
A mediados de los 70, para los chicos de la cuadra, las vacaciones de invierno, lo único que tenían de vacaciones era…no ir a la Escuela.
Por la mañana dormir hasta que las madres decidían que ya habían dormido suficiente, los levantaban para desayunar y preparar la lista de compras en el almacén o panadería del barrio, para tener alguna actividad que los mantenga distraídos hasta que se hiciera el medio día, para almorzar viendo en la tele en blanco y negro: Los tres Chiflados o Batman.
El tema era la hora de la siesta, porque las actividades deportivas también se suspendían para los de categorías infantiles. Y solo se abría el Club para el entrenamiento de los equipos mayores a partir de las 7, cuando ya empezaba a caer la noche y sus padres no los dejaban andar por la calle, como lo hacían en verano. Entonces decidieron que algunas tardes cuando el cuidador del Club no estaba, se colarían saltando el portón principal y consiguiendo que algún amigo pudiera llevar la pelota de su casa, tenían asegurado el entretenimiento, además de la adrenalina de tomar para ellos el control del campito entre el playón y la cancha de Fútbol.
Pero parece que algún vecino se quejó (en realidad alcahueteo) con un dirigente que vivía frente al Club y este tomó la decisión que el cuidador, se quedará toda la tarde, incluida la siesta, para que los pibes no rompieran nada. En ningún momento fue tema de discusión que alguno se lastimara jugando, sin la presencia de algún adulto responsable que lo pudiera asistir (eran otras épocas).
Parecía que las tardes iban a ser eternamente aburridas esas vacaciones, hasta que uno de los pibes de la cuadra consiguió una pelota de goma y les dijo de jugar en la calle frente a sus casas. La mayoría del grupo vivía sobre la calle Juan B. Justo entre Avellaneda y Andrade, que estaba recién pavimentada y las esquinas estaban bloqueadas al tránsito de autos con dos montañas de tierra.
Los cuatro que vivían sobre la cuadra formaron un equipo (Luisito, Rubén, Claudio y Diego). Los otros cuatro que vivían en las calles aledañas formaron el otro (Pato, Marcelo, Guille y el Cabezón). Iniciaron el partido y a poco de comenzado, ya con varios pelotazos a las paredes frontales de las casas, mas algún gol gritado como si fuera la final de una Copa, provocaron que un par de viejos de la cuadra, salieran en pijamas a la calle quejándose que no podían dormir la siesta por el barullo que metían los chicos. Partido suspendido por la autoridad…de los mayores.
¿Qué hacer hasta que los viejos se levantaran de la siesta? Luisito invito a ir a su casa, ya que sus tíos (muy mayores) con los que vivía, tenían sus habitaciones sobre la calle. La construcción, era de las típicas casas chorizo. En su frente un ventanal (sin rejas), una puerta principal de madera y un portón a la calle del garaje, que se usaba como entrada adicional. El terreno que ocupaba llegaba hasta la mitad de la manzana. La casa en sí era pequeña, con lo que le quedaba un espacio enorme al fondo, que limitaba con las casas linderas con tapiales bajos o alambrados.
Ya instalados en el fondo de la casa, el grupo se preguntaba a que jugar. No había espacio ni para jugar un “cabeza” con la pelota, ni siquiera un “mata sapos”. Ya que el gran espacio del fondo, estaba cubierto en su mayoría con árboles de cítricos. Naranjas, limones y mandarinas, que habían plantado los viejos Tíos del anfitrión. Hasta que Marcelo tiró la idea de un juego que le había contado su hermano mayor, que estuvo en una Colonia de vacaciones del Sindicato al que pertenecía su papá. Y comenzó explicando: “En la colonia, los dividían en dos Tribus. Unos eran los Rojos y los otros eran los Azules. Competían en distintos deportes y juegos, el equipo que más punto sumaba final sería el Campeón”. Mientras la mayoría lo escuchaba atentamente, ya que era uno de los más grandes (con 10 años), el resto tenían entre 8 y 9. Hasta que el Pato lo cortó diciendo: “Bueno, todo muy lindo, pero que juego podemos jugar acá”.
Entonces Marcelo continuó: “el juego que creo que podemos jugar acá se llama ZAFARRANCHO DE COMBATE”. Los demás se quedaron en silencio, porque los sorprendió con el nombre y con sus ojos grandotes y las bocas entreabiertas invitaron a que siguiera con la descripción. “Separamos en dos grupos. Uno equipo se para al fondo del terreno y el otro donde empieza (señalaba con sus manos cada extremo del lugar). El objetivo es alcanzar el banderín del otro equipo. Los dos banderines (o trapos en este caso) van a estar colgados y separados unos metros uno del otro, a la mitad del terreno y los jugadores tienen que llegar a tocar el banderín, sin que lo toquen los contrarios. Si los tocan, quedan eliminados. El equipo que lleguen más jugadores a tocar el banderín…GANAN”. Uno de los chicos entonces preguntó: “¿Tocarlos cómo?, ¿con las manos, como cuando jugamos a la mancha?” Entonces Marcelo, giró la cabeza de lado a lado, negando esa forma y continuó: “No, con las manos no. Tiene que ser con un objeto, que haga de proyectil, pero tenemos una sola pelota así que…”. Claudio que era el más chico del grupo, dijo: “¿Con cascotes? (ya que el fondo era de tierra). “Noooo” lo pararon entre todos. Entonces Marcelo señaló el piso, pero debajo de los árboles, donde había fruta que había caído al piso luego de la tormenta días atrás y sentenció: “Que mejor proyectil que toda esta fruta caída y que nadie va a comer. Vos Luisito que sos el dueño de casa, ¿tenés algún problema? Y Luisito, que como todo el resto del grupo le gustaba la aventura, cuando más sucia…MEJOR, dijo: “¡Por mí!” y levanto los hombros en señal de, que me importa. El resto inmediatamente se puso de acuerdo y se separaron como anteriormente: La tribu de la calle JUAN B JUSTO, sería un equipo y los vecinos, serían los rivales.
“Arrancamos. Preparados…Listos….Yaaaaaa”.
El combate empezó tímidamente, ninguno se quería arriesgar a ser la primera víctima de la lucha. A los minutos todo era un caos, los naranjazos y las mandarinas aboyadas volaban de un lado hacia el otro. Gritos de aliento y de reclamo cuando alguno había sido golpeado por un proyectil y no se daba por eliminado.
Fueron intensas las escaramuzas. Entonces varios de los guerreros de cada Tribu, dejaron sus pulóveres o buzos de lado, porque habían entrado en calor, como si estuvieran corriendo un Maratón.
De pronto, un grito con voz de adulto: “¿PERO QUÉ CARAJO ESTÁNDO…#%&@@? Era la voz de uno de los tíos, que además se agarraba la cabeza al ver cómo había quedado el fondo de su casa. Ya qué en el fragor de la batalla, los pequeños guerreros (SALVAJES, según palabras del Tío), al quedarse sin municiones del piso, recurrieron a las mandarinas maduras que aún estaban en las plantas.
El aroma en el ambiente era inconfundible (no era Napalm), era el olor de las cascaras de mandarina, que habían golpeado a cada uno de los chicos, como así también con cada objeto que se cruzara en su trayectoria.
“MANDENSE A MUDAR…CADA UNO PARA SU CASA Y NO VUELVAN”, volvió a gritar el Tío enfurecido. Pero eso no fue lo que más asustó a la Tribu, si no que cuando lo vieron al Cabezón…no lo podían creer. El muy salame, se había sacado el buzo y abajo tenía la remera Adidas, blanca con las 3 tiras y logo en color negro, que le habían regalado los padres la semana anterior y este se la había puesto para jugar. Su cara lo decía todo “En casa me matan”, la remera nueva era un colaje de infinitas marcas circulares naranjas. El Cabezón, tomó aliento y se fue despacito y mirando el piso para su casa. A Luisito lo mandaron para adentro, en penitencia. El resto de los chicos, nos quedamos un rato en la puerta, hasta que se hizo la hora de ir a tomar la leche, cada uno en su casa. Poniendo hora para el encuentro del día siguiente para jugar. Pero al día siguiente, solo fueron cinco, ya que el Cabezón no apareció. Ni ese día, ni ninguno de los siguientes días de esas Vacaciones…
Los chicos decían que la Madre, a pesar de ser profesora de dibujo y pintura…no logró entender el arte logrado en la remera Adidas blanca.
