
Él, despertó solo en su cama. Su esposa ya estaba en la cocina hacía rato. Ella, no desayunará hasta que su hombre se levante y la acompañe con el mate. Él, entonces prende la lámpara de su mesa de luz y busca en el primer cajón los cigarrillos, saco y encendió uno sentado sobre la cama, acomodó su almohada sobre el respaldo y apoyo la espalda, dio una larga pitada y soltó el humo hacia el techo para formar una gran nube grisácea, la que siguió con sus ojos aún entrecerrados y una pequeña sonrisa de placer.
Cuando llego a la cocina, su mujer le acercó el mate y disfrutó, además de compartir unos mates, ver por la ventana una mañana de un gris que amenazaba con una prolongada lluvia. Era feriado, para él era un día más…esa inminente lluvia lo alentaba a quedarse dentro de su casa. Preparar una rica comida casera con su mujer, con la que la compartirán a solas ya que los hijos partieron años atrás. Luego una larga siesta y después mirar alguna película en la televisión. Si pudiera desarrollar toda su vida diaria puertas para adentro, sería extraordinario. Y antes de finalizar la ronda de mates, encendió el último cigarro que quedaba en el paquete, al que apretó fuertemente con su puño y dejo junto al cenicero. Entonces reparó que era su último atado y pensó que sería imposible disfrutar de ese día de introspección sin la presencia entre sus dedos de su compañero humeante. Tomo una campera y salió disparado hacia la calle para ir hasta el kiosco del barrio a comprar. Camino hasta el primero, pero estaba cerrado, así continuó por unas cuadras más y llegó hasta la avenida, encontró un par de locales más que también se encontraban cerrados. Decidió volver, entre el enfado y la necesidad de conseguir su dosis de nicotina. Su mujer se sorprendió al verlo entrar en forma acelerada y tomar las llaves del vehículo con tanta vehemencia y le pregunto entre asustada y curiosa: “¿pasó algo?, ¿dónde vas?”. Él, entre ansioso y apurado le respondió: “Están todos los kioscos del barrio cerrados y me quedé sin puchos”. “Te acompaño” dijo ella y se limpió rápidamente las manos y tomo su bolso. Se subieron al auto y arrancaron hacia el Centro. De a poco fue reconociendo las calles, y se fue sorprendiendo por los nuevos locales que las colmaban, cuanto tiempo había pasado desde sus paseos céntricos, las reuniones en el café y las pizzas en el buffet del club luego de los partidos. El centro había cambiado, pero estaba tan gris y tan despojado de gente, como lo pintaba ese día feriado. En parte se reconocía así mismo. De pronto, un kiosco abierto y la esperanza de conseguir el tabaco. Pero la joven que lo atendía le dijo con una gran sonrisa que como era el único kiosco abierto y al no pasar el distribuidor, se había quedado sin nada, ni siquiera de los mentolados. La opción que le quedaba era ir hasta la ruta, que quedaba a unos kilómetros del pueblo y llegar hasta la estación de Servicios, ahí seguramente si tendrían. Se lo comentó a su compañera, pensando que tal vez prefería que la lleve a la casa y así preparar el almuerzo, pero su respuesta fue breve y contundente: “voy con vos”. Tomaron la avenida que los sacaba del pueblo y conectaba con la ruta. El gris de casas bajas se iba transformando en un tenue verde de los campos alrededor del asfalto. Él ahora tamborilea sus dedos de la mano izquierda sobre el volante, le falta “eso” en su mano y no necesitaba ir con la ventanilla baja para que el humo salga por la misma. Al llegar a la ruta, el sol comienza a revelarse dentro de ese cielo gris e ilumina el camino, “¿parece que fallo el pronóstico del tiempo nuevamente?” Se dijo internamente, mientras giraba la cabeza para ver a su mujer, la que se había extraviado en los colores amarillos de los girasoles de un campo vecino ahora bañados de luz. Unos minutos más y llegarían a destino ya era el medio día. Cuando alcanzó a divisar el cartel de YPF, puso el giro y aminoró la marcha para bajar de la ruta y así estacionar más allá de los surtidores y cerca del almacén. Se bajaron juntos, mientras él fue casi corriendo hasta el mostrador del kiosco, donde hizo la cola pacientemente, veía en el almacén a su compañera revisando las heladeras y sirviéndose. Cuando fue su turno pidió por su marca habitual de cigarrillos y otra vez la negativa, ni esa ni otra marca. Solo lo podían compensar con un paquete de tabaco de marca desconocida, papel y una maquinita para enrollar sus propios cigarros. Era tan grande la decepción, pero tanta la falta de llevar un cigarrillo a su boca, que pagó sin chistar. Al llegar a la puerta lo esperaba su mujer con unos sándwiches de milanesa y unas gaseosas en sus manos, le sonrió y dijo: “cambio de planes”. Aún sorprendido, la siguió hasta el auto y ella le indicó que lo moviera pasando la estación de servicios y se estacionara entre unos eucaliptus añosos a la vera del camino. Sacaron del baúl un par de reposeras sin usar en mucho tiempo. Ella sacó del bolso una loneta e improviso una mesita con unos pedazos de troncos cortados. Apoyo sobre ellos las provisiones compradas en el parador e invito a su hombre a sentarse. Comieron rodeados por el aroma de los árboles, el sonido ý el color de los vehículos que circulaban a gran velocidad por la ruta. Él, la miraba como un brillo en su mirada que no tenía hacía tiempo, ella lo abrazo con cabeza apoyada sobre su hombro. El humo del tabaco no fue necesario.
Ilustrado por: @NEGROGODOY
