
Pablo y Roxana. Disfrutaban sus charlas infinitas, donde convivían historias, experiencias, discusiones filosóficas y políticas, planteos sentimentales y reclamos. Pero siempre, terminaban en una risa compartida…Sería que esta relación, que no tenía nombre, por lo menos de los que atribuyen los mandatos sociales, ¿se trataba básicamente de una amistad?
En una de sus charlas, Roxana le preguntó por qué él creía que eran básicamente amigos. Pablo, no lo dudó y le dijo que para él la amistad se basaba en dos pilares fundamentales: uno era el amor y el otro, la lealtad.
Juntos habían leído un extracto de una nota a Jorge Luis Borges donde hablaba que: La verdadera amistad, se permite la distancia. En espacio y en tiempo. Y que el amor, el amor de pareja, se debía construir a diario, puede soportar la distancia, pero si no se lo alimenta en el día a día, tarde o temprano, desaparece.
Ellos eran una muestra real de eso, por años vivieron en lugares distintos, sin contacto ni siquiera telefónico. Pero cada encuentro casual, donde fuera, los envolvía un aura de alegría y el tiempo se detenía para contarse sus cosas y despedirse con un fraterno abrazo y buenos deseos. Hasta que…se decidieron a decirse lo que años habían callado, y ese amor de amigos, fue amor de amantes, fue amor.
Roxana volvió a preguntar, pero ahora específicamente por la lealtad como piedra fundamental en la Amistad, ya que entendía a qué se refería sobre el amor de amigos. Pablo hizo un breve silencio para buscar en su memoria, para traerle un recuerdo con su Padre. Arrancó comentando que él estaba por terminar la escuela Primaria y lo pasaron a buscar dos chicos por su casa para ir a dar una vuelta por el Centro, eran compañeros de la escuela y del Club. Entonces continuó Pablo: “cuando caía la tarde, y llegué a mi casa, me estaba esperando en la puerta mi Viejo. Al verme llegar solo, me consulto por los otros dos chicos. Yo, dudé un segundo en responder, pero fui sincero y dije, NO SÉ. Mi Viejo volvió a preguntarme, ¿cómo que no sabes? ¿No volvieron juntos? La verdad es que yo entre a preguntar por unas zapatillas en EL MUNDO DEL DEPORTE y ellos se quedaron afuera. Cuando salí los busqué dentro de otros locales en la cuadra y no los encontré y decidí volver para casa, porque no quería volver muy tarde (eran tiempos de Dictadura Militar). Mi Viejo me miró muy serio y me dijo, no te esperaron. Yo traté de defenderlos diciendo, tal vez vieron la hora y como yo tardé un rato, se fueron. Mi Viejo insistió con: “No te esperaron”. Y continuó “mira Pablito, yo no los conozco mucho a estos dos pibes, pero si se les hacía tarde y habían ido los tres juntos, mínimamente te tendrían que haber avisado. Sabes que pasa, si no te esperan cuando salieron los tres juntos y ni te avisan que te dejaban solo, imagínate si alguna vez estás metido en algún lío o en una pelea, o tal vez te estén robando…vos crees que estos te van ayudar o defender. Pensalo, con amigos así”. Me dijo y se fue para adentro.
Roxana, que lo miraba a Pablo en su relato, no reparó en concluir: “Un sabio tu Viejo”.
Pablo retomó diciendo: “¿y sabes qué? No pasaron ni dos meses que lo pude comprobar. Fuimos a jugar un partido de fútbol al campito del Ombú, donde ahora está la cacha de Rugby del Arsenal, contra el otro Séptimo. Y a mí se me ocurrió llevar la pelota N° 5, que había ganado con el álbum de figuritas, como era un partido picante. Llegamos, armamos los arcos con unos cascotes y empezó el partido, del que solo recuerdo que íbamos ganando, hasta que aparecieron unos grandotes de secundaria. A algunos los conocía por ser ex alumnos de mi escuela, pero a los otros no. Se metieron de pesados en la cancha, manotearon la pelota y empezaron a sacarnos a los gritos y empujones, que ahora venían ellos y nos teníamos que ir. Yo, envuelto en impotencia, me paralice por un momento. Pero no tuve más remedio que ir a reclamar lo que era mío sin dudas, que era la pelota. Los del otro séptimo, desaparecieron inmediatamente. Internamente sabía que solo podría contar con el apoyo de los que vivíamos en el mismo barrio y jugábamos en el mismo Club, los demás eran compañeros NO amigos. Pero solo sumábamos cuatro, incluyéndome. Cuando me enfrente al que se había hecho de la pelota, se me rio en la cara. Yo apenas tenía doce años y ellos quince…encima cuando miro para atrás solo Rubén se había quedado a hacerme el aguante, el resto del equipo, precisamente, los dos que me dejaron solo en el Centro, también se borraron, como lo predijo el Viejo…Después de un rato de intentar negociar con los de secundaria, no sé si se apiadaron o los convencí con mi relato, pero me devolvieron la pelota y nos echaron despectivamente del campito con un simple: “Raja de acá Pendejo, que tenemos que jugar”. Lo mire a Rubén, agarramos mi bici, nos subimos y salimos disparados para casa. En el camino, luego de un rato de silencio, recuperamos el habla para decir: “Cómo nos dejaron solos estos traidores”.
