
Pablo cayó en la cuenta que esa frase que lo enojó tanto, la había escuchado por primera vez cuando tendría unos 8 o 9 años, y la recibió de parte del padre de un amigo. Él llegó hasta la casa de Hernán, su compañero de escuela primaria para jugar. El señor, luego de la presentación por parte de su amigo y en vistas que iban a jugar a la pelota, le consultó de que equipo era “hincha”. Y ante la respuesta del chico: “Soy de River”, el papá de su compañero lo interrumpió con un: “Pensé que eras más inteligente”, soltando una risa muy ruidosa. Luego le aclaró que era una broma, porque en esa casa eran todos de Boca, pero lo importante era la amistad y eso se construye más allá de las diferencias de gustos. Aunque igualmente Nelson, así se llamaba el señor, cada vez que podía le hacía alguna chanza sobre su equipo a Pablo, este entendió el juego ya de pequeño y le preguntaba a su Padre, que broma le podía jugar al papá de su amigo sobre Boca, cada vez que iba a su casa. Es más, luego ambos Padres generaron una linda amistad, la que atravesó las edades de sus hijos y se terminó cuando uno de ellos tuvo que ir a despedir al otro, en el momento que la vida le dijo, hasta acá nomás.
Pero volvamos a Pablo y esa frase. ¿Qué lo enfadaba ahora?, ¿que fue lo que cambio casi cuatro décadas después, para que reaccionara ante ella?. En la experiencia que le dieron los años vividos, comprendía que no son solo las palabras, sino que son quienes las dicen y las formas en como las expresan. Llegando a reflexionar, lo que había escuchado en una capacitación: “toda comunicación, tiene una intención”.
La situación que le tocó vivir a Pablo fue durante una tarde de Febrero, donde compartía unos mates junto a un grupo de personas, amigos y conocidos. Dispuesto a participar en conversaciones varias, siempre obviaba tocar temas profundos de la vida cotidiana, esos los dejaba para su mesa chica, donde el debate siempre era enriquecedor.
Esa vez, nuestro protagonista se permitió soltar, lo que él consideraba un chiste sobre una actitud de un gobernante de turno, donde este había tomado para sí, una medida que tanto cuestionaba sobre el funcionario anterior en su puesto.
Pablo dijo: “Los anteriores eran ladrones, estos sólo son…cleptómanos…jaja”.
Luego de su comentario, un participante de la ronda, que en varias oportunidades había intentado socavar los gustos y decisiones de Pablo, este le restó importancia a sus palabras.
Pero esta vez, cuando le lanzó la famosa frase:
“¡Te creía mas inteligente!”
El muchacho, no lo tomó solo un comentario al pasar, si no como una provocación. La expresión del atacante no dejaba lugar para un debate, cuando le bajó el precio a la calidad intelectual de este.
Pablo entonces, se levantó como impulsado de su silla. Los presentes se llamaron a silencio. Leo, un amigo cercano del agredido, mas allá de conocerlo un hombre de palabras y no de puños…vio bronca en sus ojos, pero no atinó a frenar lo que estaba por desencadenarse.
Todo lo que pasó luego, parecía ser transmitido en cámara lenta. Pablo inició con el primero de los cuatro pasos que lo separaban del atacante, apretando los puños y con sus ojos encendidos. En su cabeza, se le cruzaban las palabras con las que lo pondría en su lugar, destacando lo que había sido su vida, como por ejemplo: Que sintiera mérito por al apellido que portaba y los bienes que heredaría, llamándose solo a ser el hijo “de”. Que además teniendo miles de oportunidades al alcance de su mano, desaprovecho todas y cada una. Y ahora para poder destacarse, hacía comentarios provocadores sobre los demás, sin fundamento alguno…
Cuando ya había terminado su segundo paso, y con la vista puesta en su oponente, Pablo tuvo tiempo de reflexionar, que había sido agraviado en la que consideraba su mayor virtud, “la inteligencia”, la cual lo había llevado a desarrollarse personal y profesionalmente contra todos los pronósticos de su origen. Pero estaba a punto de responder una agresión con otra y esto no sería muy brillante de su parte. Ya que lo llevaría a un terreno de discusión con alguien que no estaba en su liga, mediante lo cual podría permitirle sacar todas sus frustraciones y hasta victimizarse ante su pensada respuesta. Fue entonces, cuando el tercer paso estaba iniciando que su cara se aflojó, sus ojos dejaron la furia atrás y brillaron como los de un chico que descubre la clave para encontrar un tesoro escondido. Se frenó en el lugar y le dijo:
“Che flaco, ¿me podes decir quién te dio el CARNET DE INTELIGENTE?”,
Luego, ante la no respuesta de su rival, Pablo giró y cuando volvía hasta su silla para seguir cebándose unos mates, le guiñó un ojo a su amigo, que aún no salia de su asombro.
Leo ya recuperado del momento, se acerco hasta Pablo y le murmuro al oído…”Creo que hubiese preferido que le bajes los dientes de una piña”. Y ambos rieron cómplices.
