
Él, camino por las calles vacías de ese 1° de Enero, cargaba su mochila con el equipo de mate, compañía infaltable. Entro al club de la rivera, atravesando una línea de pinos y el aroma lo llevó por un instante a sus primeras vacaciones de niño cuando sus padres lo llevaron a Córdoba. Siguió por entre los sauces a la vera de los quinchos y encontró el majestuoso eucaliptus, que movía acompasando sus ramas, que parecen abriendo unos brazos gigantes que le daban la bienvenida a la playa de arena amarilla, como coloreada por un alumno de primaria. Acercó un par de sillas, se quitó la remera y sus zapatillas y camino hasta el río. Se tomó un momento con sus pies apenas humedecidos por el agua. El sol se levantó rojizo por detrás de la línea verde de árboles en la costa de la isla de enfrente, y su luz fue describiendo un brilloso camino sobre el agua hasta alcanzarlo, como invitándolo a transitarla. Entonces lentamente fue ingresando por el camino, comenzó a sentir las sensaciones refrescantes sobre su cuerpo hundiéndose en el agua, mientras el sol lo bañaba de la calidez de un abrazo fraternal. Cuando el agua le llegó a la cintura, se zambullo por completo. Entonces saco su dorso fuera del agua, y se acarició sus propios brazos escurriendo las frescas gotas sobre su piel, repitiendo varias veces una frase, un pedido: “que todo lo malo o lo que no pertenezca a este cuerpo…se lo lleve el agua” y sintió que comenzaba a sanar.
Ella, ese mismo día, despertó en una casa silenciosa, casi muda de festejos. Miró, por la ventana y contemplo un tímido sol que amagaba por aparecer, detrás de unas grandes nubes grisáceas. El horizonte lejano cortaba el cielo, para dar paso a una masa verde, inmensa e incontenible, que se agitaba ante sus ojos con finas líneas de espuma blanca que la invitaban a sumarse. Camino sola las dos cuadras de asfalto y edificios que la separaban de la playa. Cruzo tranquilamente la avenida aún circulada por escasos vehículos. Se descalzo para atravesar los metros de arena oscura y conchillas que la separaban del agua. Se sacó el pareo y lo dejo sobre sus ojotas. Cuando llegó al borde, un hola sutil baño sus pies y sintió un pequeño estremecer sobre su piel por lo frío del agua. El sol abandono su postura y se abrió paso entre las nubes, describiendo también un camino de luz brillante sobre el agua del mar, hasta llegar frente a Ella. La mujer lo recibió como un mensaje cálido y amoroso. Abrió sus brazos hacia el cielo en forma de agradecimiento y corrió hacia el interior del agua dando pequeños saltos entre las olas, que la alentaban con su murmullo y espuma. Se arrojó dentro de una gran onda y al salir del agua sacudió su cabello y su boca dibujaba una sonrisa por años postergada. ¿Sería esa la forma de reencontrar el camino a la felicidad?
Él, recibió la tranquilidad que le transmitía el río, esa masa de agua de andar sereno le daba paz. Ella, como el mar, vibraba con cada golpe de las olas sobre las piedras de la escollera cercana. Ella es fuego y Él es tierra. Él es calma y remanso, Ella es furia ondulante.
Pasaron los minutos y se hicieron horas, ambos con sus miradas puestas en el agua que los convoca a cada uno, con sus formas, con sus modos. Los incluye, los hace parte. Navegan a su ritmo y a su estilo…navegan. De pronto la luna, redonda y plateada sobre un cielo cada vez más oscuro los sorprende, otra vez un brillo de luz se abre camino sobre las aguas ahora negras. Un deseo a la distancia. Uno de cada uno. Tal vez la noche les traiga el descanso y sueñen un sueño único, unido.
Él es río, Ella es mar. Él es barro y Ella arena. Él es calma y Ella es inquietud. Él es razón y Ella es corazón.
Juntos fueron, juntos serán. Una mano entrelazada a la otra, caminando descalzos por una playa, río o mar. Recibiendo el calor del mismo sol, iluminados en la oscuridad por la misma luna.
