LOS CABALLEROS… NO TIENEN MEMORIA

A meses del año 2000, Pablo tuvo la oportunidad de pasar al área comercial de la bodega. Para capacitarse en el tema, estuvo un mes concurriendo a una consultora enviado por la Empresa. Luego, nuestro protagonista, encontraría en uno de sus compañeros del equipo de ventas, que se destacaba por su capacidad y la forma de transmitir conocimientos, la guía definitiva para su nueva función, pero también una voz filosófica que le dejaría frases que lo acompañarían los años siguientes.

Horacio “el gordo” Cepeda, era uno de esos personajes creíbles y queribles. Muy hincha de River, pero hablaba lo justo y necesario de fútbol, lo suyo era la pesca y a pesar de vivir en La Tablada, tenía su lancha amarrada en el Club de Pesca de Lima, entonces sus encuentros en el Café, que Horacio usaba de Oficina, Pablo siendo de Zárate, amante del Río Paraná y también simpatizante de River Plate, encontraba en esos dos temas que lo vinculaban al muchacho, el material con que arrancar cada charla, para luego empaparlo de sus estrategias de ventas. A Pablo le llamaba mucho la atención qué dentro de los planteos para iniciar una operación, para el Gordo era fundamental, la manera de vincularse con las personas, a la cual se refería como su mejor forma de concretar una negociación. Iniciaba el primer encuentro analizando desde cómo estaba vestido el posible comprador, alguna foto en su escritorio o algún objeto que decoraba su oficina, esto sin lugar a dudas le daría el indicio por donde iniciar la charla (fútbol, pesca, familia, etc.) para transitar por un camino fuera de lo profesional que los ponga de acuerdo y luego eso los lleve a buen puerto comercial.

Pero Horacio, no era solamente un gran conocedor de las conductas humanas para la compra venta, no. Era un tipo con mucha calle y obviamente noche. Ya todo un hombre de familia con sus cincuenta años y un par de hijos adultos, seguía siendo un gran seductor, lo cual seguramente le sumaba un atributo más a su faceta comercial.

En una de sus tantas charlas de café, Pablo notó que una joven camarera lo atendía a Horacio con una forma más cariñosa, que al resto de los clientes habituales…y no de forma filial. Por lo cual, ante un comentario del Gordo y la devolución de una risa picara acompañada de una leve caricia sobre su hombro de la moza. El joven, lo miró fijamente a su compañero, para luego guiñarle un ojo y un pequeño cabeceo hacia la dirección de la muchacha. Horacio lo paró en seco diciendo: “Ahhhh NOOOO Pablito, ¿que buscas?, acá no hay tema del que hablar” y continuó: “Te voy a dar dos premisas que mantendrán esta relación sana. La primera: LOS CABALLEROS, NO TIENEN MEMORA. Segunda y no menos importante: HOMBRE ES EL QUE GOZA Y CALLA”. El tema no pudo quedar mas claro para Pablo, que además de tenerlo como referente comercial, tomó ese código interno como un consejo paternal de su veterano compañero.

La charla siguió sobre la capacitación diaria, pero a Pablo su mente lo llevó una década atrás, en sus inicios profesionales en la oficina técnica del taller de mantenimiento de la Fabrica local, le tocaba compartir la cafetería, devenida en cuarto de mates con un grupo de supervisores del taller, que cada lunes en su momento de descanso, sacaban a pasear su “machismo” contando historias de levantes (incomprobables), para ver si podían hacer pisar el palito a el muchacho y que contará su experiencia de fin de semana. Ya que con sus recientes 20 años y soltero, obviamente hacía gira por los boliches de la ciudad. Entonces, se complotaban utilizando como artimaña para que cuente algo personal, poner en duda su hombría. Pero Pablo se mantenía inmutable, un poco por timidez y otro tanto porque le daba vergüenza ajena, los comentarios de sus colegas unos años mayores que él y en alguno de los casos, formalmente casados, “Que necesidad, la de estos tipos” se decía para sí mismo.

(Entonces cayó en la cuenta, que los códigos que pregonaba Horacio, él los ponía en práctica desde esa experiencia). Pero su cabeza fue nuevamente a ese momento del cuartito de mate, cuando acosado por sus compañeros y ante su negativa a hablar, llegó al rescate el Gerente del sector, Carlos. Charly o el Viejo, para el equipo de supervisores, por su actitud paternal que tenía sobre su Gente. Era un cincuentón con gran porte y elegancia más una voz de locutor radial, pero que había enviudado ya hacía varios años. Dentro del equipo, los muchachos comentaban que tenía un par de novias y hasta rumoreaban como viejas chismosas que sus conversaciones telefónicas con una secretaria de administración, otra señora de su edad, eran más que charlas estrictamente profesionales…pero Carlos no soltaba comentario. Cuando Charly entró al cuartito y con su vibrante voz les dijo: “Che, a ver si dejan de molestarlo a Pablito con sus chusmerios” todos detuvieron sus cuestionamientos e hicieron silencio, hasta que uno de los supervisores aprovecho el comentario del Jefe y le dijo: “Bueno…buenoooo…pero ya que no querés que hable el pibe, habla vos, ¿qué tal el fin de semana Viejo?, ¿la pusiste?” Y todas las miradas y oídos atentos fueron sobre él. A lo que Carlos muy sonriente, en forma irónica y evasiva le contestó: “¿Ponerla…un Viejo cómo Yo?..Si hace tanto que no doy un beso, ¡que ya no me acuerdo si se chupa.. o se sopla!

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