero de fechorias del Ruso que se había recluido en la Isla años atrás. En lugar de amarrar en el muelle, ingresaron a una pequeña darsena que tenía el predio. Los estaba esperando el dueño de casa, tan ansioso como ellos. Tomó el cabo que le arrojaron de la lancha y los sujetó para que desembarcaran tranquilos. “¿¿Todo bien??”, consultó Rodrigo. “¡¡Todo bien!!” dijo exultante el Ruso, levantando por el aire las bolsas con el botín. Pasaron rápidamente a la casa, donde se cambiaron de ropas y la usada iba a parar a una bolsa para descartar en la fogata del patio. Quitaron la lona que cubria la Renault Kangoo, que usarian de vehículo para la salida del país. En su techo ya estaban atadas varias cañas, para simular una excursión de pesca. Rodrigo destapó varias botellas de cerveza, para brindar por el éxito de la operación. Les entregó a cada uno su nuevo pasaporte y una heladera de tergopol con agua y sandwiches para no tener que parar hasta entrar a Uruguay. El Ruso, le dejó una de las bolsas amarillas para cubrir los gastos. La otra bolsa amarilla pasó a una mochila y las 4 rojas a un bolso de viaje color negro que cargaron en la parte de atrás de la Kangoo, se saludaron con un abrazo y el equipo se subió al utilitario para tomar la Ruta 12 en dirección a la Banda Oriental.

Mencho se hizo cargo del volante, con el Ruso de acompañante, Cacho y sus sobrinos atrás. Habían pasado mas de media hora conduciendo con precaución de no hacer ninguna maniobra que llamara la atención. Llegaron a Ceibas, pasando frente a la “Caminera” a 60km/h y siguieron ya por la Ruta 14 en dirección a Gualeguaychú. Cuando comenzaban a relajarse y a hablar entre ellos al llegar a una curva muy marcada en la zona de campos, un impacto en la parte de atrás del vehículo los sacudió y otro mas fuerte los sacó del camino, dando varias vueltas hasta caer sobre un sanjón de la mano contraria.

El Ruso intentó abrir los ojos, sentía en la frente un grueso hilo de sangre que corria lentamente. Se giro y vió a Mencho aplastado sobre el volante y que con su cabeza atravesaba la ventanilla. Es entonces cuando escucho que se abria la puerta trasera yuna voz que decia “Agarrá los bolsos”, intentó con suerte abrir la puerta, cuando pudo hacer pie en el barro de la sanja, alcanzó a ver una Ford Ranger negra con vidrios polarizados, que salía arando el pavimento en dirección a Buenos Aires. Tanteó el terreno para salir del lodo, cuando un explosión en la camioneta lo expulso un par de metros, fuera del alcance de las llamas. El Ruso despertó días después en la cama de un hospital de un pueblo cercano. Tenía varios huesos rotos y algunas quemaduras que lo demoraron en el lugar por varios largos meses…

Epílogo: “REFRANES”

Epílogo: “REFRANES”

Playa del Carmen, México, 2011.

Una vez sentado frente al Ruso, Portillo preguntó: “¿¿Hablar sobre qué??”. Roberto Vera lo miró inquisidoramente sin dejar de apretar el arma que llevaba en su cintura y dijo: “¿Quiero saber como supiste del laburo del Banco San Andres en el ´98?”. “¿Cómooo?” respondió entre sorprendido y confuso el dueño del Bar. “No te hagas el boludo Portillo…¿te la hago corta?”. Portillo asintió sin emitir palabra. “Alguien nos entregó para despojarnos del Premio. Tuve tiempo, cuando estuve internado después del choque, para rehacer el camino, como cuando era pibe y se me perdía algo que me importaba. Primero visité al tipo que me pasó el dato y seguía en la suya, laburando en la empresa de caudales. Fuí a la casa de las familias y novias de mi equipo, pero nadie sabia nada. Me tomó un tiempo, hasta que un día me di cuenta que donde habíamos organizado el atraco…tú Bar, era el único lugar al que todavía no había vuelto. Te imaginaras mi asombro cuando no te ví detras de la barra. Le pregunté a la piba, la sordita, donde estabas y mi asombro fue mayor cuando me dijo que un par de meses atrás le habías dejado el bar a ella, porque vos habías recibido una herencia y te ibas de Zárate. ¡Ahí me cayó la ficha!. Primero vos jamás regalarias algo, segundo vos te criaste en la calle como muchos de los que ibamos a tu boliche, que familia te iba a dejar una herencia, desde ese día te empece a buscar”…Los ojos del Ruso Vera se agrandaban e incendiaban mientras avanzaba en el relato. “¿Pero mirá que chico es el mundo Portillo?, viste ahora con esto de los teléfonos celulares y el Facebook. Un pibito hijo de un amigo mío, subió una foto de la playa en México, otra en un bar tomando algo con sus amigos y detrás de la barra un tipo igualito a Vos. Y me dije, esta rata, se patinó la guita y terminó haciendo lo único que sabe…servirle a los borrachos. Averigüé donde era el bar, me compré un pasaje y acá estoy”. La respiración del barman se aceleró, no tenía defensa, pero esbozó un intento: “Ruso…perdoname, estaba tapado de deudas y cuando me di cuenta que estaban tramando algo grande, les puse un micrófono bajo la mesa que usaban ustedes, para saber que era. Cuando escuche el plan, era mi única manera de zafar…pero acá estoy, como vos decis: atiendo borrachos. La plata se fue entre deudas y rajar para dejar atrás esa vida de boliche, pero las vueltas de la vida…estoy de nuevo tras la barra y lo que gano se va mas rápido de lo que llega”.

Roberto, que había escuchado atentamente a Portillo, relajó su rostro y torcio su boca en una mueca que pareció una sonrisa, por lo menos para los ojos del bolichero, el cual relajó sus hombros e hizo un gesto como pidiendo piedad. Entonces el Ruso interrogó: “¿Qué me querés decir, qué te perdone?”. Portillo probó con un refrán que se le vino a la mente y arremetió diciendo: “Bueno…el que roba a un ladrón…” “Tiene cien años de perdón” culminó la frase el Ruso Vera, lo cual provocó una sonrisa nerviosa en el otro.

Entonces, Roberto se levantó de un saltó de la silla, sin dejar de mirar a Portillo y ya con su revolver en la mano dijo: “Pero vos…no solo robaste, también mataste y me dejaste por muerto…y Yo…¡¡¡Y YO…NO CREO EN LOS REFRANES!!!”

FIN.

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