Pasado el mediodía de un jueves de Febrero de 1975, desesperadamente caluroso, luego de almorzar y ante el desconocimiento de su familia, Roxana la menor de tres hermanas, en lugar de dirigirse a la habitación, abrió la puerta que daba al patiecito interno y cerró sigilosamente la puerta detrás de ella para no llamar la atención de sus padres.
Su plan, ya estaba en marcha.
Tomó las municiones que había escondido a la mañana, en el galpón donde se guardaban las provisiones de la casa que no necesitaban conservarse en la cocina, cuando regresó de completar la lista de los mandados que le había dado su madre. Las colocó cuidadosamente en un recipiente y subió por la escalera construida de cemento, lentamente, para evitar que alguna se detone antes de usar.
Ya en la azotea de la casa, se dirigió hasta el lugar elegido.
La casa llegaba hasta la esquina Noreste de la manzana y remataba en la ochava de las calles Juan B. Justo y Avellaneda, donde el padre de la protagonista tenía un pequeño bar, que permanecía cerrado desde el mediodía hasta las 7pm, motivo por el cual le daba certeza que nadie escucharía sus movimientos sobre el techo.
Ya ubicada en el lugar preciso, el que había analizado al detalle, en los días previos.
La terraza contaba con una pequeña pared que apenas superaba el metro de altura y le daría el espacio propicio para parapetarse y esconderse de la mirada de algún curioso, que la delate ante su objetivo.
Extendió una lona sobre el piso para sentarse a esperar y protegerse del calor que emanaba del techo. Las largas y frondosas ramas del paraiso que crecía en la vereda, la mantendrían fresca a la niña con su sombra.
Ella, también había tomado la precaución de vestirse con ropas claras para soportar el calor y envolvió sobre su cabeza, de cabello negro azabache y corte cortito, a lo varón, con una toalla blanca que había humedecido con agua previamente y la sujeto en forma de turbante. De esa manera también se mimetizaría con las sábanas blancas recién lavadas, que se secaban al sol, colgadas de una soga que estaba sujeta a dos postes metálicos, obra de ingeniería realizada por las manos de su Padre.
Llegó el momento de poner a prueba su paciencia, miró la hora en su pequeño reloj pulsera de plástico color rojo y aún faltaban 20 minutos para las 2pm, la hora precisa en la que el invasor del barrio llegaba en su vehículo, marcando el toque de queda con su silbatazo y gritos acompasados, que al escucharlo, los Padres enviaban a los mas chicos a dormir la siesta o quedarse dentro de las casas sin emitir sonidos o pedido alguno, que interrumpiera el descanso de los mayores.
Pero ese día, ese jueves, Roxana tomaría revancha y propondría una revolución en la Tribu de su barrio.
Sólo restaban unos pocos minutos para saber si la seguirían en su misión.
Volvió a chequear la hora, faltaban aún 10 minutos.
Revisó las municiones y se preparó.
Miró por encima de la baja pared y vio que el sol caía con dureza sobre la bocacalle y reflejaba con mayor brillo en la dirección desde donde vendría su objetivo, lo cuál, haría que su visión no tenga mucho alcance y así no pueda detectar de antemano, el puesto de la Francotiradora.
Volvió a esconderse, y a la tarde sorda de ruidos de motores y transeúntes, la interrumpió el chillido de una chicharra (cigarra), que anunciaba una temperatura aún mas elevada para esa tarde de verano.
Arrodillada, como meditando junto a las municiones, la preadolescente aguardaba. Visto desde afuera de la escena parecía una joven rebelde de Medio Oriente, esperaba hacer justicia sobre las fuerzas invasoras imperialistas, pero nuevamente el ruido emitido por las chicharras, nos indicaba que era Zárate y su calor húmedo que subía por las barrancas del Río Paraná de las Palmas y no se trataba de Beirut o Bagdad.
Ahora, el lejano ruido metálico de un silbato, pone en guardia a Roxana.
Sus grandes ojos marrones, se hacen enormes.
Un nuevo silbatazo, le dibuja una sonrisa y su bello rostro de muñeca, ahora transpirado, toma un brillo diabólico.
Era cuestión de esperar el momento perfecto. Entonces, apenas asomó su cabeza por sobre el paredón y vio acercarse el carromato metálico de tres ruedas y divisó la cara de su conductor, era Él.
Si Él, ese adulto que con voz rasposa y sus gritos, humillaba a Roxana y toda su Tribu.
El carro, detuvo su marcha al llegar a la intersección de las calles, justo debajo del puesto de tiro.
La Francotiradora, tomó prudentemente las municiones, cargó su arma y cuando el invasor comenzó a gritar su arenga:
“PALITOOOO, TACITAAAA, BOMBOOOON, HELAAA…..”
No alcanzó a terminar su frase, cuando le explotaron una tras otra, varias bombitas de agua…que lo sacaron del asiento del triciclo y lo dejaron aturdido y empapado.
FIN
Escrito por: Diego Paolinelli ( seguir en Facebook e Instagram )
Ilustrado por: Negro Godoy

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Mi bueno querido Diego!!! Me llevaste a los veranos de mi adolescencia y las guerras de bombuchas con amigos y amigas
Gracias Doc!!!
Entretiene y genera misterio hasta el final con un descelance simpático y fresco! Lo recomiendo!
Muchas gracias Dani!
Me encantómuy 70 y 80 la recreación que me trasmitiste. El barrio. Hermoso.
Muchas gracias Ceci!
Muy lindo!
Muchas gracias Laura!
Es una hermosa historia en la cual me sentí representado , en alguna oportunidad fui el francotirador jajajajaja
Grande Diego traes a laente momentos e nuestra niñez Hermoso
Muchas gracias querido Rubén!!!
Excelente final, no me lo imaginaba, me sorprendió e hizo reír, y remontar a épocas carnavalescas de bombitas y baldazos de agua, luego de crearme suspenso con la mención a Bagdad y Beirut!!
Felicitaciones Diego muy bueno!!
Muchas gracias Diana!!!
Muchas gracias Diego!!! Muy emocionada por ser la protagogonista, me encantó! Hermosa niñez. Te quiero mucho El cuento es muy real.
Gracias Ro! Por ser parte de esos hermosos recuerdos.
Que tiempos ersn esos, de diferentes vivencias a las de hoy. Muy bueno.
Gracias Claudio!
Me parece que fuera el mismo heladero… Mi hija lo esperaba en la ventana de la ochava de Ituzaingo y Roca.
Gracias x comentar Carlos!!!