PASAJEROS DE UN EXPRESSO

Corría la década del 90 y Pablo había tomado la decisión de probar suerte dejando su trabajo rutinario de Oficina. Cambiado los horarios fijos, las camisas planchadas, corbatas y sacos, por hacerlo como encargado en una cafetería céntrica de la ciudad durante el turno noche.

La verdad es que no conocía mucho, por no decir nada del rubro, solo se sabía cansado de los años de empresas y mientras definía su futuro, retomar estudios o tal vez generar algún emprendimiento personal, la barra del bar le daría la oportunidad de incorporar, además de otra experiencia laboral… una nueva visión de la sociedad que lo rodeaba.

Después de muchos años de alarmas en su reloj despertador, tuvo tiempo para un desayuno relajado, ver la mañana desde la ventana de su casa y hasta volver a ejercitarse. Por eso cuando pasadas las 6 de la tarde se ponía en camino para tomar su turno en el bar mochila al hombro, las diez cuadras que lo separaban las hacía con la esperanza que algún cliente le compartiera alguna historia divertida o dramática, que le diera vida a ese viaje hasta la medianoche.  

Algunos pasaban horas alrededor de un pocillo de café, resolviendo conflictos ajenos, proponiendo políticas económicas o definiéndole el equipo entrenador de la Selección.

 Cada uno con su historia a cuestas. Algunos se permitían un chiste para con el Muchacho, como lo hacía Carlos, un Ingeniero del parque Industrial a punto de Jubilarse, que desde la mesa que compartía con algunos colegas de la fábrica, le decía: “¿Sabe por quién sus padres le pusieron Pablo?…a lo que el joven respondía con ingenuidad y simpatía, dando pista libre para el comentario “La verdad es que no sé Carlitos”…y el veterano arremetía con una gran sonrisa diciendo: “por Pablo Picasso…porque Ud. de chico PINTABA bien…y bueee, terminó acá jajaja”. El barman y el resto festejaban la ocurrencia.

También estaban los visitadores médicos, que lucían trajes impecables, como si tuvieran un casamiento o cumpleaños de 15. Se arrojaban indirectas, respecto del laboratorio al que representaban, los vehículos que manejaban y la ruta zonal que atendía cada uno…pero el tema era a la hora de pagar lo consumido…todos buscaban en los otros alguno que invitara la vuelta, lo cual nunca ocurría.

Funcionarios públicos, qué desde su llegada al bar, hacían la vista gorda cuando algún vecino estacionaba en lugares prohibidos u otras infracciones leves…porque ya estaban fuera de su horario de gestión.

Pablo, era un joven muy conversador. Pero entendió qué para muchas personas, la barra del café, era como el diván de terapia. Entonces, dio pie a la charla a sus parroquianos, pero decidió escuchar más y hablar menos. Así generó una relación muy estrecha con los que preferían la barra en lugar de las mesas, de esa manera compartirían sus historias y conceptos con el joven. A los que Él llamó “Pasajeros de un expresso”.

Pablo, de esas historias, a pesar que pasaron más de veinte años, eran tres las que siempre compartía con su grupo de amigos:

Pasajero 1: EL ROSARINO ROMANTICO

José, era el Gerente de ventas del interior de una Empresa de bebidas. Cada vez que tenía la reunión mensual en la Zona, hacía noche en un hotel a la vuelta del bar. Y siempre concurría a la noche a tomar su café con algún miembro del equipo antes de ir a dormir y retornar a su Rosario natal al día siguiente.

Cierta noche que vino con un joven vendedor, que hacía poco se había sumado a su equipo. Iniciaron hablando de la reunión laboral, donde el Jefe le reconoció al nuevo su presentación y que le gustaba mucho la confianza que había mostrado ante cada consulta. Luego comenzaron a hablar de cuestiones personales y familiares, pidieron un segundo café y fue entonces que el muchacho se atrevió a confesar que él no creía mucho en el matrimonio y prefería disfrutar su soltería y no concentrarse en una sola mujer. Pablo, que era un espectador de lujo de la charla, sabía que José tendría una respuesta desde su perspectiva de hombre de familia, así que luego de hacer un silencio ante el comentario del vendedor dijo: “Nene, que fácil la tuya”…a lo que el joven con cara de no entender preguntó: “¿por qué?”… y José sentenció con: “Porque es mas fácil seducir a mil mujeres de la misma manera que….seducir mil veces distintas, a la misma MUJER”

Pasajero 2: EL PIZZERO URUGUAYO

Mario había llegado a la Argentina desde Montevideo Uruguay a fines de los ochenta. En su familia había una larga tradición gastronómica y al poco tiempo de afianzarse, abrió una pizzería sobre una de las Avenidas en el centro de la ciudad, y estaba ambientada como una cantina. El uruguayo era de una estatura mediana, pero lucía un gran bigote negro que remataba en sus extremos en un rulito hacía arriba, con el gorro de cocinero blanco, era la imagen propia de las caricaturas del Pizzero italiano. Con Pablo habían logrado generar una gran confianza a través de uno de los mozos de la pizzería, que era compañero de fútbol del barman. A veces pasaba a tomar unos mates por el negocio de Mario antes de ir para el bar y el uruguayo hacía lo propio al final de la jornada y cerrar, pasaba por un café (y a veces whisky), antes de ir a dormir a su casa.

Un lunes de verano, el día que tomaba de franco la pizzería, lo sorprendió a Pablo ver entrar al bar a Mario. Este se fue directamente para la barra. luego de saludar y pedir su café en jarro. Le dijo: “Pablito, no sabes la que me paso anoche”, con los ojos grandotes y su bigote estirado por una gran sonrisa que no le cabía en su cara. Así que el muchacho, puso el jarrito frente al recién llegado y no pudo con su curiosidad y lo invito diciendo: “contaaaa”.

Mario: “¿viste que nosotros durante el verano los fines de semana, armamos casi todas las mesas en la vereda?”. Pablo solo asintió con la cabeza, para no interrumpir y que este continúe con la historia. Y continuó: “Bueno, tenía todas las mesas completas, serían las 9:30, antes de las 10 seguro. Ya estaban casi todos atendidos y comenzando a comer cuando, un pibito empezó a pasar con unas de esas motos nuevas (tipo enduro o cross), que hacen un ruido terrible” Pram pam pam prammmm, intenta imitar con su voz algo gutural, para continuar. “Iba hasta la esquina, doblaba en el bulevar y volvía a pasar. Te juro que me hervía la sangre, toda la gente lo miraba, pero re calientes porque no podían ni hablar por el ruido. Hasta que una de las pasadas quiso levantarla, ponerla en una rueda, a los pocos metros perdió el control y se fue al piso. El por un lado y la moto por el otro (por suerte no venía nadie). Así que deje la bandeja sobre una de las mesas y fui corriendo hasta al lado del Pibe y le pregunte si estaba bien, a lo que me hizo que si con la cabeza”…,hace una pausa y cuenta que “Le volví a preguntar, ahora con un tono de voz mas fuerte si estaba bien, a lo cual me respondió que SI…y no pude contenerme, me salió de adentro con todas las ganas, casi gritando le dije….MENOS MAL, y quédate tranquilo que…NO SE DIO CUENTA NADIE QUE TE CAISTE….SALAME…. y todos los clientes estallaron en una carcajada y me ovacionaron como a Francescoli con un U RU GUA YO…U RU GUA YO!!!”

Pasajero 3: EL DOCTOR DEL AMOR

El doctor Jorge Luis, era un caballero de gran porte. Desde su metro ochenta y voz potente imponía un respeto más allá del título y profesión. Separado, desde muy joven y compartiendo la crianza de un solo hijo, que luego había emigrado del País a estudiar a Norteamérica. Nunca volvió a formalizar y todos en el pueblo rumoreaban sobre su espíritu de Don Juan. A poco de entrar en sus setenta años, había encontrado en el joven del bar, un oído cómplice que no cuestionaba sus andanzas de mujeriego. Y que entendía que la Mujer de su vida…había sido la Madre de su hijo.

A pesar que circulaba por las mesas del café con algún amigo o colega, normalmente se acercaba a la barra cuando era el turno de Pablo, para saludarlo formalmente y aprovechar a despacharse con algún elogio para con el muchacho, porque según relataba era el único que le hacía el café como a él le gustaba. Pablo íntimamente sabía que lo que le gustaba al Doc era la charla que acompañaba ese café acodado en la barra.

Siempre con comentarios llenos de filosofía de alguien que ha vivido y con un humor poco común, también le dejaba máximas para el barman a tener en cuenta, ya que en esa época Pablo era soltero: “Mira nene, toma en cuenta que ahora las chicas te ven como el soltero codiciado…si te cuidas más adelante, te pueden ver como un galán maduro…pero si no concretas, en algún momento te van a decir Viejo tr@l&” y largaba una gran risotada.

Pero Pablo nunca dejará de recordar esa tarde / noche que venía algo tranquila y vio entrar al Doctor que se detuvo en una de las mesas, donde habitualmente paraban los visitadores médicos. Se agacho hacia estos y les dijo algo en voz baja…los demás escuchaban atentamente, luego se enderezo y les hizo un gesto de reprobación y continuó hasta la barra donde tomó una banqueta y se sentó sin emitir palabra. Al joven barman le llamó la atención esa postura y trató de entusiasmarlo llevándole su café (como al le gustaba), sin necesidad de pedirlo. “Aquí tiene Don Jorge y buenas noches” dijo el muchacho con una sonrisa para el recién llegado. “Hola Nene, perdón…que falta de respeto, buenas noches y gracias por el café” dijo el Doctor. Pablo, decidido a cambiar la onda, le preguntó si estaba todo bien. “Si, si” respondió el veterano, que miró para los costados y al ver que había poca gente y podía conversar tranquilo con el joven, continuó: “No sabes lo que me pasó ayer…viste que te conté que tengo el consultorio al lado de mi casa…cuando terminé de atender al último paciente, lo acompaño a la puerta y me iba para mi casa, justo pasa por la vereda una VIEJA AMIGA”. Pablo asintió con la cabeza y se le dibujo una sonrisa pícara, para que continuara el relato sin interrupciones. “Bueno, no tuve más remedio que saludarla y no sabes cómo estaba vestida, encima nosotros habíamos tenido una historia…que no sé bien porque no continuamos…pero no me quiero ir por las ramas. Ella fue directa, me pregunto si había terminado de trabajar y que iba a hacer. Entonces le dije que iba a cocinar en casa y si ella quería era bienvenida. Así que entramos, se puso cómoda y yo me puse a cocinar. De paso me iba a preparar para el postre…¿me seguís?. Y como no quise fallarle a la piba (la PIBA tenía cerca de 50, pero para sus 70…era una piba). Así que me dije voy a recurrir a la más importante incorporación de la Industria farmacológica, así es….a la pastillita azul. Y para no exponerme con la compañera, me acordé que el Negro Agustín (uno de los visitadores médicos habitué del bar), me había regalado una versión masticable, y me dijo que hacía efecto casi de inmediato. Así que mientras le servía una copita de vino a la joven y yo terminaba de cocinar, comencé con el supuesto chicle”. Entonces el doctor hace una larga pausa y mira hacia la mesa de los visitadores médicos. Pablo, no pudo con la curiosidad y se permitió la pregunta: “Y Doc, ¿qué pasó?”….El doctor tomo aire y soltó un fastidioso: “NADA, nada pasó. Es más, todavía estoy esperando que haga efecto. Sabes que es lo peor, lo único que se me endureció fue la mandíbula de tanto masticar”.

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